• Por Antonio Méndez

Crítica

Dylan es uno de los grandes. Bob logró con sus textos demostrar que esto de la música pop y rock no era pasto único de descerebrados ni complacientes. Zimmerman es una de las figuras clave de la cultura del siglo XX.

Todo lo manifestado es cierto y aseverado con rotundidad desde Aloha PopRock, como también lo es que este “Modern Times” no es ni de lejos la gran obra con que se le celebra en muchos lugares, ni tampoco su mejor trabajo desde “Blood on the Tracks”. Eso no se lo cree nadie con un mínimo bagaje y criterio personal. Ni harto de vino.

Si “Modern Times” lo hubiese grabado James Jones no lo escucharía ni sus familiares. Pero lo ha grabado un Bob Dylan añoso y por lo tanto sabio, cuya sapiencia ha atemperado unos textos que no detenta ni el fulgor ni el ingenio (ni una orientación original purgante en emociones, ni arrebatadoramente pasional en ligazones amorosas, ni demasiado incisiva socialmente…) de sus obras claves, estilo “Highway 61 Revisited”, “Blonde On Blonde” o el mentado “Blood On The Tracks”, títulos angulares de una carrera en conjunto muy respetable.

En cuanto a la música, este disco con título chapliniano es una recreación de mediano disfrute de sus primeras influencias blues, folk, country, rockabilly… que el propio autor, con influencias poéticas que iban de los simbolistas a su “bautizador” Dylan Thomas, (aquí también de Henry Timrod) consiguió desarrollar y acercar al universo rock de forma magistral desde la primera mitad de los años 60.

Así en la escucha encontramos huellas de Chuck Berry, Slim Harpo, Muddy Waters (no hay más que escuchar “Rollin’ and Tumblin’), Merle Haggard (de quien toma la “secuela” de su “Workingman’s Blues”), Lightin’ Hopkins, Bo Diddley, Nina Simone, Woody Guthrie o un calco, calco, calco de la melodía “Red Sails in The Sunset” que cantó en los años 30 Louis Armstrong (“Beyond The Horizon” es igualita, idéntica, clavada…) en canciones extensas con trazas amorosas y algún que otro rincón espiritual y sociopolítico.

La voz nasal de Dylan, sus imitados fraseos, se muestran cansinos cuando no rutinarios, sin la explosión vital-emocional y/o reivindicativa de sus épocas pretéritas y que tantos buenos momentos nos han hecho pasar en la exposición de sus textos; y la conjunción de meritorias melodías aquí se convierten en alargamientos formulistas y anodinos de cortes anclados en pautas básicas de sonidos tradicionales estadounidenses, sea el blues, el country, el folk e incluso el jazz.

Dentro del conjunto y a pesar de su alarmante derivación y similitud con sus ancestros sonoros y la falta de singularidad en los textos, en las melodías, en los tonos, en los arreglos… no resultan desdeñables el boogie-rock de “Thunder On The Mountain”, con resonancias de Chuck Berry y citas a Alicia Keys; la espléndida balada merlehaggardiana “Workingman’s Blues”, el dinámico R&B de “The Leeve’s Gonna Break”, con referencias al desastre de Nueva Orleans; o la épica y cetrina belleza cetrina folkie, con algunos de los mejores textos y arreglos del disco, encontrada en el corte final: “Ain’t Talkin”.

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