CUESTIÓN DE COLORES
José Ángel Castro Lodeiro

– No quedaría mal esa pared pintada de azul –dijo Ana señalando el tabique que separaba el comedor del salón.
– La prefiero verde – dijo Juan sin señalar nada.
La cuestión era discrepar. Molestar.
Hace dos años la casa de Ana y Juan estaba pintada de blanco. Las paredes, las puertas, los zócalos. Todo resultaba más armonioso que monótono, más pasional que aséptico.
– Me encantan tus ojos, tu mirada.
– A mí tus dientes, tu sonrisa.
Antes los ojos eran brillantes luceros. Los dientes simulaban perlas. Ahora para ambos todo eso sonaba a tópicos cursis e insoportables.
Compartían sonrisas en la cocina, en el baño. Se despedían con un beso antes de irse al trabajo. Ahora pasaban días sin verse, incluso semanas. Ana había perdido su trabajo de bióloga en un laboratorio de análisis de células de plantas y terminó inscribiéndose en una ONG de ayuda a entomólogos aficionados sin recursos. Se pasaba el día entre cucarachas y pulgas… Tengo que quedarme a comer.

Juan era pluriempleado. Hoy vendía por la mañana electrodomésticos “high tech” de homologada eficiencia energética en cualquier país comunitario y por la noche ejercía de vigilante en un aislado polígono industrial. Mañana distribuía artículos deportivos en grandes superficies. Pasado cualquier cosa. La cuestión era ir de centro en centro, de puerta en puerta y aparecer poco o nada por casa… No voy a cenar, esta semana me toca vender por la zona de la submeseta norte de Soria y ya sabes, mucho lío…
El dulce hogar se había convertido en agrio.

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Una mañana de sábado Ana y Juan coincidieron. Gimnasia ligera, desayuno copioso. De hablar poco. A sentarse. Ana miró a Juan. Se había transformado, estaba enjuto, más flaco, se había dejado largas patillas y cambiado sus antiguas gafas de metal por lentillas. Vestía chándal como todos los sábados que no trabajaba.
Juan miró a Ana. Seguía igual, ni gorda ni flaca, ni guapa ni fea, pero con más mala leche.
– ¡Tenemos que cambiar esto! –exclamaron ambos al unísono. Incluso llegaron a esbozar tímidas sonrisas.
– Acuérdate de los paseos de la mano por la playa, de las caminatas por el campo – dijo Ana.
– Sí, retomemos el senderismo, el deporte siempre es bueno –afirmó Juan.
– No seas tan terrenal. Me acuerdo de los momentos felices, de las miradas, de las caricias, de los besos –se acercó a él en actitud conciliadora- Tenemos que ponernos en manos de un profesional, de un experto en emociones que canalice nuestros sentimientos latentes y elimine esta frustración que oprime nuestra rutina.
– Ah… ¿pero estamos frustrados?

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– Juan, por favor, ¿no nos ves? ¿no te das cuenta en qué se ha convertido nuestra vida?
– ¿En qué?
– En una mierda, coño, que pareces tonto. El otro día en la ONG conocí a Mari Ángeles, muy maja ella, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Su matrimonio estaba en crisis y solucionaron el problema gracias a un libro de autoayuda. Ahora todo les va sobre ruedas. ¿Qué te parece?
– ¿Qué libro de autoayuda? – preguntó Juan.
– Pues no recuerdo el título pero mira, ya que no tenemos nada que hacer vayamos hoy a una librería a echar un vistazo. Seguro que encontramos alguno que nos valga.
– ¿Tú crees? ¿Pero nos has visto bien? No tenemos remedio…
– Si Mari Ángeles puede nosotros también. Y quítate el chándal.

Una hora después la pareja rondaba una de las librerías más importantes de la ciudad.
– No sé, Ana, no sé. Mira que los libros están muy caros…
– Déjate de bobadas, siempre con tu mentalidad de comerciante. ¿Te importa más el dinero que nuestro futuro?
– ¿Y si no vale para nada?
– No seas negativo, siempre estás igual. Ya me lo decía mi difunto padre… Ay, si te quedaras soltera que feliz serías y no con ese petardo al lado.
– ¿Entonces entramos o no?
– Hombre claro, si te parece nos quedamos de adorno en la puerta.
María entró la primera. Juan dudó pero terminó haciendo lo mismo. Una campanita advirtió de su llegada a la librería.
– Buenos días, señores – les atendió un atildado librero con pajarita roja, sombrero fedora y voz afectada de tenor – ¿necesitan ayuda?
– Autoayuda –respondió Juan- autoayuda es lo que necesitamos.
– No, muchas gracias –intervino nerviosa Ana- sólo estamos mirando. Si encontramos algo ya le indicaremos.

María agarró a Juan de la mano direccionándole a la sección tan deseada de AUTOAYUDA.

– Mira – habló Ana- este seguro que es útil… LA HOJA DE RUTA HACIA LA FELICIDAD EN PAREJA…
– No quiero ni leer la portada – respondió Juan – Odio a los que dicen “hoja de ruta”. No los soporto, lo siento.
– No digas tonterías, además eso son cosas de la traducción. Se llama Walter J. Kreutz, psicoterapeuta estadounidense de origen austríaco experto en crisis matrimoniales, máster por la universidad de Salt Lake City…
– Encima mormón…

– A ver –ojeó el libro- “mantén una actitud positiva ante la vida y los problemas, todo tiene solución, no desesperes, observa a tu pareja con mirada limpia, aceptemos los defectos propios y ajenos”…
– Mi madre, qué chorradas tan generales ha escrito ese hombre… “observa con mirada limpia”… ¿Y eso es una hoja de ruta? Tendrá caradura. No, no creo que ese pueda ayudarnos, veamos este otro… LOS MEJORES ESCENARIOS PARA RETOMAR LOS SENTIMIENTOS PERDIDOS. DISFRUTE DE SU RELACIÓN, de Gustavo Emilio Reviriego del Camposanto… Un título y un nombre un poco largo… A ver, a ver… “salgan de su rutina organizando viajes de ensueño, un crucero por el Báltico explorando sus legendarias ciudades y espectaculares costas, experimenten el sabor de la alta cocina acudiendo a un restaurante gourmet en Roma, acudan a un lujoso balneario en los Alpes suizos, compartan rezo con los lamas en el Tibet en el majestuoso templo de Jokhang, rompan la monotonía y hagan renacer el amor con una escapada de fin de semana a París”… Pero este Gustavo Emilio quiere arruinarnos haciéndonos disfrutar con tanto trajín por el mundo.
– La verdad es que más bien parece un catálogo de una agencia de viajes y no descubre nada nuevo.
– Además yo no tengo tanto tiempo libre, vamos, que no tengo ningún tiempo libre. TERAPIAS PARA MATRIMONIOS EN CRISIS, por Federico Pippini – leyó Juan.
– Este parece más enfocado aunque la cara de tal Pippini no me ofrece ninguna confianza. Mira qué barbilla de chivo y qué ojos desorbitados –dijo Ana con el morro fruncido.
– No tengas prejuicios. “Especialista en gemoterapia, terapia con animales, aromaterapia, bioneuroenergía, terapia de los sonidos, cromaterapia, chi kung…”
– Y parecía enfocado el hombre.
– Este fulano seguro que es líder de una secta.
– Oye, el prejuicioso pareces tú. Seguro que tanta combinación de terapias diferentes tiene que producir sus efectos…
– Perniciosos, sus efectos perniciosos… ¿Pero tú quieres acabar más loca de lo que ya estás?
– No empecemos, no empecemos que me conozco–comenzaba a irritarse Ana.
– Hoy ya nos veo haciendo ejercicios corporales con las piedritas, después jugando con delfines y focas, oliendo rosas o sometidos a shock eléctrico. Es de dementes.
– ¿Y este qué te parece? –le enseñó Ana más calmada un nuevo libro a Juan- ¿NO LE ESCUCHA SU PARTENAIRE? GUÍA DE COMUNICACIÓN, por Manuel García. Mira, este autor por lo menos tiene un nombre normal.
– Demasiado normal para escribir un libro de autoayuda de pareja. No sé, no sé. Esnob es un rato largo. Eso de partenaire…
– Mira, parece interesante. “Ejercicios de mejora de la empatía, transformación cósmica de tu ser para entenderte y entender a los demás”.
– Chorradas y más chorradas. ¿No será un seudónimo lo de Manuel García?
– Contigo resulta imposible. La empatía es muy importante. Ponerte en lugar de los demás, en sus sentimientos, en sus alegrías, en sus penas…
– Ana –se puso serio Juan- la ONG de los entomólogos no te está sentando nada pero que nada bien. Además, ¿qué es eso de transformación cósmica? Parece astronomía más que psicología.
– Del ser. Transformación cósmica de tu ser para conocerte y conocer a los demás.
– Sí, el García en plan Séneca.
Escéptico, Juan se alejó cansinamente de la sección de AUTOAYUDA y se acercó al stand de los best-sellers.
Descorazonada, Ana le acompañó con un andar tan cansino o más que el de Juan.
“Mis pezones sienten sus hábiles dedos y sus labios encienden mis terminaciones nerviosas…” Oye, este texto sí que parece interesante – dijo Ana ojeando un libro.
– ¿Qué es?
– “Cincuenta Sombras De Grey”.
– ¿Cómo dices? ¿Estás de coña? ¿Es ese el libro que te recomendó tu amiga Mari Ángeles?
– ¡Anda ya! Hombre, no es autoayuda pero mira… No soy yo muy de comprar best-seller pero voy a llevarlo.
Juan, más ausente que implicado en el comentario de Ana, se giró advirtiendo una sugerente portada con pareja en imposible cópula y exótico título: “Ananga Ranga”.
– Oye, este también parece interesante.
– Sí, sobre todo por las ilustraciones –sonrió Ana de forma picarona haciendo pasar las páginas.
– Y a muy buen precio. Me lo llevo.
– Estos libros seguro que nos cambian la vida – afirmó Ana acaramelándose con Juan.
– Seguro. No lo dudo.
– Te noto un tanto irónico.
– No, para nada.
Poco después sonó la campanita y ambos cruzaron la puerta de la librería cogidos de la mano.
Ana miró a Juan. Juan miró a Ana.
– Y la pared la pintaremos de azul.
– Mejor de verde.

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