• Por AlohaCriticón

Crítica

Corría el año 1973 cuando Lynyrd Skynyrd sacó su primer disco. Bajo la producción del mítico Al Kooper, este trabajo alcanza cotas elevadísimas en la historia del rock sureño. Impulsado por los Allman Brothers Band, Lynyrd Skynyrd insiste en la tradición sureña como reivindicación de un modo de vida expuesto en el rock. Ronnie Van Zant y George Rossington, cantante y guitarrista respectivamente, son los compositores de casi todas las canciones del Lp, consiguiendo un más que acertadísimo debut, por no decir perfecto.

El álbum abre con “I ain´t the one”, espectacular comienzo stoniano-sureño que rápidamente da paso a la preciosa e insistente balada “Tuesday´s gone”. “Gimme three steps” regresa al inicio del disco. Guitarras corridas y superpuestas unas sobre las otras producen en el oído un revival hacia los ya desaparecidos en el año 1973 Creedence Clearwater Revival. “Simple man” continua con la alternancia rock-balada, destacando esta vez la capacidad vocal de Ronnie Van Zant, por momentos desgarradora. Los autores de “Sweet home Alabama” se despachan a gusto en el corte número cinco. “Things goin´on” sigue utilizando la misma formula de “riff” pegadizo e insistente para dar paso a “Mississippi Kid”, maravillosa composición acústica que nos transporta a los campos de algodón del sur de los Estados Unidos. Armónicas y mandolinas apuestan por el clasicismo del blues en su vertiente más pura, dando sabor y tranquilidad a este primer trabajo. Tras la irrelevante “Poison Whiskey” nos trasladamos al corte estrella y final apoteósico del disco. Allen Collins, guitarrista rítmico del grupo se despacha a gusto con su única aportación, “Free Bird”. Dividida en dos partes, “Free Bird” es sinónimo de rock n´roll. Los cinco primeros minutos de la canción están dedicados a un amor imposible, a la exaltación de libertad del género macho, abogando por ser libre como un pájaro. Cinco minutos melosos que estallan con un cambio espectacular dando lugar a uno de los mejores punteos de la historia del rock. La intensidad por momentos sube, se eleva hasta alcanzar montañas inalcanzables, y cuando parece imposible aumentar más el tono, la canción estalla como un orgasmo final no apto para melómanos cardiacos. Guitarras chillonas grabadas unas sobre las otras acompañadas de una espectacular base rítmica hacen que el final de este gran trabajo sea monumental, apoteósico, épico e imprescindible.

Juan José Lahuerta Conde Salazar

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