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La tarde de ayer había sido fría y brumosa. Al principio dudé entre pasarla en casa, junto al fuego, o dirigirme a través de los páramos y sobre barrizales a Cumbres Borrascosas.
Pero después de comer (advirtiendo que como de una a dos, ya que el ama de llaves que contraté al alquilar la casa como si se tratara de una de sus dependencias, no comprende, o no quiere comprender, que deseo comer a las cinco), subiendo a mi cuarto, hallé en él a una criada arrodillada ante la chimenea y luchando para apagar las llamas con nubes de ceniza con las que levantaba una polvareda infernal.
Semejante espectáculo me desanimó. Cogí el sombrero y tras una caminata de cuatro millas, llegué a casa de Heathcliff en el preciso instante en que comenzaban a caer los diminutos copos de un chubasco de aguanieve..................
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