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Lágrima
Lejos de los pájaros, de los rebaños, de los aldeanos
bebía, acurrucado en un brezal
rodeado de tiernos bosques de avellanos
en una niebla del atardecer tibio y verde.
¿Qué podía yo beber en este joven Oise,
olmos sin voz, césped sin flores, cielo cubierto?.
¿Qué sacaba de la calabaza de yaro?.
Un licor de oro, insípido y que hace sudar.
Tal, yo hubiera sido mala insignia de posada.
Después la tormenta cambió el cielo, hasta el anochecer.
Fueron países negros, lagos, varas,
columnatas bajo la noche azul, estaciones.
El agua de los bosques se perdía sobre las arenas vírgenes,
el viento, del cielo, arrojaba témpanos a los mares...
¡Bien! ¡Como un pescador de oro o mariscos,
decir que no he tenido inquietud de beber!
El Mal
Mientras que los salivazos rojos de la metralla
silban todo el día por el infinito del cielo azul,
que escarlatas o verdes, cerca del Rey que los burla,
los batallones en masa caen en el fuego;
mientras que una locura espantosa, pulveriza
y hace de cien mil hombres una pila humeante,
-¡Pobres muertos!, en el verano, en la hierba, en tu alegría,
¡Naturaleza! ¡oh tú, que hiciste a estos hombres santamente!...
-Es un Dios, el que ríe en los manteles adamascados
de los altares, en el incienso, en los grandes cálices de oro,
el que en el cúneo de los hosannas se duerme
y se despierta, cuando las madres, reunidas en la angustia,
y llorando bajo sus viejas cofias negras,
¡le dan una perra gorda liada en su pañuelo!.
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