• Por Antonio Méndez

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No estudiaron canto (que se sepa), apenas sabían tocar, sus grotescas y anárquicas composiciones son melódicamente mejorables pero tienen mala leche, irreverencia, sarcasmo y sentido del humor.

No se mueven en lo políticamente correcto y todos sus primeros discos resultan muy recomendables.

Los Fugs crean sonidos amateur freak folk, garajeros, rock’n’roll con trazos de psicodelia. Eran esencialmente poetas de la escena beat ubicados en una librería (propiedad de Ed Sanders, compositor de la banda junto a Tuli Kupferberg) de la gran ciudad de Nueva York, que deseaban pasárselo bien y expulsar sus sátiras sociales y políticas mientras rasgaban mal una guitarra y tocaban la pandereta, siempre bajo una elevada carga lisérgica.

Este disco, en el que están apoyados musicalmente por miembros de los Holy Modal Rounders, está compuesto de tomas desechadas de su primer y estupendo trabajo “The Village Fugs” (1965), y es un cachondeo continuo sobre sexo, drogas y asuntos sociopolíticos en temas muy divertidos como “New Amphetamine Shriek”, “Hallucination Horrors”, “I Command The House Of The Devil”, “C.I. A. Man”, “Coca Cola Douche”, “Caca Rock” o “I Saw The Best Minds of My Generation Rot”, una canción con texto de Allen Ginsberg.

Puntuación

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