• Por Antonio Méndez

Cualquier amante del rock tendría que arrodillarse delante de Neil Young, un artista capaz de reinventarse a sí mismo en cada entrega dando clases de composición y ejecución a las nuevas generaciones, con una honestidad a prueba de marketing y una congruencia personal admirable.

Después de su experimental travesía por Geffen, grabando discos bastante olvidables, Young retornó a Reprise para terminar la década de los 80 con “Freedom”, una magistral obra con duros retratos de miserias urbanas, intrahistorias de evolución cinematográfica, afectivas estampas amorosas y agrias exposiciones sobre el consumo de drogas.

Tanto puede ser fiero y brutal, con guitarras hirientes y quebradizas; como sensible y pausado, desarrollando miramientos sociales, diatribas políticas, con melodías tiernas, mareas de feedback, cortes de vibrante rock o piezas de naturaleza fílmica (“Crime in the city”).

Al principio la audición de “Freedom” denota una categoría menor dentro de su amplia y brillante discografía. Pero tras pocas escuchas ya percibes que se trata de otro disco imprescindible de este genio musical, en base a temas que describen a perdedores sumidos en las drogas y el alcohol, mujeres desesperadas que lanzan a sus hijos recién nacidos en contenedores de basura ¿Para qué sufrir en esta vida cuando no existe ya salida?, a familias desmembradas, sentimientos rotos… También se preocupa por el abuso de las drogas, hecho que había hecho perder a varios de sus mejores amigos y que él mismo padeció en un sufrimiento que no desea recordar (“No More”).

Sus impresionantes guitarras dibujan notas de queja, lamento, que atrapan el sentido emocional del asunto, que te hacen estremecer, que te hacen sentir la rabia, que penetran en el alma de su ejecutante.

Crea temas estructurados con la intención de transmitir la desazón descriptiva, variando de un tempo calmado significado por un ritmo penetrante pero tranquilo que en un momento es roto con guitarras crujientes que estallan abruptamente, augurando los sonidos más ásperos del futuro grunge, estilo perceptible en la estupenda versión del “On Broadway” de los Drifters.

“Freedom” también oferta sonidos españoles en “ElDorado”, canción llena de imaginería en la que incluso suenan unas castañuelas; preciosas baladas de amor, en su lado más country-folk, melódico y desnudo, rico siempre en sonidos y emociones, sea con su piano en la maravillosa “Wrecking Ball” o la guitarra acústica en “Hangin’ on a limb” o “The Ways of Love”, temas en los que se encuentra acompañado por Linda Ronstadt y, en el último corte, por la pedal steel guitar de Ben Keith, quien también aparece en “Too Far Gone”, un tema country-folk que no desentonaría en su obra maestra “Comes a time”.

En el álbum repite la pauta de “Rust never sleeps”. Una versión acústica al principio, aquí en directo, y otra eléctrica al final del álbum. En esta ocasión se trata de uno de sus grandes clásicos y uno de los mejores himnos rockeros de toda su carrera, imprescindible en sus impresionantes actuaciones en vivo, “Rockin’ in the free world”, la mejor canción del disco junto a “No More”, un tema que podría estar perfectamente en “Zuma” o “Everybody this is nowhere”.

Parafraseando a un anuncio publicitario de colonias pero trasladándolo al gran Neil Young…”Esta es la música que diferencia a los hombres de los chicos”.

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