• Por AlohaCriticón

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Jean de La Fontaine

“La zorra y el cuervo”, “El león enamorado”, “El elefante y el ratón” o “La junta de los ratones” son algunos ejemplos de los muchas fábulas que en este volumen del francés La Fontaine se recogen, para disfrutar de una fluida narrativa y entretenidas y simpáticas historias de función pedagógica y moralizante.

Leamos varias de sus fábulas:

Bertrand y Ratón, uno mono y el otro gato, ambos comensales de una misma casa, tenían un amo común.

Para bichos endiablados, formaban los dos una buena pareja: no temían la competencia de ningún otro, fuera el que fuese.

Si en la casa aparecía algún estropicio, inútil buscar culpable: Bertrand lo ocultaba todo. Por su parte, Ratón cuidaba menos de las ratas que de los quesos.

Un día junto al fuego nuestros dos bribones contemplaban como se asaban unas castañas.

Robarlas era una broma excelente, y el beneficio doble: su propio provecho primero y el mal ajeno después. Bertrand dijo a Ratón:

– Hermanito, tienes que hacer una de las tuyas: sácame esas castañas del fuego. Si Dios me hubiera hecho capaz de sacarlas, ciertas castañas danzarían de contento.

Y dicho y hecho: Ratón, con su pata, delicadamente separa la ceniza y retira los dedos; poco a poco saca una castaña, luego dos, tres después, y Bertrand se las come. Llega una criada y adiós mis gentes.

Dícese que Ratón no quedó muy contento.

Tampoco quedan la mayoría de esos príncipes que halagados con semejante empleo, van a escaldarse en las provincias en beneficio de algún rey.

Subido a un árbol sujetaba el señor cuervo con su pico un rico queso. Y la señora zorra, atraída por el olor, le habló de esta manera:

– Buenos días, señor cuervo. ¡Qué bello sois y me lo parecéis!. Si vuestro canto fuese igual a vuestras plumas sin mentir os digo que seríais el fénix de cuantas aves viven en los bosques.

Oyendo el cuervo tales palabras, desbordado de alegría, abre el pico para lucir su hermosa voz, dejando caer el queso. Lo atrapa la zorra y le dice:

– Sabed, señor cuervo, que todo adulador es un parásito de aquel que sin más lo escucha. Esta lección bien vale el queso.

Avergonzado, juró el cuervo, aunque algo tarde, que jamás volverían a engañarlo.

Un león de alto linaje, se enamoró de un pastora. Pidióla en matrimonio. El padre de la muchacha hubiera deseado un yerno menos temible. Dársela a otro le parecía doloroso, negársela, poco seguro.

Hasta fuera posible que ante su negativa, una buena mañana se produjera una unión ilegítima, pues, además de que la muchacha sentía predilección por los arrogantes, una doncella se encapricha fácilmente de un enamorado de hermosa cabellera.

No atreviéndose a negarse, le dijo con precauciones:

– Mi hija es muy delicada. Con esas uñas podríais herirla al acariciarla. Permitid que os las corten. Y al mismo tiempo que os limen los dientes. Así vuestros besos serán más dulces.

El león estaba tan ciego de amor que a todo consintió. Al cabo de un rato, sin uñas ni dientes, parecía un fuerte desmantelado. En ese momento, le soltaron unos perros y el inválido león apenas pudo defenderse.

¡Amor, amor!. Cuando nos subyugas ya podemos decir ¡Adios, prudencia!

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