• Por AlohaCriticón

LA FAMILIA TERRIBLE (1948)

Dirección: Jean Cocteau.

Intérpretes: Jean Marais, Josette Day, Yvonne de Bray, Marcel André.

Un joven llamado Michel (Jean Marais) conmocionará a su familia cuando les revele su amor por Madeleine (Josette Day), ya que es la amante de su padre Georges (Marcel André).

Por otra parte, la madre de Michel, Yvonne (Yvonne de Bray) temerá perder el amor de su hijo.

También conocida en España como “Los padres terribles (Les parents terribles)”, esta excelente

película es una adaptación de la obra de teatro homónima del propio Jean

Cocteau. El director lejos de disimular el origen de la cinta muestra su

pasión por las tablas incluyendo un escenario en los créditos y levantando

el telón cuando arranca la película (hasta se escuchan los tres golpes de

rigor que anuncian el comienzo de la función). Pero no nos engañemos, lo que

viene a continuación es cine con mayúsculas.

Cocteau se encarga de

demostrarlo con una sucesión de planos imposibles al más puro estilo de

Welles, que dan el tono correcto a una complicada trama: Una familia

compuesta por un matrimonio, su único hijo y la hermana de la mujer, viven

en un apartamento asfixiante,”el carromato” como lo llaman ellos. Las

relaciones entre ellos nos anuncian una tragedia, el hijo (Jean Marais,

amante del propio Cocteau) con complejo de Edipo incluido, está enamorado de

la amante de su padre sin saberlo; la tía resentida por no haberse podido

casar con su cuñado maneja los hilos de todos los personajes (insuperable

Gabrielle Dorziat) y la madre, egoísta hasta el final, quiere ser el centro

de todo (Ivonne de Bray).

Con estos mimbres Cocteau hace un cesto de lo más original, Gabrielle

Dorziat nos da una pista cuando exclama “No sé si es un drama o un vodevil”

al enterarse del triangulo hijo-amante-padre que reproduce el ya existente

esposa-marido-cuñada. El genial realizador hace uso de esta forma de teatro

popular para rebajar la tensión introduciendo elementos de comedia y puertas

que se abren y se cierran por doquier.

Uno de los puntos fuertes de la cinta es la dirección de actores. Si alguien

nos dijese antes de ver la película que el Jean Marais de “Orfeo” o de “La

bella y la bestia”, con 35 años, iba a hacer de niño mimado no nos lo

creeríamos, sin embargo hace uno de los papeles de su vida. Josette Day no

le va a la zaga y Marcel André se encuentra a la misma altura de los

anteriores (los tres, compañeros de reparto en la citada “La Bella y la

Bestia”).Pero lo que sin duda marca la diferencia en cuanto a interpretación

es el duelo Gabrielle Dorziat e Ivonne de Bray (a quien Cocteau dedicó la

película).

Otro de los aciertos (para mí lo mejor de la cinta) es la puesta en escena.

El film se estructura en secuencias donde los personajes interaccionan entre

sí por parejas, las dos hermanas, el hijo y la madre, el matrimonio, los

amantes, etc. Para resaltar los momentos de tensión Cocteau realiza un

montaje a base de primeros planos, jugando con los rostros de forma que los

encuadra uno enfrente de otro, los dos en diagonal o incluso uno sobre otro

para conseguir el efecto dramático deseado. Me gustaría destacar un plano

fantástico, cuando Marais le confiesa a su madre que está enamorado: él se

encuentra detrás de ella y justo en ese momento Cocteau coloca la cámara de

tal forma que vemos la boca del hijo sonriente, hablando sin parar, y justo

debajo los ojos entristecidos de la celosa madre. Impresionante.

En resumen creo que si alguien se atreve con el reto de llevar a la gran

pantalla una obra de teatro debería revisar esta adaptación, esta obra

maestra de Jean Cocteau que, insisto, no reniega de su origen, como lo

demuestra en un brillante (no lo voy a revelar) plano final.

Fernando de Cea

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