• Por AlohaCriticón

Dirección: Jim Jarmusch.
Intérpretes: Bill Murray, Sharon Stone, Julie Delpy, Jessica Lange.


Don Johnston (Bill Murray) es un mujeriego impenitente. A lo largo de su vida ha ido dejando tras de sí un buen reguero de amantes. Un buen día, y después de que le haya abandonado la enésima fémina, Don recibe una carta anónima en la que una de ellas le comunica la existencia de un hijo que él desconocía. Con la ayuda de un vecino aficionado a la resolución de casos criminales, intentará desmadejar el entuerto.

Se esperaba con cierta expectación este último trabajo del ya maduro “enfant terrible” del cine estadounidense, Jim Jarmusch, ya que, además de su siempre original puesta en escena, logró reunir al efecto a un elenco realmente atractivo como Sharon Stone, Jessica Lange o Julie Delpy. El caso de Bill Murray es otra historia.

“Flores rotas” desarrolla el episodio de un hombre que ha sido un calavera y que en la actualidad está iniciando el descenso en la curva vital de la existencia.

En este sentido, la película es una buena muestra de la soledad que acarrea en la madurez, las correrías perpetradas en la lozana juventud. No es extraño, pues, que ante la demanda de una máxima filosófica por parte de un joven, el personaje de Murray espete, más o menos, lo siguiente: “El pasado, pasado está. Eso ya lo sé. El futuro está aún por llegar. El presente es lo que tenemos.”

A la dirección, nada hay que objetar. Jarmusch vertebra “Flores rotas” intercalando una road movie entre prólogo y epílogo, inyecta una banda sonora superlativa (excepcional la secuencia de Murray escuchando a Marvin Gaye ante una botella de Moit-Chandon) y hace uso de unos elegantes encadenados por medio de unos suaves fundidos en negro.

Pero, vamos con Murray. Sus últimos registros dramáticos están haciendo tambalear los muy asentados cimientos del siempre prestigioso Actor’s Studio. Ahora los principios de la interpretación parece que se sustentan en tener una cara de palo, no mover un músculo y tener horchata en las venas.

Lo cierto es que cuesta creer cómo semejante personaje, ha sido capaz de revolverse entre las sábanas con una pléyade tan interesante de mujeres. En fin, que la intervención de un Nicholson mucho más comedido en sus últimos trabajos, hubiera hecho crecer la aventura de este “lonely in translation”.

Alberto Alcázar

Jim Jarmusch, enfant terrible de esa fábrica de sueños (o pesadillas, como diría Lynch) que llamamos Hollywood, nos trae este ejercicio intimista de retrospección con moderadas pretensiones y muy notable resultado.

“Flores Rotas” es un film que combina, en un entretejido progresivo, la narración plana de una historia que sirve como hilo conductor y la exposición emocional hiperrealista y sin concesiones del alma de un Casanova venido a menos, un auténtico volcado exhaustivo del contenido de la mente del protagonista, del cual podemos afirmar que incluso el nombre es acertado y contribuye a dibujar en la percepción de los espectadores el perfil de este individuo que se debate entre la desidia defensiva y la urgente necesidad de huir de la soledad.

Bill Murray, que desde “Lost in Translation” (cuya sombra planea irremediablemente sobre “Flores Rotas”) se mueve como pez en el agua en estos papeles de maduro abandonado, mezcla equitativa de su innegable vis cómica y de la amargura solitaria más cristalina al estilo de “El turista accidental”, ejecuta aquí a un Don Johnston (tal es su nombre en el film, ¿recuerdan ustedes lo que dije antes sobre la elección del mismo?) con una precisión de reloj suizo multicalibrado por los innumerables matices que permite un rictus aparentemente hierático, plano e insondable, que espera ser golpeado por los ojos de un espectador dispuesto a adentrarse en las profundidades de lo que hay detrás. Nos encontramos, por tanto, ante el mismo Murray de la obra estrella de Sofia Coppola, lo cual en este caso no desmerece su interpretación sino que, por el contrario, hace aún más recomendable el visionado de este film. El mismo Murray, la misma genialidad.

No obstante, no voy a decir que el guión de este viaje en el tiempo que traza Jarmusch no tenga errores, porque tenerlos los tiene. Jarmusch sabe a dónde va, pero se entretiene en exceso por el camino, señaliza en demasía los senderos que le llevan del inicio al fin de su viaje, hasta el punto de atraer la atención sobre ellos, de conseguir que el espectador quiera conocer los pormenores de ese camino aparente, cuando el verdadero camino es el que va por dentro. Jarmusch dispara un final que puede resultar a partes iguales brillante y decepcionante, dependiendo de si durante el viaje hemos puesto la vista en el horizonte o en los márgenes de la carretera. El gran problema de “Flores Rotas” es, por tanto, que tratándose de una película en la que el espectador debe obviar la capa narrativa más externa y leer solamente las profundas, esta llamada a la atención de la audiencia no se produce con la claridad deseada, ya que la capa externa es demasiado prominente y notable, tanto que en ocasiones obstruye la lectura de las demás. Jarmusch, al centrarse tanto en su hilo conductor, conseguirá que el espectador lo siga con demasiado interés, para finalmente ver decepcionadas sus expectativas y darse cuenta en el último instante del film que ha estado buceando a la profundidad equivocada.

No obstante lo anterior, y como resumen, “Flores Rotas” constituye una original, íntima y preciosista propuesta altamente recomendable para todos aquellos que estén dispuestos a contemplar una gran obra de lo que últimamente se ha venido a llamar cine de emociones.

Jorge Serrano

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