• Por AlohaCriticón


Dirección: Billy Wilder.
Intérpretes: William Holden, Marthe Keller, Hildegard Kneff, José Ferrer.


El productor estadounidense Barry Detweiler (William Holden) está trabajando en un proyecto cinematográfico para el que quiere contratar a la legendaria estrella de Hollywood, Fedora (Marthe Keller). Detweiler viajará con ese fin hasta Corfú, donde reside la actriz, pero el acceso hasta ella le será vedado por la gente que le rodea. Cuando por fin consigue su propósito, se desencadenarán unos sucesos dramáticos que darán lugar a un desenlace inesperado.

Penúltimo título de la carrera del director más ácido, irónico e inteligente que ha exhibido su arte por las pantallas del orbe, el gran Billy Wilder.

Partiendo de un guión plagado de flashbacks y cuya responsabilidad hay que atribuirla al propio Wilder y a su inseparable I.A.L. Diamond, que se dedican a adaptar una novela de Thomas Tryon, el sarcástico cineasta refleja de nuevo, como ya lo hiciera en “El crepúsculo de los dioses” (1950), el obsesivo sueño artístico de permanencia en el cenit de la fama, la belleza y el éxito al llegar a un punto de no retorno (léase, senectud).

Veintiocho años más tarde, con producción franco-alemana y con Joe Gillis definitivamente fenecido, previo “chapuzón” en la piscina de Norma Desmond, Holden vuelve a ser el testigo que vuelve a enfrentarse con los fantasmas de la edad dorada del celuloide, acompañado por un elenco algo más flojo y del que luego se arrepentiría Wilder, sobre todo en la elección de la Keller, recomendada, a la sazón, por Sydney Pollack.

Aunque Wilder no contaba ya, desde “En bandeja de plata” (1966), con su brillante operador habitual, Joseph La Shelle, sin embargo incorpora en “Fedora” a otras figuras técnicas como son Alexandre Trauner, uno de los mejores profesionales en materia de decorados, y a un músico de prestigio para rellenar de forma sonora el fotograma, Miklos Rozsa.

De menor envergadura que la película protagonizada por Gloria Swanson, en la que Von Stroheim, De Mille o Keaton surgían cual dinosaurios vivientes, en esta ocasión también rostros como el de José Ferrer, Henry Fonda o Michael York, estos dos últimos en plan cameo, se presentan ante nuestros ojos para recordarnos que la vida es efímera, pero que la imagen en movimiento permanece.

Alberto Alcázar


Aquí se cierra el ciclo de Billy Wilder, con esta “Fedora” que representa el “star system” del cine. En realidad, es una especie de compendio de todas sus películas, y concretamente, como una continuación de “El crepúsculo de los dioses”, un ajuste de cuentas personal con la industria del cine.

La película, difícil de catalogar –prácticamente cine de autor–, nos habla de la verdad del mundo del cine, y de la ficción de esa verdad. De la necesidad de sacrificar la persona, en aras de la estrella.

En el Hollywood resplandeciente, lo que cuenta es el mito, detrás, para la industria no existe nada. Si el mito muere, la persona desaparece; si la persona desaparece, no importa, mientras se mantenga el mito.

“Fedora” nos habla pues de Marilyn, de James Dean o de Elvis, nos habla también, como en aquel “Sunset Boulevard”, de mitos muertos en cadáveres vivientes, y nos habla de él mismo, como observando toda la gran farsa, en la figura de su apreciado Willian Holden.

La película entera en un “flash-back” continuo de hechos reales inventados; una gran mentira urdida para que refleje la cruel verdad. Eso es el cine para el “mito” Wilder.

Angel Lapresta

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