Jim Carrey retornando a su faceta de clown histriónico, demostrando su ejemplar talento para convertirse en un cartoon humano y desplegar su ingente repertorio de muecas y exhibiciones corporales que lo convierten en todo un artista del humor físico.
También en este título exhibe su capacidad interpretativa para aclimatar sus dotes como actor a escenas de tacto más dramático y sosegado, hecho ya comprobado en algunas de sus más meritorios trabajos previos.
Tom Shadyac, con el que había coincidido en títulos como "Ace Ventura, un detective diferente" y "Mentiroso compulsivo", es el encargado de dirigir de nuevo a Carrey y permitir sus excesos corporales en pos de una comicidad imbuida de absurdo y pinceladas escatológicas, que divierten a unos y asquean a otros.
La verdad es que cuando el gag o la situación está bien pensada, tratada con imaginación por el equipo de guionistas, bien plasmada por Shadyac y engrandecida por el empleo de los efectos especiales, el film, proyectado con una interesante premisa (que incluso podría trasladarse a la propia labor profesional de Carrey actor), consigue provocar fácilmente la risotada.
El problema de esta película, concebida en base a una premisa deudora del "Que bello es vivir" de Frank Capra, es su incapaz guión, que rara vez sobrepasa el atractivo y la gracia de unas situaciones concretas y el proceder de su estrella protagonista, pues el desarrollo de la idea, con un trazo insuficiente de varios personajes secundarios y poca habilidad de Shadyac en el tratamiento emocional (a diferencia del maestro italoamericano), lo que hace derivar la película en un esparcimiento tonal con un acto final lamentable, humedecido en moralina y sentimentalismo blandengue.
Lo mejor son sus momentos cómicos y las intervenciones de Morgan Freeman y Steven Carell.
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