• Por Marta Canacci

ines-martin-rodrigo-formas-querer-critica-reviewSinopsis

Carmen y Tomás, abuelos de Noray Vázquez, han fallecido.
Noray, joven sensible, refugia su dolor en el pueblo en el que vivió momentos felices.
Poco después, su expareja y amor de su vida, Ismael Solana, ahora casado con Estrella, recibe una llamada: Noray se encuentra en el hospital.
Ismael, alarmado, acude a la clínica. En la habitación de Noray encuentra en su bolso un tomo con folios manuscritos que comienza a leer, y en los que Noray cuenta las vivencias de su familia.

Crítica




Inés Martín Rodrigo ganó el Premio Nadal 2022 gracias a una historia dramática de familia que arranca con la muerte de dos ancianos, abuelos de la protagonista Noray.

Introducido con una cita de Marguerite Yourcenar, la narración del libro alterna la tercera con la primera persona.

El cuerpo de la historia es la “novela” que Noray escribe sobre su familia partiendo del romance lejano de sus abuelos fallecidos, Carmen y Tomás, y evolucionando en una cronología que abarca tiempos de guerra, de posguerra, del éxodo rural… dando lugar a que el relato se llene de familiares, vecinos, amores, desamores, enfermedades, muertes, ilusiones, desilusiones.

Esta confluencia de personajes se genera sobre recuerdos, memorias compartidas, testimonios, personajes a los que les quiere dotar de peculiaridad, tópicos en torno a costumbres, situaciones políticas de contexto, consideraciones sociales.




El fin es un homenaje generacional con tono evocativo y prosa sencilla con modo de crónica.

Contiene demasiada explicación, muchas observaciones sobrantes, que provocan que el ritmo de la narrativa se entorpezca en ocasiones.

La autora Noray toma el protagonismo para terminar la novela, tras una advertencia “misteriosa” que anticipa de forma bastante previsible el fin de la misma, de manera un tanto efectista y desasiéndose de las malas emociones ligando los avatares de la protagonista con una posible continuación de conflicto romántico.

En ese último tramo, el libro se desapega del primer homenaje-evocación de familia, con trances poco originales e interesantes, para optar por otra vía más íntima y confesional, casi de autoayuda y también escasamente original, que deshilacha el tono y objeto previo.