• Por AlohaCriticón

FRANCISCO, JUGLAR DE DIOS (1950)

Dirección: Roberto Rossellini.

Intérpretes: Nazario Gerardi, Aldo Fabrizi, Arabella Lemaitre.

Etopeya de San Francisco de Asís (Nazario Gerardi) que ahonda en la

convivencia con sus hermanos en la fe y la predicación de la palabra de Dios

a aquellos a los que no había llegado a sus oídos.

Que dos hombres de la talla intelectual de Gilbert Keith Chesterton y de

Roberto Rossellini hayan tratado en sus obras la figura de una personalidad

como la de San Francisco de Asís, no es una cuestión baladí.

Chesterton a través del texto y Rossellini mediante el fotograma, dejaron

constancia de la admiración y el respeto que el santo italiano les

transmitió.

El director de “Alemania, año cero” se encontraba en un momento muy especial

de su carrera cuando rodó “Francisco, juglar de Dios”, pues acababa de

dirigir “Strómboli” y seguidamente se pondría manos a la obra con “Europa

51″.

Aunque toda su filmografía está cargada de grandes dosis de espiritualidad,

el período en el que se enmarca la semblanza de San Francisco alcanza la

cúspide en ese sentido.

Rodada en un serio blanco y negro y con actores prácticamente desconocidos,

a excepción de Aldo Fabrizi, Rossellini divide la película en distintos

episodios de la vida del santo, iniciando su recorrido con San Francisco y

sus acólitos “orando bajo la lluvia”.

En determinados pasajes se prescinde incluso de la figura de San Francisco,

dejando el protagonismo a los que le rodeaban, como es el caso de Fray

Junípero, resultando espectacular la paliza que sufre a manos de los

bárbaros.

Otras secuencias conmovedoras de la cinta son el encuentro del santo con

otro personaje fundamental de la época, Santa Clara; y, cómo no, el emotivo

momento en el que se cruza en su camino un leproso.

Tanto Chesterton, como Rossellini, inciden en la denominación de “juglares

de Dios” o “joungleurs de Dieu” que San Francisco otorgaba a sus seguidores;

es decir, más que trovadores que declamaban poemas de amor serios y

solemnes, eran un “respiro cómico” a aquella circunspección.

Dos recomendaciones, pues, en forma de libro y película de dos autores

fundamentales para acercarse a esta gran figura del cristianismo.

Alberto Alcázar

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