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Interesante película del director francés François Truffaut basada en la obra del mismo titulo de Ray Bradbury. Llevada a la gran pantalla con un buen ritmo y rigor narrativo, y excelentemente interpretada por Julie Christie, quien interpreta a dos personajes radicalmente opuestos entre sí, por un lado la de una maestra de escuela llamada Clarissa, una persona con unos métodos e ideales contrarios a los de la sociedad que le ha tocado vivir, y por otro la de la esposa del protagonista principal, Linda, una mujer egoísta, conformista y hedonista que se da la gran vida a costa de nuestro sufrido protagonista.
Cabe destacar que la intención de su director a la hora de abordar este proyecto era la historia en sí y la de los personajes que la componen, no teniendo que recurrir al uso de un enorme presupuesto, costosos efectos especiales y decorados muy caros (algo muy habitual hoy en día dentro del género de la ciencia-ficción), siendo un buen ejemplo de cómo se puede contar una gran historia con pocos medios, mucha pericia y un buen reparto de excelentes actores que puedan trasmitir al público como es la personalidad individual de cada uno de ellos.
Historia por tanto de claro manifiesto reivindicativo que denuncia por encima de todo la barbarie y la inconsciencia que supone destruir todo un legado de cultura e imaginación como son el mundo de los libros por personas como el jefe de bomberos (un magistral Cyril Cusack) que antepone sus absurdos ideales por encima de lo que piensen y opinen los demás en la secuencia donde le explica a Montag el por qué le lleva a actuar de esta manera siendo lo que es, una persona autoritaria y sin escrúpulos.
A destacar la magnífica e hipnótica banda sonora de Bernard Herrmann, y el gran trabajo fotográfico de Nicholas Roeg. Impactan secuencias como la que muestra la inmolación de la dueña de la casa, prendiéndose fuego junto a sus libros, y la del final de la película, en donde nuestro fugitivo protagonista se reencuentra con Clarissa y los hombres-libro, llegando a convertirse en uno de ellos con el fin de preservar el legado de la lectura para las siguientes épocas donde no exista la opresión, la intolerancia ni la persecución por el simple hecho de leer un libro.
Rostov
Frente a
esto, los jóvenes críticos y directores proponían una "política de autor"
que consistía en reconocer en cada uno de los filmes la huella del autor y
su estilo personal. Truffaut realiza en 1966 Fahrenheit 451, la temperatura
a la que arde el papel. Resulta atractivo analizar esta obra que ha sido la
más cuestionada del realizador y la que, sin embrago, sigue reflejando esa
idea que promulgaba el maestro: reconocer en el filme al hombre que lo hizo.
En Fahrenheit 451 Truffaut pudo aunar sus dos pasiones. A través del cine,
el director consiguió homenajear a su segundo amor, la literatura. En 1970,
el director francés afirmaba en la revista Télécine, "si he elegido los
libros y el cine desde la edad de once o doce años, está claro que es porque
prefiero ver la vida a través de los libros y del cine". Truffaut evidencia
así su interés por los libros y, siendo así, no es de extrañar que le
atrajese la idea de llevar al cine la novela de Ray Bradbury.
Truffaut logra transmitir su preocupación, y la nuestra. Un futuro no muy
lejano en el que los libros estuviesen prohibidos y se persiguiese a todo
aquel que osara leerlos. Pero la idea no es tan sencilla como eso, el
director relaciona esa batalla con la incapacidad de las personas para
razonar, para pensar por sí mismas.
Nos presenta máquinas controladas por el
estado, esta idea también está presente en la más reciente 1984, de Michael
Radford. Personas vigiladas y vigilantes, indiferentes, irracionales y
débiles, y entre toda esa masa, la esperanza. Oscar Werner representa al
individuo libre, una defensa de los sentimientos propios, del yo contra el
nosotros.
Combinando las características de este personaje con las
peligrosas circunstancias en las que se halla se consigue un filme a medio
camino entre la poesía y el terror psicológico, entre Renoir y Hitchcock.
Julie Cristhie interpreta en esta película dos personajes antagónicos, por
un lado, la mujer de Montag, fiel seguidora del sistema; por otro, la
profesora, baluarte de la mujer fuerte y armoniosa, capaz de afrontar la
situación antes, durantes y después.
En contraposición, Oscar Werner
representa al hombre débil y cobarde. Si bien los actores conforman el
carácter de la película, los verdaderos protagonistas en la obra son los
libros. Truffaut comentaba cuando grababa un set del filme que los planos en
los que se veía la caída de los libros hasta el suelo eran imprescindibles,
y lo son. El acto de desechar los libros es realista desde el momento en el
que se nos muestra a personas consumidas por el miedo a saber y por el odio
a lo desconocido.
Fahrenheit 451 tiene un final ambiguo, pero esto no es de extrañar pues es
una constante en los filmes del director.
Escoge un desenlace abierto, o un
principio después del fin. El futuro es incierto, sí, pero contemplar a
todos esos hombres-libro es halagador y, cuanto menos, esperanzador. El
mérito para dos grandes: Ray Bradbury y Truffaut. Uno nos concede el placer
de leerlo, otro nos ofrece la posibilidad de verlo en imágenes.
Calabaza
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Julie Christie