• Por AlohaCriticón

Dirección: Patrice Leconte.
Intérpretes: Sandrine Bonnaire, Fabrice Luchini, Michel Duchaussoy, Anne Brochet.


Por llamar a la puerta equivocada, Anna (Sandrine Bonnaire) termina contándole sus problemas matrimoniales a un asesor fiscal llamado William Faber (Fabrice Luchini). Conmovido por su angustia, que a la vez resulta excitante, Faber no tiene valor para decirle que en realidad no es psicólogo. Profundizando mucho más allá en esta extraña relación, Anna y William empiezan a cuestionarse sus vidas y a pensar en sus seres queridos.

El interés y la atracción por curiosear en la vida íntima de los demás, lo que vulgarmente se denomina cotilleo, son cualidades inherentes al ser humano desde el principio de los tiempos (aunque pueda pensarse que es un fenómeno relativamente reciente). Esta es la sintomatología ubicada en el corazón humano que el realizador francés Patrice Leconte, disecciona en su última película.

Con la personalidad que aporta a su obra (“El marido de la peluquera” o “El hombre del tren”, por citar algunas de sus recientes perlas), en donde el común denominador es la captura de momentos emocionales entre dos personas, Leconte nos adentra en la historia, con secuencias montadas de forma alternativa, donde, por un lado, vemos las pisadas firmes del personaje de Anna, interpretado por Sandrine Bonnaire, y por otro, reparamos en la portera de la finca a la que se dirige, que está literalmente pegada a la pantalla del televisor, absorbiendo un serial de campeonato (y de medalla de oro asegurada).

El equívoco de la visita de Anna, da pie al inicio de la relación entre ésta y William (Fabrice Luchini) sobre la que se sustentará la película y que, a fin de cuentas, será su mejor baza. Efectivamente, de la confrontación de la genial interpretación de Luchini, mezcla de perplejidad y de romanticismo, y la Bonnaire insuflando sensualidad y nicotina al ambiente, saltarán chispas y destellos de atracción que culminarán en el epílogo con el que concluye Leconte su nuevo e interesante recorrido por la intrincada senda de la mente y el alma.

A resaltar las gotas de humor que impregnan el relato, como por ejemplo, las sesiones de psicoanálisis a las que se debe someter William con el auténtico psicólogo para afrontar sus encuentros con Anna, o el baile que ejecuta William (desahogo pasional donde los haya) que, dicho sea de paso, deslumbra y sorprende.

Alberto Alcázar

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Sandrine Bonnaire

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