• Por Antonio Méndez

Un romano del siglo I llamado Pomponio Flato encuentra un papiro, presuntamente descubierto en una tumba etrusca, que le puede proporcionar la solución a su mal diarréico. Su objetivo es hallar un arroyo de aguas milagrosas que curan todo tipo de males a quien bebe de ellas. Dos años de búsqueda le conducen a Nazaret, lugar en donde un carpintero es acusado injustamente de un asesinato, el del rico Epulón.

La idea de Eduardo Mendoza para crear este libro no es mala. Incluso es buena. Mofarse con un texto paródico de todos estos bodrios novelísticos de intriga histórico-religiosa revestidos de documentación-investigación con el primordial afán de ánimo de lucro y crear controversias sin base real manejando datos vagos (cuando no directamente inventados) y/o torticeramente interpretados.

Lo malo es que este libro, narrado en primera persona por el personaje flatulento, huele a encargo apresurado, con lo que ni la construcción de la trama ni el retrato de ambientes y personajes resulta satisfactorio.

Aunque se empleen referencias religioso-políticas (advirtiéndose especial inquina por parte de Mendoza hacia los judíos) y nombres propios de la época (nada menos que el niño Jesús es el que pacta el sueldo y colabora con las pesquisas del protagonista pedorro), el libro no evoca el período, sino más parece una aventura (pero menos divertida) de Zipi y Zape tras cruzar el “Tonel” Del Tiempo.

La trama es insulsa, los personajes son caricaturas bastante planas (con el escéptico arrogante-listillo personaje central que parece mirar por encima del hombro a los creyentes), a pesar de alguna reflexión tópica en plan sesudo que no pega con el tono, y el humor es simple, en ocasiones los diálogos son puro infantilismo, en otras domina la escatología barata, y de vez en cuando el darporculo regular.

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