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Una de las grandes obras de la literatura universal, cuya opulencia temática sobrepasa su contexto cronológico para convertirse en ecuménica y atemporal. “Don Quijote”, escrita a comienzos del siglo XVII, fue ideada esencialmente por Miguel de Cervantes como una novela cómica, como una parodia de las novelas de caballerías que triunfaban popularmente por aquellos momentos.
Sin embargo cimentó las humorísticas andanzas de sus personajes-símbolo en un brillante e irónico contrapunto y conflicto entre idealismo y pragmatismo, imaginación y realidad, personificados en los inmortales Don Quijote y Sancho Panza.
A su lado un numeroso grupo de caracteres y ambientes que configuran un rico, vivo y divertido muestrario de tipología y sentir de la época, expuestos narrativamente de manera exuberante por el excepcional literato, que introduce digresiones y variaciones de tono, siempre con una perspectiva de humor, debido a que, seguramamente, el autor no tenía en mente al iniciar la escritura de la obra, dividida en dos partes, el desarrollo y la conclusión definitiva de la misma.
El narrador en tercera persona es el propio Cervantes, quien afirma trasladar al libro un relato narrado por un historiador árabe de Toledo, naturalmente ficticio, de nombre Cide Hamete Benengueli. En ocasiones suspende la acción narrativa de sus personajes para introducir su opinión directamente al lector.
En definitiva, una joya literaria imprescindible.
Así comienza esta obra magna:
En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.
El resto della concluían sayo de velarto, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino.
Tenía en su casa un ama que pasaba de los cuarenta, una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.
Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza.
Quieren decir que tenía el sobrenomre de Quijada o Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso describen), aunque, por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto poco importa a nuestro cuento, basta que en la narración no se salga un punto de la verdad.
Es pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aún la administración de su hacienda, y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en qué leer.....
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