• Por AlohaCriticón

EL BUEN LADRÓN (2002)

Director: Neil Jordan.

Intérpretes: Nick Nolte, Nutsa Kukhianidze, Tcheky Karyo, Said Taghmaoui.

Bob Montagnet (Nick Nolte), un jugador, drogadicto y ladrón de nacionalidad estadounidense, reside en la ciudad de Niza, localidad sita en la Riviera francesa en la que se ha quedado totalmente arruinado.

Para solucionar sus problemas económicos le ofrecen participar en un espectacular golpe al Casino Riviera de Montecarlo. Bob acepta con la intención de abandonar su vida criminal tras la consecución del robo.

La nueva película de Neil Jordan, director que sorprendió con su visión fuertemente

humana y sensible del conflicto irlandés en Juego de lágrimas (The crying game, Neil Jordan, 1992), es una nueva andadura de éste autor en el mundo negro de la delincuencia.

Desde una perspectiva “europea” del thriller, remarcando más la actitud del personaje que

sus reacciones, El buen ladrón (The good thief, Neil Jordan, 2002) quiere ser una película psicológica más que policíaca, pero resulta que es en la trama donde el nuevo aparato manieristade Neil Jordan tiene su verdadera fuerza.

El relato comienza con la presentación del personaje protagonista, un formidable Nick

Nolte, en un garito de mala muerte de los bajos fondos parisinos, referencia implícita a Jaques Becker y explícita a Jean-Pierre Melville y su película Bob le flambeur (Ídem, Jean-Pierre Melville, 1955). Es un protagonista anti-héroe, pero cargado de una cierta aura romántica de intelectual amargado, junto a una fuerte carga irónica que lo convierten en un

astuto y seductor “ladrón de guante blanco”. Ante este magnetismo queda hechizada la niña-mujer del film, una adolescente y prostituta eslava que, debido a un pasado tortuoso, se

ha convertido demasiado temprano en mujer, la cual no tiene nada que ganar, pero tampoco

nada que perder. Esta actitud indiferente la convierte en una especie de femme fatale, capaz

de debilitar a los hombres con su más que evidente reclamo erótico, aunque Neil Jordan,

prescindiendo de hacer una lectura revisionista de los clásicos americanos, convierte a esta

lolita en un ser apático e incluso antipático, lejos de la lujuriosa perversidad erótica de, por

ejemplo, Barbara Stanwick en Perdición (Double indemnity, Billy Wilder, 1944). Resulta,

por lo tanto, que Neil Jordan pierde el pulso en las escenas pretendidamente transcendentes,

debido al subrayado narrativo de las mismas: baja el enfoque de la luz, coloca la cámara a

la altura de una mirada forzadamente melodramática y dirige a los actores desde una calculada

solemnidad, forzándoles a declarar sentencias de honda profundidad psicológica.

Donde resulta brillante Neil Jordan es en el híbrido que realiza entre comedia y trama

policiaca, al realizar giros cómicos y grotescos en la preparación del plan del atraco a un

gran casino de Montecarlo. Un ejemplo sería el personaje del ruso Vlad, interpretado con

una gran carga irónica por Emir Kusturica, que aparece todo el tiempo con una guitarra

colgada al hombro; o la transformación del musculoso miembro de la banda en la mujer

Phillipa. Neil Jordan prescinde aquí de trucos con la cámara y muestra, normalmente en

bares, locales perdidos de las afueras de París y en coches, la elaboración del robo. La cámara aparece más ágil y menos forzada, al igual que ocurre con los personajes, que se

muestran con una mayor libertad interpretativa, especialmente Nick Nolte, cuyos encuentros

con el detective resultan determinantes para conocer el carácter cínico y hedonista del

personaje. Incluso la chica protagonista adquiere una mayor relevancia y luminosidad en la

escena final del casino.

Se trata, en resumen, de una película con un fuerte desequilibrio narrativo pero que, vista

desde la perspectiva de un “curioso” thriller policíaco, cobra mayor importancia y se hace

tremendamente entretenida.Víctor Rivas Morente

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Nick Nolte

Puntuación

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