• Por Antonio Méndez


Dirección: Carol Reed.
Intérpretes: Joseph Cotten, Trevor Howard, Alida Valli, Orson Welles.

Con guión de Graham Greene (“El Ídolo Caído”, “Santa Juana”).

Sinopsis

Holly Martins (Joseph Cotten), un novelista pulp estadounidense de historias del Oeste, llega a Viena con la intención de encontrarse con su amigo Harry Lime (Orson Welles). Para su sorpresa, Harry ha muerto tras sufrir un misterioso accidente. Holly investigará el asunto.

Crítica

Película británica de posguerra rodada por un Carol Reed en modo estético Orson Welles, con un trabajo de cámara de influencia expresionista con claves de cine negro, otorgando entidad de personaje a los escenarios, con juegos de luces y sombras, encuadres enfáticos llenos de personajes, planos inclinados, perspectivas subjetivas…

tercer-hombre-foto-critica-orson-wellesEl novelista Graham Greene escribió esta trama de misterio criminal con personaje ausente en un contexto de sospecha y traición con ambiente nocturno y urbano; y otro personaje, idealista creador de historias sencillas de buenos y malos, enfrentado a dilemas morales complejos con la amistad como eje. Perdedores y desilusión.

La historia posee intensidad, interés, diálogos trascendentes, se agita constantemente con giros e implicación de caracteres, agrandado su tono de obsesión, cinismo e intriga con la música disonante de cítara de Anton Karas.

Algunas secuencias de este memorable film son antológicas, en especial la persecución por las alcantarillas vienesas, la primera aparición de Orson Welles, la conversación en la noria o la conclusión en la vereda del cementerio… Imprescindible.

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Joseph Cotten
Orson Welles


Sería inútil intentar una aproximación a esta obra de Carol Reed sin agotar en primera instancia el tópico que le sobresale a pesar de cualquier esfuerzo en contrario: la presencia desbordante del gran Orson Welles. Con seguridad, muy pocas veces una actuación de reparto ha contaminado tan vivamente un film, aún desde la descripción que el resto de los personajes hacen continuamente de Harry Lime. Es que en la gran mayoría del metraje de la película, la creación del Welles está en off, escondida, al acecho, y, sin embargo, absolutamente presente. La atmósfera que respira el film parece condenada a contentarse con los vestigios del aire exhalado por Lime en las cloacas de Viena.

Welles aparece en esta película sólo en su faz actoral. Y es tan grande su intervención, tan desmedidamente alocada, que induce a una inmediata admiración. No importa la nula moral que abandera su criatura, no basta con acompañar el desarrollo de la historia y comprobar, paso a paso, la abominación que ésta provoca. Es tan fuerte el personaje que, desde el punto de vista de la estructura del relato, invierte los roles de la narración clásica: el verdadero protagonista, Holly Martins (Joseph Cotten, amigo personal de Welles y ex miembro del Mercury Theatre, excelente actor que tuvo la “mala fortuna” de compartir cartel en más de una oportunidad con su camarada), culmina tratando de impedir el acceso de Lime al objeto de su deseo – hacerse rico a costa de la vida ajena, adulterando penicilina – lo cual lo convierte, a su propio pesar y paradójicamente, en antagonista. Y tamaña ascendencia del “malo” sobre el “bueno” no se debe tan sólo a la presencia física – magnética y potente por sí misma -, de Orson Welles: se debe, más bien, a una de sus más grandes actuaciones para la pantalla; sólo equiparable, quizás, a ese otro monstruo que crearía más tarde – en 1958- para su film “Sed de Mal”, el Capitán de Policía Hank Quinlan.

Las enciclopedias deberían rezar “Orson Welles” como una de las acepciones de la palabra “genio”. Todo lo hacía bien. Y en esta película queda más que comprobado que además de haber sido uno de los más grandes directores de la historia del cine, fue un enorme actor.

A esta altura de la crítica, y luego de releer lo escrito, hagamos una confesión con intenciones rectificativas. Nada alcanzaría para agotar el tópico que nos preocupaba en el primer párrafo: “El Tercer Hombre” es una película de Welles. Aún con guión de Graham Greene (con la colaboración de Alexander Korda), producción de David. O Selznick, las cítaras de Anton Karas para la sugerente banda de sonido, la oscarizada fotografía de Robert Krasker, y un cast con nombres de la talla del mencionado Joseph Cotten, Alida Valli y Trevor Howard… hablamos de una película de Welles!!!

Es que la forma del film presenta, por ejemplo, tomas en profundidad de campo, una puesta de cámara rica en angulaciones estéticas y descriptivas, una azarosa ambigüedad que acompaña a algunos de los personajes y muchos síntomas más de la particular forma de hacer cine del director de “Citizen Kane”.

El primer plano del rostro iluminado de Harry Lime al ser descubierto por su amigo Holly Martins es, sin dudas, uno de los íconos representativos del séptimo arte. La persecución subterránea, la escena de la rueda gigante, la descripción de la sociedad austriaca que traza el villano (“Hace más de quinientos años que viven en paz y en democracia… ¿y qué hicieron?: inventaron el reloj cu-cú”) son picos de calidad muy arduos de echar en el olvido.

Es una película casi perfecta. La media estrella que le falta a su calificación es caprichosa y obedece a un solo motivo: los créditos no dicen “Orson Welles” a continuación de “Directed by:”.

Raúl Bellomusto


La vieja y una vez hermosa Viena, ahora derruida en escombros por la guerra; la prosa de Graham Greene; el hermoso blanco y negro expresionista de Robert Krasker; el apasionante y resonante sonido de la citara de Antón Karas; la teatralidad y barroquismo de Sir Carol Reed; y un par de colosos, amigos en la vida real, Orson Welles y Joseph Cotten. Todo lo anterior puede ser resumido en una sola palabra, simple y llana antología, y de ella esta formado cada rollo, cada palabra e imagen de este monumental e imperecedero paradigma del cine negro.

Como un encargo especial del afamado productor británico Alexander Korda al novelista Graham Greene, así nació “El Tercer Hombre”, una vorágine de intriga y traición bajo la penumbra de la caótica Viena de la posguerra. Poco o nada pueden agregar mis palabras sobre una obra tan debatida, estudiada y disfrutada hasta el cansancio por escolares, críticos y cinéfilos, entre los que me cuento. La cinta no es más ni menos que una pequeña gran capsula de tiempo, poseedora de una docena de genialidades, que deleitaran hasta la saciedad a cualquier ser humano que aprecie el arte cinematográfico. Sólo observando sus magnéticos encuadres; escuchando sus sagaces diálogos; o admirando la belleza y candidez de Alida Valli, además de la calidad interpretativa de Trevor Howard, Bernard Lee, y sobre todo la de el magnifico dúo del cuasi luciferino Orson Welles y el desencantado y carismático Joseph Cotten; elevando a esta cinta a la categoría en que sigue estando después de casi sesenta años, como uno de los filmes más geniales de la historia del séptimo arte, si no me creen, solo fíjense en la toma que cierra la obra, pura poesía en blanco y negro.

Pierluigi Puccini

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Joseph Cotten
Orson Welles

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