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La exaltación lírica del autor en ligazón con la muerte está ejemplificada de manera sublime en este texto por el autor estadounidense, quien sabe como nadie configurar un clima absorbente de negrura e intriga a través de un lenguaje bello y luminoso.
En flashback nos retrotrae el cronista fallecido a una estancia palaciega, en la cual ocho hombres (incluido él mismo) se refugian de la Peste y, siete de ellos, disfrutan del placer de beber un buen vino y cantar al mismo tiempo poemas jubilosos de Anacreonte en un salón de negros tapices, cerrado por una gran puerta de bronce e iluminado por siete grandes lámparas de hierro. |  |
Las descripciones como siempre en Poe resultan magníficas, con un exquisito gusto por plasmar el más mínimo detalle que ayude a establecer un ambiente enigmático con imaginerías cautivadoras, reuniones de influencias boccacianas, y una atmósfera crecientemente angustiosa.
Esta atmósfera alcanza su clímax cuando nos retrata desde su castillo y con extraordinaria sensorialidad la presencia del inerte octavo personaje, ausente de la evasiva orgía de Oinos, y la súbita aparición de la Sombra, que ahoga y disipa los cantos de Anacreonte y hace estremecer a quien la siente. Soberbia y apesadumbrada captación de la espera y arrebujo de la muerte.
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