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CIEN AÑOS DE SOLEDAD

Todo un clásico del realismo mágico, "Cien años de soledad" narra las vivencias de la familia Buendía en el poblado de Macondo, fundado por José Arcadio Buendía y su esposa Úrsula.
La obra maestra de un novelista portentoso, confluyente en el lúcido retrato y en la agridulce tonalidad con su entorno telúrico y clave para la explosión mundial de la literatura latinoamericana.



MEMORIA DE MIS PUTAS TRISTES

Hermosa historia la ofertada por Gabo en esta novela corta sobre la soledad en la reflexiva vejez, sobre la perspectiva vital desde la lúcida ancianidad con el encuentro del amor tardío y sincero en una vida con ausencia del mismo, lo que da lugar a su reproducción adolescente, con celos obsesivos, pasiones y pesadumbres ante la carencia de la persona deseada, el anhelo por la búsqueda de la felicidad compartida en un silencio noctívago, dormitando sentimientos que vinculan con personas de muy diversa edad en un ambiente propicio a la exposición mágica.

El sencillo relato, maravillosamente narrado en primera persona, con una gradación melosa, delicada y tierna y una envoltura nostálgica e ilusionada, se centra en un anciano, putero y amante de la música clásica, quien, en vísperas de cumplir noventa años, decide acudir al burdel de Rosa Cabarcas con la intención de desvirgar a una joven de catorce años.

Leamos un fragmento de "Cien años de soledad":


Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos.
Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. «Las cosas, tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima.»

José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: «Para eso no sirve.» Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados.
Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. «Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa», replicó su marido............

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