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Mister Mayherne se ajustó las lentes de pinza, mientras aclaraba su garganta con su tosecilla seca tan característica.
Luego se volvió para contemplar de nuevo al hombre que tenía ante sí, acusado de homicidio involuntario.
Mister Mayherne era un hombrecillo pequeño, de ademanes precisos, pulcro, por no decir afectado, en su modo de vestir, y con unos ojos grises de mirada astuta.
No tenía un pelo de tonto, muy al contrario, era un abogado de cierto prestigio. Su voz, cuando se dirigió a su cliente, fue seca, pero no antipática.
- Debo insistir y repetirle que se encuentra en un grave peligro, por eso es necesario la mayor sinceridad.
Leonard Vole, que había estado mirando sin ver la pared que tenía en su frente, volvió los ojos al abogado.
- Sí, lo sé -dijo desalentado-. Usted no cesa de decírmelo. Aunque todavía no puedo entender que se me acuse de un crimen...un crimen. Y además un crimen tan cobarde.............................
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