• Por AlohaCriticón

ALIEN VS. PREDATOR (2004)

Director: Paul W. S. Anderson.

Intérpretes: Lance Henriksen, Sanaa Lathan, Raoul Bova, Ewen Bremmer.

El millonario y empresario Charles Bishop Weyland (Lance Henriksen) contrata a un grupo de expertos para que investiguen la procedencia de una profunda fuente de calor emitida en la Antártida.

Allí descubren los restos de una misteriosa y antigua pirámide, resultando que su naturaleza es de carácter extraterrestre y que dos razas de alienígenas, Aliens y Predadores, se encuentran enfrascados en una batalla letal.

Paul W. S. Anderson, autor de la versión cinematográfica del videojuego “Resident Evil”, dirigió “Alien Vs. Predator”, título de terror y ciencia-ficción de estilizada estética y nulo guión basado en el cómic de Dark Horse.

Es una película sin gracia y con la intemperancia como sustento del asunto. Aceleración sin control como punto de exposición y desarrollo narrativo, tempo que imposibilita una correcta progresión de la historia y caracteres.

Se explota tecnológicamente la escasa historia y se banalizan los personajes carismáticos del género.

La refriega resulta hiperexagerada en su faceta de producción, llena de clichés en su valía como monster movie y paupérrima en los niveles más básicos de construcción de trama y personajes, conformando un mejunge de monstruos sin intriga de valía, embotado en su propia parafernalia visual con una puesta en escena plana, confusa y sin personalidad.

Se proyecta teniendo en mente la futura secuela, la precuela, por supuesto el videojuego, la camisetita de moda, la gorrita a juego, el llaverín, los muñequitos que no falten que adornan mucho…

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Sanaa Lathan

Últimamente viene siendo un hecho no enteramente singular, sino muy

acostumbrado, calificar muy bajo las películas que Hollywood realiza con

objeto de entretener y nada más que entretener. La película AVP (Alien

Versus Predator), por ejemplo, recoge gran cantidad de exacerbadas críticas,

muchas de ellas desmedidas, sin que sepa muy bien la razón, porque la

finalidad de la película no puede ser más obvia.

A veces olvidamos que el cine es, además de arte, un lugar para la

diversión, para el espectáculo, para los sueños (aquello que nuestros ojos

no pueden ver en la realidad cotidiana) y la imaginación. Existe un cine que

es arte (el alias con el que firmo esta crítica debería dar a entender cuál

es mi afinidad cinemática fundamental, la del cine que esculpe en el

tiempo). Existe un cine que es diversión, y a lo mejor incluso puede ser

arte también (escojan cualquiera de las obras maestras del cine mudo de

Charles Chaplin). Existe un cine que es espectáculo, y casi por ello es

también entretenimiento, y a lo mejor incluso también arte (espectacular es

2001, de Stanley Kubrick, y cine de mucho arte en sus imágenes). Pero hay un

tipo de cine que no se realiza para ser artístico, que no bebe en las

fuentes del pensamiento, ni de la reflexión serena sobre la vida y sus

circunstancias, ni siquiera entiende su cualidad cinemática como algo más

que el pasatiempo por el cual la gente desea pagar una entrada y disfrutar

90 minutos en la butaca con sus sueños o sus imaginaciones favoritas.

En el mundo industrial, de la empresa, a la que el cine pertenece (y no

deberíamos olvidarlo), diríamos que una película es buen cine cuando añade

valor, cuando tiene algo que impele a las gentes a comprar una entrada y

sumergirse ante la pantalla por espacio de dos horas. La industria busca

siempre el rendimiento comercial de sus productos, busca el beneficio que

ello produce en términos económicos. Y de igual manera que un

electrodoméstico o un coche han de tener algo para que nosotros, los

consumidores finales, nos decidamos a adquirirlos, una película debe de

aportar algo al público, que es a quien se dirige, para que éste acuda a las

salas.

No quisiera que esta crítica se entienda como una defensa del cine de

entretenimiento visual por razones meramente empresariales, pero sí

significar que esa razón es plausible porque es la razón última que nos

permite, a nosotros los espectadores, a seguir esperando cada temporada que

las productoras cinematográficas nos entreguen una nueva película con la que

soñar, o imaginar, o disfrutar, o reflexionar. Por lo tanto, que se haga

cine comercial, y se haga bien, significa futuro para el cine y futuro para

nosotros, los espectadores que gustamos de gastarnos casi 6 euros en dos

horas de cine.

AVP es una película entretenida (diría que muy entretenida) basada en el

enfrentamiento de dos seres nacidos de la imaginación del cine actual:

Alien, un terrible asesino alienígena -muy próximo a los animales- y

Predator (o Depredador), otro terrible alienígena que no es tan asesino y

que se encuentra más próximo a los humanos, aunque los cace (y los caza por

saberse superior). De alguna manera, y permítaseme el giro macondista de la

crítica, AVP viene a cerrar el universo imaginativo de seres extraterrestres

creado en los últimos años.

El universo imaginario recreado y creado por y para el cine, se convierte en

más autárquico y completo con la entrega de este espectáculo, AVP. Por fin

se filma un vínculo entre ambos conceptos (Alien y Depredador), y se

responde a los enigmas planteados, sin resolver, en las películas ya

creadas: el conocimiento que tenía la malvada empresa espacial que sacrifica

a sus astronautas a bordo de la nave Nostromo, el cráneo del Alien exhibido

en la panoplia de trofeos de la nave del Depredador (Depredador 2). Quizá se

me escape algún otro, pero no soy un forofo de estos filmes, aunque me

encanta verlos.

No resuelve otras dudas inquietantes, como por ejemplo lo que pasó en la

nave extraterrestre varada en el planeta al que acuden Ripley y sus colegas

para investigar una señal de socorro que luego resulta ser una advertencia.

Y plantea nuevos enigmas, que acaso que permitan realizar más películas,

como sucede al final de AVP. Hay muchas otras diferencias entre AVP y sus

fuentes, como el hecho -nada anecdótico- de no ser una inquietante parábola

de terror gótico al estilo de Alien (basta con escuchar los primeros

compases de la música o los primeros minutos del film para percatarse, si es

que no se sabíua), o un “thriller” violento y cruel como lo eran las dos

películas Depredador. Es una película de aventuras que no se recrea en las

muertes realistas de sus personajes, si es realista morir a manos de uno

cualquiera de los bichos que circulan por el filme. Hay cosas menos

realistas, como la supervivencia de la protagonista en la Antártida con

solamente una pobre camiseta, pero a mí, personalmente, son ese tipo de

“errores” que me hacen esbozar una sonrisa irónica hacia quienes trabajan en

un filme.

La película está bien hecha, algo que se da por supuesto en el caso de las

superproducciones de Hollywood, pero que no siempre sucede, y entretiene. A

mí, al menos, me entetuvo mucho. Los guionistas, evidentemente, buscan una

línea argumental sencilla y que permita desarrollar la acción que va a

entretener al espectador sin mayores complicaciones que las asumidas por el

propio planteamiento del filme. Como la acción se ubica en la Tierra del año

2004, tremendamente actual, se inventan un contexto (cada uno decida si es

razonable o no) que permita mezclar a seres humanos con Alien y

Depredadores, y de paso ir respondiendo a las cuestiones que se han

dilucidado por los aficionados a este género cinematográfico durante las

últimas décadas.

En realidad, la historia viene a decir que humanos y alienígenas humanoides

(los Depredadores) tienen que combatir juntos a ese formidable enemigo que

es un Alien si desean escapar con vida del territorio que tales criaturas

viles dominan. A mí este desenlace me gusta, Depredador es un cazador

insaciable y desprecia a los terrestres por considerarlos inferiores

(supongo), pero es mucho más próximo a éstos que a los Alien.

Si me hubiesen dejado a mí la tarea de confeccionar el guión, quizá hubiese

escogido otro contexto y otra forma de desarrollar la película (viene a ser

monótono que siempre se trate de ver caer a todos los protagonistas, uno a

uno o a pares, hasta que el héroe o la heroína se enfrenta al malvado en el

último cuarto del film). Pero no lo hice, y la solución utilizada finalmente

por los guionistas es la que me conduce a ponerle tres estrellas a este film

en lugar de cinco.

No sé de qué manera algunos grandes maestros del cine actual hubiesen

resuelto una tarea como AVP, en caso de estar interesados. Pero quizá haya

un cine para que los grandes maestros desarrollen su magnífica genialidad en

imágenes cinemáticas, y un cine para aquellos que buscan contar una historia

entretenida y eficiente en la taquilla, genialmente imbricada con el mundo

de nuestras fantasías y sueños. Yo necesito de ambos cines, los demás no sé

qué necesitarán.

Andrei Rublev

En ocasiones, el hecho ser fan de alguien o, en este caso, “algo” (centrándonos ahora en un ambiente cinematográfico) hace tomar a aquellos que idolatran aquel director, aquella actriz o actor, o, por ende, aquella película cuyo éxito marcó una sucesión de secuelas interminables, senderos insospechados que, aunque sean oscuros, tenebrosos y huelan mal, los introduce en ellos sin que éstos se puedan resistir (aunque por momentos les invada la duda… por otro lado, algo inevitable). Porque reconozcámoslo: el verdadero fan, siempre tozudo cuando algo se le mete entre ceja y ceja, es un ser valiente pero, sobretodo, sufridor.

Secuelas, precuelas… y ahora, spin-offs, es a lo que el fan está condenado (aunque en bastantes ocasiones, bendecido). Algo extraño pasó hace poco tiempo cuando, en una maniobra por recaudar dinero desesperadamente, a algún majadero de la alta esfera de Hollywood se le ocurrió que las estrellas de la función de dos franquicias como “Pesadilla en Elm Street” y otra tan dispar como “Viernes 13”, podían ir juntitas de la mano en un producto en el que estos dos iconos del cine de terror de Serie B contemporáneo, se pudieran despachar bien a gusto dándose de leches en un verdadero canto al amor mutuo. Y así es como surgió “Freddy vs. Jason”, cuyo título explícito ahorra la explicación de la sinopsis. No obstante, yo tuve una ventaja el día que la estrenaron: ni soy fan de Freddy Krugger, ni soy fan de Jason Voorhes…

Pero esto de los spin-offs, no viene de ahora, pues la Hammer ya enfrentó en más de una ocasión a sus monstruos más emblemáticos de antaño, en operaciones comerciales cuyos fines fueron los mismos que los que se buscan actualmente con esta clase de productos. Y son dos monstruos (aunque éstos provienen del espacio, no son de la Hammer y poseen el sello de la Fox) los que ahora invaden nuestra cartelera. Convertidas en títulos de culto tanto la saga iniciada por Ridley Scott en la magistral “Alien, el octavo pasajero” (y continuada por James Cameron en la no menos genial “Aliens: el Regreso”), como ese brillante divertimento llamado “Depredador”, de la mano de John Mctiernan (cuya continuación firmada por Stephen Hopkins no le llegaba ni a la suela de los zapatos), son ahora las víctimas a las que las productoras han decido cruzar en otro intento (y van…) de reventar las taquillas de medio mundo. Pero a diferencia de la cinta Ronny Yu, “Alien vs. Predator” tiene sus orígenes en los videojuegos y en los cómics de Dark Horse (excelentes, por cierto), de los que la película bebe en ocasiones.

Así, la ventaja que tuve al no ser fan ni de Freddy ni de Jason, se trunca en este producto del no muy original Paul W. S. Anderson, pues a diferencia de los anteriores si soy fan de uno de ellos, Alien. De igual manera que las dos primeras películas me fascinaron, también me fascinó el diseño de H. R. Giger para la creación de una de las criaturas más terroríficas de la historia del cine. Menos terrorífica, pero igual de emblemática, es el espléndido diseño de Predator, por parte del genial Stan Winston (también metido en el proyecto “Alien”). Constitución fuerte y ruda, alto, con largos y finos tubos que caen sobre su espalda, cuyos adornos lo configuran los cráneos de sus víctimas a modo de trofeo, poseedor de toda clase de artilugios de tecnología avanzada, aunque aplicados a primitivas funciones, equipado con una máscara que le permite cambiar el modo de visión a su antojo y un cañón al hombro mortífero para quien lo prueba…

Es inevitable: el poder ver de nuevo a éstos dos iconos de la ciencia ficción en pantalla grande se convierte en algo irresistible (para el fan, claro), pues lo que en realidad interesa de veras es el poder ver de nuevo esos dos maravillosos diseños, absolutamente respetados y mejorados notablemente con las nuevas tecnologías. No obstante, y por desgracia, esto contrasta de manera abismal con la vacuidad de una historia sin guión alguno, cuyo débil argumento deja al descubierto las prisas y las pocas ideas de quien esto ideó, intentando sin buena fortuna buscarse un relleno y una (insatisfactoria) justificación para que las dos especies coincidieran en una misma historia… El aire de serie B que se respira en “Alien vs. Predator” es más que notorio, sobretodo si le echamos un vistazo a su discreto plantel interpretativo, pues en su práctica totalidad (excepto el bueno de Lance Henriksen) nos resulta desconocido entre el gran público. Es el factor humano lo peor de la película, pues limita lo que en realidad se busca en esta película. Si bien el nivel de los actores es bastante pobre, la verdad es que poco pueden hacer con el material que tienen entre manos, pues en la mente de los guionistas los personajes humanos son meras marionetas repletas de topicazos, impertérritos, en unos roles que se les impide mostrar evolución alguna, algo que, por el contrario, resulta imposible. A todo esto (que tampoco sorprende, pues un servidor ya se lo esperaba), cabe añadir el poco riesgo del producto y de su director a la hora de otorgar enjundia al resultado, decantándose aquí por una dirección bastante funcional y regalándonos alguna que otra situación que produce poco menos que vergüenza ajena. La violencia y el humor negro, algo que caracterizaba a las secuelas de las franquicias originales, por ejemplo, queda aquí relegada a un tercer (o cuarto) plano, perdiendo en parte, el cierto espíritu gore de las originales. Sin embargo, una buena dirección artística, unos buenos efectos especiales (a pesar de los archicopiados efectos de “Matrix”) y el hecho de poder disfrutar de nuevo con esos dos estupendos diseños en pantalla gigante, equilibra un poco la balanza a su favor. Porque si miramos bien en el fondo, en realidad, “Alien vs. Predator” no engaña a nadie, pues carece de ambiciones o pretensión alguna en su asignada misión de entretener al aventurado espectador. Algo que, por otra parte, resulta irreprochable.

Pero no hay que engañarse: esto demuestra que en la Hollywood actual, excepto alguna que otra honrosa excepción, las ideas nuevas e innovadoras para futuros proyectos no es que estén a la orden del día precisamente… Y eso es, desgraciadamente, algo preocupante. ¿Y qué tal para la segunda entrega (y tercera, y cuarta, y quinta…) un “Alien vs. Predator vs. Terminator”? O mejor: ¿que os parece un “Alien vs. Predator vs. Superman”?… Y cuidado, porque de esto existen cómics…

Daniel Jiménez Pulido

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Sanaa Lathan

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