• Por AlohaCriticón

el color de las nubes posterDirección: Mario Camus.
Intérpretes: Julia Gutiérrez Caba, Ana Duato, Antonio Valero, José María Domenech.


Doña Lola (Julia Gutiérrez Caba) reside en una vieja casona sita en un pequeño pueblo de Cantabria. Su hogar fue cedido en herencia por un hombre viudo con el que compartió sus últimos momentos de vida.
Mateo (Ramón Langa), el hijo del difunto, ejerciendo sus derechos como legatario y enemistado con Lola, requerirá a la mujer su propiedad.

Hay algunos directores españoles a los cuales el hacer, o haber hecho, un buen puñado de excelentes películas parece no otorgarles el prestigio necesario para convertirlos en referentes señeros de nuestra cinematografía. ¿Será una cuestión de falta de carisma, o de falta de presencia mediática –o de esto segundo motivado por eso primero-? Algo debe haber de ello, y por ahí deben moverse las motivaciones por las cuales el nombre de un director como Mario Camus no aparece, casi nunca, cuando se habla de los grandes. Una injusticia, y una auténtica lástima, porque eso priva de una mayor proyección a películas de una calidad innegable, como es el caso de “El color de las nubes”.

“El color de las nubes”, que arranca de una idea –y guión- original del propio director, es un relato recogido, intimista, que abraza diversos episodios o sucesos que giran, en su totalidad, alrededor de un mismo eje: la batalla que, por amor –por su recuerdo, su pervivencia- entablará la protagonista, Lola, en pos de continuar habitando la vivienda en que fue feliz junto a su amado, ya muerto, para lo cual tendrá que luchar contra la voluntad en contrario del hijo de éste, Mateo. Destejiéndose al hilo de ese núcleo central, asistiremos a otras historias que también cuentan con el amor como telón de fondo y motor de las intenciones y movimientos de sus protagonistas, aun cuando sean otras formas de amor, con otros trasfondos y motivaciones: el amor de Colo por Lola, o, más bien, por la fidelidad a la memoria del amigo muerto, lo cual le moverá a implicarse en un turbio negocio de drogas –a fin de conseguir el dinero necesario para poder conservar la casa, enervando el desahucio que pesa sobre ella (este episodio da pie a una trama secundaria de intriga criminal, en la que Camus, a qué negarlo, no se desenvuelve con la misma soltura que con las demás)-; el amor fraternal de Bartolomé y Mirza, los dos niños que recalan en esa casa, uno huido y otro acogido, y ambos en busca de los afectos de los que, por motivos tan dispares, carecen (y aquí el campo para la reflexión que se nos ofrece, al hilo de una preciosa fábula moral, sobre los moldes de la sociedad urbana bien pensante –y bien alimentada- es enorme); o el amor sencillo y sin estridencias de Valerio por Tina, capaz de hacerle recapacitar y cambiar de postura acerca de un asunto del que empieza ocupándose profesionalmente para terminar abordándolo de manera personal –la fuerza del amor no radica en lo tormentoso: el reflujo de la marea también existe en el mar calmo-. Camus nos muestra estas “historias mínimas” con un narrar pausado y sereno, a tono con el ambiente de esas costas y valles cántabros en que la misma está rodada: un escenario físico que conjuga grandiosidad y recogimiento con la misma naturalidad con la que se nos presenta el desarrollo de los hechos y que, espléndidamente fotografiado, se convierte en un personaje más del film: es difícil concebir esta historia, con su tempo reposado y la paz de espíritu que transmite, ubicada en otro marco físico (de hecho, esta importancia del entorno se ve acentuada por el contraste que se establece respecto a la gran ciudad, monstruosa y acelerada, en la cual se desarrollan las secuencias introductorias), y, en cualquier caso, la contemplación de las estampas que, fotograma a fotograma, se van desgranando, ya constituye, más allá de la historia contada, un estímulo suficiente y poderoso.




También hace méritos más que suficientes para su mención buena parte del plantel de intérpretes, encabezado por una Julia Gutiérrez Caba, que, en un tono de gran señora de la escena –ese terreno en el que se prodiga bastante más que en el celuloide-, cuaja una soberbia creación de su personaje: la mezcla de amargura soterrada y dignidad herida que constituyen la médula de su carácter y actitud, es conseguida a través de una presencia imponente, toda contención y mesura, que esconde mucho más de lo que muestra. Por otro lado, no es la única interpretación de alto nivel: a pesar de lo que proclaman los tópicos acerca del trabajo de los niños y los animales en el cine, las prestaciones de los dos chavales –Pedro Barrejón y Adis Suijic- están plenamente acordes con el fuerte peso de sus personajes en la trama y ambos cuajan, con una naturalidad desarmante, dos actuaciones muy buenas (algo muy meritorio, si se tiene en cuenta, sobre todo, la dificultad a que se ven sometidos en la mayoría de sus presencias, dominadas por el silencio, con lo que ello conlleva de limitación en las herramientas expresivas); y en lo que respecta al trabajo de los secundarios, no se puede obviar la mención de dos nombres, en particular: José María Doménech, cuyo Colo, lleno de una sensibilidad callada y sencilla, se erige como uno de los puntales de la historia; y Blanca Portillo, la madre de Bartolomé, que, con mucha menos presencia en pantalla, se alza como una auténtica revelación (de hecho, su trabajo en esta película le valdría una nominación al Goya como mejor actriz revelación).

Resulta evidente, a tenor de lo comentado, que a aquellos que buscan en pantalla emociones fuertes y acción trepidante, no les seducirá en lo más mínimo la propuesta que Camus plantea con una película como ésta; pero si lo que va buscando el espectador es una bella historia bellamente contada, podrá contar con la completa seguridad de que El color de las nubes puede ser un film de su interés, que, además, cuenta con el regalo añadido de unas magníficas vistas –calido y rendido homenaje- de esas tierras tan salvajamente hermosas de Cantabria; no es poca cosa, no.

Manuel Márquez

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