• Por Antonio Méndez

Este es el debut de los Band of Horses, un dúo de Seattle formado por el cantante y guitarra Ben Bridwell y el guitarrista Matt Brooke.

El disco, con guitarras desgarradas, melodías superiores a la media, textos poéticos con espíritu catártico y alguna que otra aspiración pseudoexistencial, voces lastimeras (que parecen mezclar al Brian Wilson sesentero con Doug Martsch) y atmósferas agridulces desarrolladas por lo general en medios tiempos, es un primer trabajo muy aceptable que presenta influencias de Neil Young, los Flaming Lips, Cocteau Twins, los Byrds, Big Star o Built To Spill y similitudes puntuales con The Shins, Death Cab for Cutie o My Morning Jacket.

Las tonalidades taciturnas del álbum se manifiestan en la apertura “The First Song”, pieza de tempo moderado y ambiente invernal envuelto en capas de guitarras repiqueteantes, básico asiento instrumental para la expresión plañidera de Bridwell que logra un efecto emocional interesante. La canción no deja de ser un concepto íntimo de dream-emo-pop con retazos country-folk a lo Crazy Horse.

Una intro de batería deja paso a “Wicked Gil”, pieza noise-pop con óptimo sentido del ritmo e insistente riff guitarrero para un corte de notable ímpetu, de lo mejor del álbum.

El trabajo en el bajo es significativo en “Our Swords”, rítmico preludio de “The Funeral”, espléndida balada de logrado clima doliente. Ese “Uuuuuuuuuuuuu” sobre la sutil línea principal de guitarra llega a tocar la fibra, acrecentándose las emociones por la explosión de sonidos eléctricos distorsionados que contrastan con la quietud previa y apresuran el tempo hacia el estribillo en busca de intensificar las sensibilidades del texto.

En “Part One” y “I Go to the Barn Because I Like The” muestran su faceta más acústica (sea country-folk o folk-pop, siempre muy melódica), claramente inspirada en Neil Young. “The Great Salt Lake City” es un sosegado corte jangle pop en donde se aprecia la habilidad de los Band of Horses para crear con sentido épico adecuados clímax emocionales.

”Weed Party”, básicamente un corte power-pop desaliñado con guitarras noise que parece cantado por el Brian Wilson de 1966, “Monsters”, con sonidos de banjo y pedal steel, y la reflexiva balada “St. Augustine”, con abarrocados sonidos de guitarra acústica, armonías vocales y una más que hermosa melodía dream-pop, cierran este disco que, sin sorprender en demasía, sí propone un inicio muy prometedor para los ex componentes de Carissa’s Wierd.


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