• Por Antonio Méndez

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Dirección: Isabel Coixet.
Intérpretes: Ben Kingsley, Penélope Cruz, Dennis Hopper, Patricia Clarkson.

Película basada en una novela de Philip Roth (“El Animal Moribundo”, Editorial Alfaguara). Con guión de Nicholas Meyer (“La Mancha Humana”, “Juego Sucio”).

Sinopsis

Un maduro profesor llamado David Kepesh (Ben Kingsley) se muestra seductor con sus alumnas pero nunca sobrepasa la experiencia sexual. Todo cambia cuando conoce a Consuela Castillo (Penélope Cruz), una nueva alumna que se convierte en una obsesión para Kepesh.

Crítica

elegy-critica-de-isabel-coixetIsabel Coixet debutó con producción estadounidense con esta adaptación de una novela de Philip Roth. Pretende contar una gran historia de amor de edad dispar con enfoque lírico-trágico y termina siendo un superfluo estudio psicológico de personaje masculino con complejo de viejo verde.

Aunque tiene algún acierto en sutiles simbolismos y alguna exquisitez en la mirada cinematográfica, la perspectiva es como una mezcla entre una cinta nouvelle vague machacona en sentires y pensares, un film descafeinado de Woody Allen imitando a Ingmar Bergman, un anuncio publicitario de ambiente pijo y una sesión de fotografías de la revista “Nuevo Estilo”.

Se inicia con una entrevista que quiere manifestar el carácter hedonista y autónomo de Ben Kingsley, quien charla desde posicionamientos acomodados sobre puritanismo y libertad sexual.

También nos hace conocer algo que después redundarán sin interés alguno en una subtrama: era muy joven para el matrimonio, se casó, salió mal y se largó dejando a su hijo (que aparece de vez en cuando dándole la paliza) y a su mujer (que ni aparece la pobre).

Pero él, tan moderno y tan independiente, pasa de todo y sólo piensa en meterla en caliente y húmedo compartiendo catre con las buenas mozas que asisten a su clase. Ahí es donde aparece Consuela.

Este personaje femenino, interpretado por Penélope Cruz, se sabe que es de ascendencia cubana y poco más. No interesa al margen de su fachada.

La intención es convertirla en objeto de deseo y que el acomplejado (que quiere probar su atractivo ante el inevitable avance del tiempo) intente ligársela con cuatro triviales referencias culturetas y su apariencia de madurito interesante que se machaca jugando al pádel.

Mediante una puntual voz en off, los manidos pianos melancólicos de fondo, y el regular ambiente lluvioso, somos confesores de Kingsley, quien, con cierta asunción de irresponsabilidad e inmadurez, reflexiona sobre el citado paso del tiempo, la necesidad de aprovechamiento del mismo, y la importancia de ir más allá de la belleza en la valoración de la compañía.

Todo eso suena bien pero el tratamiento romántico-sexual es escaso, lánguido, anecdótico, falta pasión cómplice con el espectador y paroxismo entre caracteres.

Los personajes no seducen (lo de Dennis Hopper es de coña) y, tras una hora y media de aburrimiento con cámara bamboleante, algún montaje a saltos, asunto central sin demasiada dirección y alguna subtrama sobrante (lo de la relación paterno-filial tiene un tratamiento de pena), se intenta impactar emocionalmente con un giro trágico pero cuya manifestación (encima con presunción de vínculo goyesco) no se desliga de la falta de enfoque real más allá de la sensibilidad forzada.

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