Novela que sin duda lanzó a la fama a su creadora, narra la historia
imaginada a raíz del homónimo cuadro en la que una joven sirvienta
establece una relación especial con el pintor. La fábula que se podría haber
convertido fácilmente en un mero relato sentimental, realiza un honesto
estudio acerca de la psique femenina, en el que el personaje central,
dominado por las circunstancias, crea un rico mundo interior al que el
lector se asoma a través de una sutil y sencilla simbología basada en la
luz y el color que hunde sus raíces en tradiciones medievales de las que El
Roman de la Rose es su mejor representante.
Asimismo, también se encuentra una respetuosa recreación de la Holanda del
siglo XVII, sobre todo en el plano doméstico, a través de la ilustrativa
sociedad asentada en la casa del pintor en la que los criados rozan el
servilismo hacia sus señores y en la que el mecenas tiene atribuciones
divinas, así como del mundo de los gremios a través de personajes
secundarios como son el padre, el hermano y el prometido de la protagonista.
Cabe destacar que el gran mérito de la novela reside en lograr transportar
las sensaciones de luz y equilibrio que encontramos en la obra de Vermeer a
la conexión entre protagonista y pintor.