• Por AlohaCriticón

Crítica

Aunque la frase es manida, siempre vale recordarla. Según Proust, los verdaderos artistas son aquéllos capaces de abrir las puertas hacia un mundo desconocido, en el cual jamás se ha puesto un pie. La inveterada propuesta de Incredible String Band refrenda la sentencia.

¿Quién dijo que para reivindicar un ánimo psicodélico eran necesarios un bajo con fuzz, overdubs, distorsión y arsenales electrónicos? Desde 1966, el dúo conformado por Robim Williamson y Mike Heron se prodigaron en explorar en las tradiciones vernáculas y añosas de la campiña bretona, oculta en las inmemoriales leyendas de toda una pléyade de seres fantásticos e imposibles personajes; el tándem reinterpretó desde un prisma vanguardista y lisérgico toda la oralidad vertida en las músicas pastoriles originarias inglesas.

Antes de la publicación del monumento folk que amerita estas líneas, ya habían sacudido las bateas con 5.000 Spirits or the Layers of the Onions en el ’67. Para el año siguiente, la propuesta serpenteante, quebradiza y absolutamente personal de los ISB estaba ya madura en su esperpéntica belleza.

Dos instrumentistas eximios, ingiriendo más de la cuenta cubos de LSD y con unas posibilidades musicales inmensas, dieron frutos en esta honesta y magistral odas a la mitología celta en su lectura más alucinógena.

Estructuras complejas, instrumentos recónditos y desconocidos, dulces voces bucólicas infectadas de la revolución de entonces: experimentando con lo arcaico, podría ser un epígrafe de este álbum que, mayor sorpresa, alcanzó el puesto cinco en ventas en el Reino Unido, una fortuna que ya se hubiesen querido los Velvet Underground, Silver Apples y tanto obseso que anduvo suelto por entonces.

“Waltz of New Moon”, “The Witches Hat”, “A Very Cellular Song”, “There is a Green Crown”, “The Minotaur’s Song”, son parte de un viaje condimentado con sítares, dulcímeres, flautas de agua, y una serie interminable de vetustos y nobles instrumentos acústicos usados por incontables generaciones de labriegos, pastores y juglares de la vieja Bretaña.

Un generoso deleite y una apertura hacia el frondoso follaje de los secretos celtas.

Rodrigo Burgos Cartes

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