• Por AlohaCriticón

LOS FALSIFICADORES (2007)

Dirección: Stefan Ruzowitzky.

Intérpretes: Karl Marcovics, August Diehl, Devid Striesow, Martin Brambach.

Salomon Sorowitsch (Karl Marcovics) es un falsificador judío que es obligado a cooperar con los nazis después de ser trasladado al campo de concentración de Mauthausen.

Su cometido dentro de la “Operación Bernhard” fue la de falsificar millones de libras esterlinas y provocar una desestabilización de la economía del Reino Unido.

El director de “Anatomía” y “Los Herederos” consiguió ganar el Oscar a la mejor cinta de habla no inglesa con esta ficción histórica basada en la Operación Bernhard.

La película aborda un escenario tan manoseado como proclive al panegírico si se sabe aunar la sensibilidad con la crudeza: el holocausto y la relación tensa y/o interesada en un campo de prisioneros nazi.

En una introducción al borde del mar con sonidos de bandoneón, Ruzowitzky nos presenta a un protagonista lacónico y solitario que disfruta de un hotel de lujo de Montecarlo.

Esta aparición en soledad y la primera parquedad en palabras del personaje contrasta con su actitud dicharachera tras un flashback que le conecta con el Berlín de 1936.

Descubrimos que es un pequeño delincuente conocido en toda Alemania por sus mañas en la falsificación de billetes. Para más inri es judío en época nazi… Su tiempo para bailar tangos y gozar carnalmente en compañía de su bella compañera de baile termina al ser detenido y encerrado en un campo de concentración.

Con el traslado la película se sirve de estereotipos en un retrato superficial de buenos-malos (no faltan el listo, el joven vulnerable, el veterano, el ideólogo montaraz, el nazi matón-palo y el nazi zanahoria), el compañerismo en situación de supervivencia, y una rutina de falsificación extendida por el sabotaje de un agriado aspirante a mártir que no desea renegar de sus principios y que echa en cara de los demás todos sus males.

No es difícil entender su éxito para el gran público. La exposición del totalitarismo nazi siempre provoca simpatía con los personajes víctimas y antipatía con las actitudes despóticas, y más con trazos de caricatura; la historia cuenta con un personaje principal sin demasiada profundización pero con suficiente carisma; algunas escenas poseen cierto efecto emocional (sea con actos repugnantes como la ducha urinaria por parte del cafre nazi, o con básicos y banales contrastes de situación vital con algún montaje a saltos); los seguimientos cercanos a los personajes en planos cortos con cámara al hombro busca la involucración de lleno en los sucesos (aunque en ocasiones bordee alguna perspectiva gratuita); y algún pasaje que otro contiene pretensiones líricas en planos generales, que eso de la poética siempre viste bastante.

Todo este cóctel deja vu podrá ser degustado con complacencia por gran parte de la audiencia a pesar de que, al margen de su razón testimonial de un particular hecho histórico, la película no posea singularidad en personajes, situaciones e ideas.

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