Desprendiendo a su personaje del hálito intelectual que había perpetuado en las últimas décadas, Woody Allen regresa de nuevo a la pantalla con un meritorio trabajo de comedia verbal en el cual recupera la esencia de sus primerizas películas (como la magnífica e infravalorada "Toma el dinero y corre") en las que la base son los gags y las situaciones (siempre con un trasfondo crítico-descriptivo) y menos el estudio profundo de la psicología de sus personajes.
Esta película se divide en dos piezas. La primera se trata de una divertidísima caper comedy, una comedia que gira en torno a la preparación y ejecución de un robo y la segunda, una especie de revisitación de Pygmalion (con galletas en vez de flores) en clave agridulce con comentario puramente económico-social. Ambas partes se encuentran impregnadas de una feroz y tierna pelea de sexos entre Woody y Tracey Ullman, una pareja muy atractiva que segrega una sugestiva y agradable química.
Un estupendo guión repleto de frases ingeniosas centrado en las acciones delictivas, sociales y sentimentales de un matrimonio de clase media-baja que acompañados por una serie de singulares compinches deciden atracar un banco para así ver cumplir sus sueños, logrando finalmente un éxito inesperado con su tapadera (una tienda de galletas). Gracias al pujante negocio se verán transmutados en ricos empresarios con ansias de pertenecer a la alta esfera social.
Este asunto se encuentra (como siempre) narrado con la ágil escritura cinematográfica de Woody Allen, la cual le otorga al film un fluido ritmo que mantendrá al espectador siempre pendiente de las correrías del simpático dúo. Quizá el único error de "Granujas de medio pelo" sea la ausencia casi permanente en la segunda parte de la mayoría de los personajes secundarios que enriquecen con una destacada intervención las variadas peripecias del intento de robo.
En conjunto se trata de una plausible película con una amalgama de temas como la riqueza, el poder televisivo, la inteligencia, la cultura, el posicionamiento social o el sentido de la funcionalidad y valor del mundo artístico que se mueven en torno a un denominador común: la felicidad no se centra en la cantidad de dinero que se posea, sino en la capacidad de satisfacción que provoque para saciar los pequeños y sencillos placeres cotidianos.
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