• Por AlohaCriticón

EL COLECCIONISTA (1965)

Dirección: William Wyler.

Intérpretes: Terence Stamp, Samantha Eggar, Mona Washbourne, Maurice Dallimore.

Frederick Clegg (Terence Stamp), un introvertido empleado de banca gana un sustancial premio de 70.000 dólares en las quinielas, lo que le permite abandonar su empleo y pergeñar el rapto de Miranda Grey (Shamantha Eggar), de la que está platónicamente enamorado.

El genial Willyam Wyler (Ben-hur) nos regala, prácticamente en el final de su prolífica carrera, esta obra maestra. Está basada en el libro de homónimo título: El Coleccionista (1963) de John Fowles (ópera prima del autor). Suponiendo un magnífico sustrato sobre el que los guionistas Stanley Mann (Conan el Destructor) y John Kohn (Sorpresa en Shangai) adaptan el citado libro con gran acierto (lo que les valió una merecida nominación a los Oscar).

El elemento fundamental que sustenta la película es la descripción y evolución de la personalidad de Frederick, así como la relación e interacciones establecidas entre él y Miranda. De hecho, los dos elementos se complementan y gracias a ellos alcanzamos a aprehender una visión holística y comprensiva de ambas facetas, en el sentido de que opera una relación de bicausalidad entre la personalidad, su diacronismo, y la relación acontecida entre Frederick y Miranda. El absoluto protagonismo de los elementos precedentes, queda sublimado tanto por las regias interpretaciones de los dos protagonistas, como por las pírricas intervenciones del resto del reparto, los cuales tienen como único objetivo o bien contextualizar el entorno social primigenio de Frederick y Miranda (verbigracia, una secuencia en la que los compañeros de Frederic se befan de él, con la excusa de su afición por la lepidopterofilia, escenas en las que se observa a Miranda en el entorno universitario, conversando, y en un pub enzarzada en lo que parece ser una porfía entre amantes), o incluir elementos adicionales en la relación raptor-raptada (es el caso de la irrupción del vecino de Frederick, en lo que constituye una de las escenas antológicas del film).

Desde los albores del rodaje, la relación entre William y Terence fue fluida, entendiéndose a la perfección, y ello pese a las dudas iniciales por parte del joven actor, respecto a su capacidad para interpretar un papel tan exigente.La fructífera relación, unido a su innegable talento, conduce a que los únicos epítetos de los que justificadamente se hace tributaria su actuación sea la de soberbia, brillante, espléndida, sublime, regia, encomiable, y extremadamente talentosa; a los que podríamos añadir sin pecar de ditirámbica todos aquellos sinónimos que la RAE nos permita.

Pese a que las expectativas primigenias de Wyler no fueron colmadas por la novel Shamantha (de facto, Wyler una vez iniciado el rodaje pensó en sustituirla por Natalie Word, lo que no consumó debido a la indisponibilidad de la actriz), ello no fue óbice para que finalmente su interpretación no desmereciera a la de su partener, consiguiendo una justificada nominación en los Oscar.

El perfil de personalidad de Frederick desde el comienzo denota una manifiesta carencia para entablar relaciones interpersonales, pírricas habilidades sociales, ausencia de empatía y aislamiento. La causa de esta peculiar idiosincrasia hay que buscarla en un acusado complejo de inferioridad, el cual le hace replegarse del entorno hostil por el que se ve obligado a transitar, creándose un microcosmos seguro, en que refugiarse, donde él es el que dicta las normas, siendo el elemento sobre el que gravita, su afición por la lepidopterofilia.

Sus serias limitaciones psicológicas, unidas al anhelo por vivir una vida “normal”, le lleva a capturar a su más preciado ejemplar, Miranda, una bella joven de la que está enamorado (con propiedad deberíamos decir encaprichado u obsesionado) desde su infancia, pese a que el único contacto ha sido visual, creando para ella un entorno acorde a sus inquietudes (la casa que será su forzosa morada dispone de libros de arte, tocador, diferentes vestidos, etc.).

La evolución en la actitud de Shamantha en relación a su situación y su captor la podríamos calificar en un principio de miedo y no aceptación, para convertirse posteriormente en resignación y conmiseración, presentándose algunos de los típicos rasgos del Síndrome de Estocolmo.

Conforme el metraje avanza, se observa un deterioro progresivo en la personalidad de Frederick, motivado tanto por la frustración que supone la incapacidad de alcanzar el ansiado propósito de que Miranda se enamore de él, como por la reacción y actitudes de su última pieza de coleccionismo, la cual a diferencia de sus sumisas mariposas, no es fácil de subyugar, lo que exacerba su complejo de inferioridad. Haciendo las reacciones de Frederick más impulsivas, irracionales e imposibles de vaticinar, lo que es de agradecer por los espectadores, empero, no para la cada vez más atemorizada Miranda.

Uno de los elementos que alimentan el citado complejo de inferioridad, es la diferencia de clase social que separa a Frederick y Miranda; el primero sin estudios universitarios, proveniente de un entorno rural, aislado, sin inquietudes. La segunda pese a haber gestado su infancia en el mismo entorno, dado su raigambre más acomodada, representativa de la pujante clase media de los años sesenta, es una estudiante de bellas artes, cultivada, inserta en un estimulante entorno social, adoptando las costumbres más “progres” y bohemias del enclave cosmopolita por el que discurre su vida.

La evolución de Frederick hace que ya de forma diáfana hacia el ecuador del film, podamos catalogar su personalidad como de psicópata, un psicópata edulcorado, amable, vulnerable, pero psicópata al fin y al cabo, siendo el leit motive de su actuación no el infringir daño sobe su victima, sino satisfacer sus deseos a cualquier precio. La psicosis va in crescendo, mostrándose al final como un ser sin ningún tipo de remordimiento ni escrúpulo, amoral, abyecto, eclosionando de forma abrupta, brutal, el monstruo que anidaba en su interior. Pudiéndose afirmar que el film termina en los albores de una película actual de la temática.

La banda sonora corre a cargo del talentoso Maurice Jarre (ganador de tres Oscar por Lawrence de Arabia, Doctor Zibago y Pasaje a la India), habiéndose recortado en gran medida por Wyler, siguiendo la sugerencia de John Fowles, con el propósito de enaltecer la sensación de aislamiento de los personajes.

En suma una obra maestra, en la que se nos presenta de forma magistral al psicópata amable, recogiendo el testigo del primer psicópata pergeñado por Hitchcock 5 años antes en Psicosis (1960), y cediéndolo a las no menos meritorias el Silencio de los corderos (Jonathan Demme) y Misery (Rob Reiner).

Eduardo Esteve

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Terence Stamp

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