• Por AlohaCriticón

EL COLOR DE LAS NUBES (1997)

Director: Mario Camus.

Intérpretes: Julia Gutiérrez Caba, Ana Duato, Antonio Valero, José María Domenech.

Doña Lola (Julia Gutiérrez Caba) reside en una vieja casona sita en un pequeño pueblo de Cantabria. Su hogar fue cedido en herencia por un hombre viudo con el que compartió sus últimos momentos de vida.

Mateo (Ramón Langa), el hijo del difunto, ejerciendo sus derechos como legatario y enemistado con Lola, requerirá a la mujer su propiedad.

Hay algunos directores españoles a los cuales el hacer, o haber hecho, un buen

puñado de excelentes películas parece no otorgarles el prestigio necesario para

convertirlos en referentes señeros de nuestra cinematografía. ¿Será una cuestión

de falta de carisma, o de falta de presencia mediática –o de esto segundo

motivado por eso primero-? Algo debe haber de ello, y por ahí deben moverse las

motivaciones por las cuales el nombre de un director como Mario Camus no

aparece, casi nunca, cuando se habla de los grandes. Una injusticia, y una

auténtica lástima, porque eso priva de una mayor proyección a películas de una

calidad innegable, como es el caso de “El color de las nubes”.

“El color de las nubes”, que arranca de una idea –y guión- original del propio

director, es un relato recogido, intimista, que abraza diversos episodios o

sucesos que giran, en su totalidad, alrededor de un mismo eje: la batalla que,

por amor –por su recuerdo, su pervivencia- entablará la protagonista, Lola, en

pos de continuar habitando la vivienda en que fue feliz junto a su amado, ya

muerto, para lo cual tendrá que luchar contra la voluntad en contrario del hijo

de éste, Mateo. Destejiéndose al hilo de ese núcleo central, asistiremos a otras

historias que también cuentan con el amor como telón de fondo y motor de las

intenciones y movimientos de sus protagonistas, aun cuando sean otras formas de

amor, con otros trasfondos y motivaciones: el amor de Colo por Lola, o, más

bien, por la fidelidad a la memoria del amigo muerto, lo cual le moverá a

implicarse en un turbio negocio de drogas –a fin de conseguir el dinero

necesario para poder conservar la casa, enervando el desahucio que pesa sobre

ella (este episodio da pie a una trama secundaria de intriga criminal, en la que

Camus, a qué negarlo, no se desenvuelve con la misma soltura que con las

demás)-; el amor fraternal de Bartolomé y Mirza, los dos niños que recalan en

esa casa, uno huido y otro acogido, y ambos en busca de los afectos de los que,

por motivos tan dispares, carecen (y aquí el campo para la reflexión que se nos

ofrece, al hilo de una preciosa fábula moral, sobre los moldes de la sociedad

urbana bien pensante –y bien alimentada- es enorme); o el amor sencillo y sin

estridencias de Valerio por Tina, capaz de hacerle recapacitar y cambiar de

postura acerca de un asunto del que empieza ocupándose profesionalmente para

terminar abordándolo de manera personal –la fuerza del amor no radica en lo

tormentoso: el reflujo de la marea también existe en el mar calmo-.

Camus nos muestra estas “historias mínimas” con un narrar pausado y sereno, a

tono con el ambiente de esas costas y valles cántabros en que la misma está

rodada: un escenario físico que conjuga grandiosidad y recogimiento con la misma

naturalidad con la que se nos presenta el desarrollo de los hechos y que,

espléndidamente fotografiado, se convierte en un personaje más del film: es

difícil concebir esta historia, con su tempo reposado y la paz de espíritu que

transmite, ubicada en otro marco físico (de hecho, esta importancia del entorno

se ve acentuada por el contraste que se establece respecto a la gran ciudad,

monstruosa y acelerada, en la cual se desarrollan las secuencias

introductorias), y, en cualquier caso, la contemplación de las estampas que,

fotograma a fotograma, se van desgranando, ya constituye, más allá de la

historia contada, un estímulo suficiente y poderoso.

También hace méritos más que suficientes para su mención buena parte del plantel

de intérpretes, encabezado por una Julia Gutiérrez Caba, que, en un tono de gran

señora de la escena –ese terreno en el que se prodiga bastante más que en el

celuloide-, cuaja una soberbia creación de su personaje: la mezcla de amargura

soterrada y dignidad herida que constituyen la médula de su carácter y actitud,

es conseguida a través de una presencia imponente, toda contención y mesura, que

esconde mucho más de lo que muestra. Por otro lado, no es la única

interpretación de alto nivel: a pesar de lo que proclaman los tópicos acerca del

trabajo de los niños y los animales en el cine, las prestaciones de los dos

chavales –Pedro Barrejón y Adis Suijic- están plenamente acordes con el fuerte

peso de sus personajes en la trama y ambos cuajan, con una naturalidad

desarmante, dos actuaciones muy buenas (algo muy meritorio, si se tiene en

cuenta, sobre todo, la dificultad a que se ven sometidos en la mayoría de sus

presencias, dominadas por el silencio, con lo que ello conlleva de limitación en

las herramientas expresivas); y en lo que respecta al trabajo de los

secundarios, no se puede obviar la mención de dos nombres, en particular: José

María Doménech, cuyo Colo, lleno de una sensibilidad callada y sencilla, se

erige como uno de los puntales de la historia; y Blanca Portillo, la madre de

Bartolomé, que, con mucha menos presencia en pantalla, se alza como una

auténtica revelación (de hecho, su trabajo en esta película le valdría una

nominación al Goya como mejor actriz revelación).

Resulta evidente, a tenor de lo comentado, que a aquellos que buscan en pantalla

emociones fuertes y acción trepidante, no les seducirá en lo más mínimo la

propuesta que Camus plantea con una película como ésta; pero si lo que va

buscando el espectador es una bella historia bellamente contada, podrá contar

con la completa seguridad de que El color de las nubes puede ser un film de su

interés, que, además, cuenta con el regalo añadido de unas magníficas

vistas –calido y rendido homenaje- de esas tierras tan salvajamente hermosas de

Cantabria; no es poca cosa, no.Manuel Márquez

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