• Por AlohaCriticón


Dirección: Aleksandr Sokurov.
Intérpretes: Sergei Dreiden, Mariya Kuznetsova, Leonid Mozgovoy, David Giorgobiani.


Un cineasta contemporáneo y un marqués francés del siglo XIX emprenderán un extraordinario viaje a través del tiempo por el turbulento pasado de Rusia hasta el siglo XXI.

El desconocido director ruso Alexander Sokurov (esta es la primera obra suya estrenada en España) es el responsable de esta extraña película que, básicamente, es un lujoso paseo por el Museo Hermitage de San Petersburgo, el edificio idóneo para situar la historia (que no es tal) que nos quiere mostrar Sokurov. Y digo que no es tal porque en realidad, el núcleo central de la cinta reside en dos personajes, uno invisible (la cámara) y otro visible (un misterioso guía), dúo que vaga por el museo sin mucho ton ni son, sin ningún objetivo concreto.

Durante ese paseo de los dos personajes, se muestra un compendio de la Historia rusa de los últimos siglos, aderezada con reflexiones acerca del arte, y del papel de Rusia en Europa. Una mezcla sin duda curiosa, que sin embargo, está desorganizada, y no resulta interesante, ya que el guión en ningún momento parece decantarse por ninguno de los temas, pasa por ellos pero no los trata en profundidad, tan sólo se detiene en piezas aisladas (algún que otro cuadro), donde cobra especial protagonismo el guía antes citado, cuya excesiva presencia a lo largo de la cinta, y sus modos de ser, de pensar y de actuar; convierten muchos momentos de la misma en insoportables.

Podemos pensar que Sokurov ha decidido sugerir las ideas con la palabra y dejar que la imagen haga el resto, pero a juzgar por el resultado general, me inclino más a pensar que el director tan sólo quiere dar pinceladas para que sea cada espectador el que complete el cuadro. Original decisión que sin embargo no funciona porque todo lo que se sugiere está desorganizado. Las situaciones van variando sin ningún sentido, y todo se mueve sin ningún rumbo fijo.

No obstante, la película si posee una cierta organización en torno a unos momentos “estelares”. Entre unos y otros se suceden unas escenas “de transición”, de menor interés, algunas excesivamente alargadas, que provocan el bostezo en más de una ocasión (el recorrido por los cuadros es interminable). El por qué del alargamiento excesivo de estas escenas tiene una explicación muy sencilla: pasar a la historia del cine.

La película pasará a la historia por carecer de todo montaje (el concepto de “escena” en esta película es relativo), por estar rodada en un único plano-secuencia de 95 minutos. Todo un alarde. Probablemente es por esto por lo que se ha estirado tanto la película. Parece ser que sus responsables decidieron tirar la casa por la ventana, y ya que pasarían a la historia, mejor pasar por un plano de 95 minutos que por uno de 75. Aunque parezca mentira, el film carece de montaje pero no de ritmo, lento y plomizo, pero ritmo al fin y al cabo.

Así pues, técnicamente no se le puede discutir nada a la cinta. Nadie antes se había atrevido a hacer algo así, y posiblemente nadie se atreverá. Además, todo el ambiente conseguido es impresionante (especial atención merece el vestuario, magistral), y el desfile de actores (innumerables) dota a la situación de un movimiento que contrasta con la pasmosidad del ritmo.

La última escena de la película redime al resto y salva al conjunto. El baile final y la posterior salida del museo constituyen los momentos más dinámicos, mejor dirigidos y estéticamente más deslumbrantes de todo el film (a lo que también contribuye la desaparición del personaje guía). Un momento genial que termina siendo la única razón por la que merece la pena aguantar todo lo anterior, y que hace al film de visionado obligado. Lo que no elimina que en conjunto no sea una gran obra.

Tomo prestadas unas palabras del crítico Jorge Mauro de Pedro para terminar, pues definen con precisión lo que le ocurre a esta película:

“Sokurov no quiere ser ameno, no quiere ser pedagógico, ni tampoco llegar a grandes audiencias. De acuerdo. Lícita elección.

Pero eso no lo convierte en sublime. “

Wishi

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