• Por AlohaCriticón


Dirección: Erik Van Looy.
Intérpretes: Koen de Bouw, Werner de Smedt, Jan Decleir, Gene Bervoets.


Vincke (Koen De Bow) es un comisario de la policía judicial que, junto a su equipo, está investigando un caso de prostitución infantil. Mientras trabajan en su resolución, su jefe superior le asignará el estudio de la extraña desaparición de un alto cargo de planificación urbanística. Tirando del hilo, Vincke se enfrentará con un veterano asesino a sueldo, Angelo Ledda (Jan Decleir), de cuya relación surgirán fructíferas pesquisas.

Sirva el preámbulo de esta crítica para recomendar, de forma vehemente, la presente película, poco promocionada en nuestro país y estrenada en pocas salas (desafortunadamente, este hecho suele ser frecuente). Aunque “La memoria del asesino” sea una adaptación de una novela del escritor belga Jef Geeraerts, el escabroso asunto sobre el que versa no es algo ajeno a la realidad de la sociedad belga, conmocionada por el lamentable episodio de pederastia protagonizado por Marc Dutroux.

El director Eric Van Looy ha cogido el susodicho material y ha construido un soberbio relato, sustentado en unas brillantes interpretaciones de actores escasamente conocidos por estos parajes. Un guión en el que, a pesar de lo sombrío de la trama, Van Looy no deja de meter con cuña agudas astillas de un fino e irónico humor que alivian, de alguna manera, la tensión del drama.

“La memoria del asesino” es cine belga con mayúsculas con el que se demuestra que, también aquí, en Europa, se producen enormes thrillers que no tienen nada que envidiar a lo que proviene del otro lado del charco.

En esta cinta se pueden apreciar retazos de otros éxitos del género, como por ejemplo, el juego o reto que plantea el delincuente a la policía (“El silencio de los corderos” (1990) o “Seven” (1995)), o bien, los problemas de degeneración mental del asesino (“Memento” (2000)).

Es, en resumen, celuloide en estado puro, parido desde dentro de una comunidad sacudida por uno de los vicios más execrables que se puedan cometer. Y para ratificarlo Van Looy propone en la pantalla la común intencionalidad del bien y el mal para extirpar esa lacra, eso sí, cada cual con sus métodos.

Alberto Alcázar

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