• Por Antonio Méndez

Andrew Bird se engloba en esta (en parte cargante) corriente “indie” de tempos laxos y atmósferas plañideras, de pop fláccido-mohíno con voces arrastradas y adornos orquestales, dream-pop pseudoépico de textos crípticos con aspiraciones de trascendencia e inspiración en la Velvet Underground, Radiohead, Jeff Buckley, My Bloody Valentine o U2.

Por lo general, y al margen de algunos aciertos líricos y melódicos, con alguna complejidad aparente en arreglos, suelen ser plomizos y reiterativos, todo lo contrario que se esperaba y deparaba el rock en su nacimiento allá por los años 50.

En “Fiery Crash”, pieza pop con significación de la guitarra eléctrica, nos narra con imaginería notable una estampa de aeropuerto bajo sonidos pulsantes con arreglos de cuerdas y voces apagadas con armonías en combinación con una voz femenina.

Reminiscencias de un tema previo, “I”, se aprecia en “Imitosis”, canción bastante potable con resonancias rítmicas latinas, y la intro del “In the land of make believe” de los Easybeats (que seguro no ha escuchado) es remedada en “Plasticities”, preciosista tema con estribillo adhesivo, pizzicato, xilófono y theremin.

De los mejores cortes del álbum es “Scythian Empires”, pieza de tema histórico con imágenes de guerreros galopando por la Estepa rusa. El tono es más alegre sin perder emocionalidad en la expresión vocal, la melodía es una de las más bellas del disco, y la acústica folk-pop ornada por un cabalgante pizzicato rememora sonidos guitarras de Simon & Garfunkel antes de una distorsión final.

”Scythian Empires” es la canción más hermosa de un disco que oferta otras piezas destacadas como “Armchairs”, tema de lograda atmósfera con ecos de Pink Floyd y sonidos de theremin, “Drak Matter”, recuerdo de juguetes infantiles con silbidos morriconianos y fusión entre la Velvet, Radiohead y U2, o “Spare-Ohs”, canción sobre contaminación ambiental en donde se escuchan vivaces pajarillos.

Dentro de este “indie-pop” lánguido actual, Andrew Bird no es que sea de los más pelmas.

No tiene excesiva trascendencia más allá de formar parte de sus fans y de un contexto cacareado por los tonos sombríos y el aborregamiento impersonal en la opinión crítica, pero melódicamente posee talento, ejecuta las piezas con elegancia y sofisticación, domina el léxico de forma plausible, y utiliza alguna que otra metáfora acertada, abordando asuntos como la aceptación de la muerte, el retrato de antiguos imperios, o muestras de independencia ante intervencionismos.

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