• Por Javier Platas

bon-iver-22-a-million-discosCrítica

Justin Vernon es el alma mater de Bon Iver, proyecto que tras encandilar a gran parte del personal con sus dos primeros discos en los que ofertaba básicamente un folk-pop de carácter melancólico y tristón, regresa tras cinco años de silencio con “22, A Million”, un trabajo arriesgado y de espíritu vanguardista con el que pretende dar un paso adelante alejado de cualquier tipo de convencionalismo.

Lo cierto es que es un disco infumable, empezando por los imposibles títulos de las canciones, llenos de números y símbolos indescifrables.

Musicalmente nos encontramos con un batiburrillo experimental de música electrónica con abuso del vocoder, de distorsiones vocales, de samples y de efectos sonoros varios que rellenan unas composiciones extravagantes e insustanciales con las que resulta realmente difícil conectar.

“8 (Circle)” seguramente sea el tema más digerible del album, una meliflua balada con sintetizador de fondo que suena como una mezcla ochentera entre Prince y Phil Collins.

Disco tan presuntuoso como insoportable.


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