Probablemente alguien había calumniado a Joseph K., pues sin que éste hubiera hecho nada malo fue detenido una mañana.
La cocinera de su patrona, la señora Grubach, que todos los días le llevaba el desayuno a la cama no había aparecido.
Nunca había ocurrido eso, K. esperó aún un momento, y observó reclinado sobre su almohada que la anciana que vivía frente a su casa lo acechaba con una curiosidad inusitada; después, sorprendido y hambriento pulsó la campanilla.
En ese momento, llamaron a la puerta y entró en el dormitorio un hombre que nunca había visto en la casa, era un personaje esbelto, pero de apariencia fuerte, con un traje negro ceñido, semejante al traje de un viaje, con distintos pliegues, hebillas, bolsillos, botones y un cinturón, que daban a esa vestimenta una apariencia especialmente practica sin poder establecerse con claridad para que servían todas aquellas cosas.
- ¿Quién es usted? -preguntó K., erguiéndose en la cama. El hombre, sin embargo, hizo caso omiso a la pregunta como si fuese completamente natural su presencia en aquella casa y se contentó con preguntar a su vez:
-¿Ha llamado usted?
-Anna tiene que traerme el desayuno -dijo K. tratando de establecer por suposiciones quien podría ser aquel hombre.
Pero el otro no se entretuvo en dejarse examinar, sino que dirigiéndose hacia la puerta, la entreabrió para decirle a alguien que parecía encontrarse detrás de ella:
- ¡Quiere que Anna le traiga el desayuno!
En el cuarto contiguo se oyó una risita que a juzgar por el ruido no era posible determinar si correspondía a una o a varias personas.
Aunque el extraño no hubiera podido averiguar por esa risa lo que no sabía de antemano, dio a K. en tono de aviso:
- Es imposible.
- ¡Vaya hombre! -exclamó K. saltando de la cama para ponerse el pantalón- veré que clase de gente están en la habitación de al lado y cómo me explica la señora Grubach esta intromisión.
Inmediatamente pensó que no debía haber dicho eso en voz alta, porque al hacerlo parecía reconocer en cierto modo el derecho del desconocido a vigilarle, sin embargo, el desconocido ya le había comprendido, pues le dijo:
-¿No preferiría quedarse aquí?
- No quiero quedarme aquí, ni que usted me dirija la palabra en tanto no me diga quién es.......