• Por AlohaCriticón

ANTES DEL ATARDECER (2004)

Director: Richard Linklater.

Intérpretes: Ethan Hawke, Julie Delpy, Vernon Dobtcheff, Mariane Plasteig.

Atención: Contiene Spoiler

Nueve años después de haberse conocido en un tren Eurail y haber disfrutado juntos de catorce horas en Viena, Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) vuelven a encontrarse, ahora en París, ciudad francesa que Jesse abandonará la misma noche del encuentro para marcharse a Nueva York.

El ejercicio de la crítica, es sabido, es un acto subjetivo. Es por eso que el uso de la tercera persona provoca una cierta asepsia que aleja al autor del objeto de su escritura y pretende teñir de objetividad el análisis. Sepa desde ya, estimado Lector, que YO voy a dirigirme a Ud. para hablar de “Before Sunset” (2004) en primera persona. Es que no puedo distanciarme de esta obra como un médico de su paciente. Lo siento: tan así me ha penetrado en la emoción. Sin embargo sepa también, estimado Lector, que tengo mis razones para hacerlo de la manera en que le anuncio. Algunas son absolutamente personales, prisioneras de los resortes que el film tocó sin tapujos, con total desparpajo. No obstante, no creo que Ud. vaya a tener problemas en conciliar el sueño si no le comento cuáles son esas razones tan mías; al cabo, qué importancia pueden tener para Ud. que, de haber visto esta película, de seguro seguirá anclado en las suyas propias. De todas formas, hay otra serie de motivos que bien pueden ser públicos y de los que doy síntomas en las primeras líneas de esta crítica. El principal de ellos es que no me es posible hablar desde afuera de la película. Este film de Richard Linklater es tan hipnótico que aún después de salir del cine nos puede parecer que seguimos acompañando a sus criaturas por las hermosas callejuelas de París. Así que, nada, está Ud. avisado antes de seguir leyendo; y quien avisa no traiciona.

“Antes del Atardecer” (2004) es secuela de una obra anterior de Linklater, “Antes de Amanecer” (1995), en la que Céline y Jesse se conocen en un tren en Viena, se enamoran a primera vista, deciden pasar la noche juntos y, finalmente, a riesgo de que la cosa se concrete o no, deciden darse cita en el mismo lugar para después de que transcurran seis meses desde la despedida. Para subir la apuesta que implica ese riesgo, no cruzan sus datos, no se informan de sus respectivos apellidos ni de sus números telefónicos. Confieso que no vi esta película, víctima de quién sabe qué tonto prejuicio (tan tonto como todos y cada uno de los prejuicios que puedan existir). Así y todo, esta mínima información puede recogerse en los primeros minutos de “Antes del Atardecer” y enseguida estamos al día, a tono, listos para espectar un nuevo encuentro entre los dos personajes (Ethan Hawke y Julie Delpy, también coguionistas, soberbios, gloriosos).

Es que al comienzo del film que nos ocupa nos enteramos de que han transcurrido nueve años y ese encuentro deseado no se concretó. La elipsis temporal es simultánea tanto en el puente que une la historia como en los años “reales” que separan la realización de una y otra obra. Jesse ha devenido en un escritor famoso y se encuentra en París, ciudad donde reside Céline, presentando su último libro. El texto cuenta la historia transcurrida en Viena y la excusa para actualizarnos respecto de “Antes de Amanecer” es una pequeña conferencia de prensa que Jesse da en una de esas adorables librerías parisinas. Céline acude al lugar hacia el final de la presentación, Jesse la ve y, superada la sorpresa inicial, decide sin dudar pasar el tiempo que le queda para tomar el vuelo de retorno a EE.UU. con quien dejara en Austria nueve años atrás.

A partir de ese punto se sucede uno de esos pequeños e inusuales milagros cinematográficos. El tiempo es real, estamos con ellos, visitamos el mismo café, las mismas calles, los mismos parques. Navegamos por el Sena y acompañamos a Céline a su departamento. La cámara no se entromete con los personajes, se limita a acompañarlos: mejor dicho, nos invita a nosotros, simples espectadores sin tremenda historia en la coyuntura de la visión, a seguir en silencio a la pareja. La puesta en escena es casi transparente, el plano y contraplano tan utilizado en las secuencias de diálogo sólo aparece en la escena del café. El resto de la película también es de diálogo, sin embargo Linklater opta por la steadycam y nos compromete con el tiempo de Céline y Jesse, lo aterriza, lo corporiza. Hasta sentimos miedo de perder el avión. O de tomarlo, quién sabe.

Los jóvenes ahora son treintañeros, sus vidas han tomado el rumbo que les ha tocado en suerte o el que han forjado sin tanta suerte; al menos, sin la suerte de tenerse. Es que de eso se trata la película. De la tremenda potencia de la noción del amor. El sentimiento que los une está multiplicado por el motivo de no haberse tenido. Los pliegues de la historia nos llevan a pensar y a sentir (¡a sentir!) cuán profundo puede ser el amor no concretado, al cabo el más puro, aquel que no puede ser contaminado por la convivencia física.

En esa línea, Céline hasta llega a negar el recuerdo de la noche de sexo en Viena. Y la pareja habla. Habla hasta el cansancio sin cansarse. Hablan del amor, sí, pero también de la familia, de la política, de los sueños. Sienten el deseo irrefrenable de llenar ese espacio que ahora es pasado y, quizás, inminente futuro. El propio deseo como motor vital es uno de sus temas.

Así descubren qué tan terrenal es la vida que les ha atravesado en esos nueve años. Tan terrenal, tan real, como la mía o la suya, estimado Lector. El último paseo los transporta sobre el Sena, están juntos, venciendo todas las paradojas y, sin embargo, las sombras los envuelven al atravesar cada uno de los puentes. “Ha pasado mucha agua debajo del puente” dijo Céline en cierto momento. Y ahora, camino a la despedida, son ellos quienes los atraviesan. Pero falta el viaje en auto hasta la casa de la muchacha. Y allí toda su máscara de autocontrol se cae sin remedio, odia con tanto amor a Jesse como Jesse pudo odiar a la abuela de Céline, que, azarosamente (como casi todo lo importante en la vida), había muerto el día de la cita pactada.

Y la road movie parisina está a punto de cerrar. Se nos va el avión. Los personajes ya no son los mismos que ochenta minutos atrás, cuando ya no eran los de nueve años atrás. Se vieron, se encontraron, se tocaron. Respiraron juntos. Linklater les hace subir los dos pisos hasta el apartamento de Céline en plano secuencia, privándolos de las palabras, acompañándolos, a su (nuestra) vez, en silencio. En el apartamento, Céline le canta el hermoso vals que compuso “para cualquiera” pero que ahora reza “Jesse”, como corresponde. El avión está a punto de partir. Ya lo sabemos. Fundido a negro.

Estimado Lector, déjeme decirle, por último, que esta crítica puede serle tan ambigua e inconclusa como la propia película. Pero así es la vida. Qué se le va a hacer. Y déjeme depositar ahora un pensamiento final que, apuesto, vamos a compartir: a pesar del dolor, del desencuentro y de la ironía; a pesar de los pesares, quien diga que no desea caminar junto a su amor imposible, el más fuerte, el verdadero amor de su vida, por las orillas del Sena, es un perfecto mentiroso. Ya le dije que puedo pecar de subjetivo en esta crítica; pero mentiroso, lo que se dice mentiroso, le aseguro que no soy.

Raúl Bellomusto

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Julie Delpy

Ethan Hawke

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