La Armonía De Un Paso
Víctor Manuel Juan García

El ruido era ensordecedor, la avenida Andrássy era el mayor caos que mis ojos habían sufrido jamás. Las balas disfrazadas de muerte surcaban el aire contaminado de una capital que se caía a pedazos mientras una nueva guerra nos invadía. Mi mente solamente era capaz de asimilar la sonoridad de mis pasos. Mi alma desbocada corría en dirección a la Ópera de Budapest donde ella estaba esperándome a lomos de su bicicleta, esa bicicleta que siempre montaba y que tantos recuerdos nos dejó. Mis ojos la veían solamente a ella mientras me acercaba cada vez más y más. A cámara lenta, cada paso era una eternidad y el sonido seco de cada zancada era lo único que podía escuchar. De repente todo se oscureció, el frío acero atravesó mi corazón y todo por lo que había vivido desapareció en un solo instante; una diminuta bala perdida me otorgó un destino fatal que ningún hombre sería capaz de superar.

Muchos murieron aquel día, pero la ciudad nunca dejó de vivir y consiguió salir adelante. Hoy en Budapest se celebra el décimo aniversario de una catástrofe que nunca debió de ocurrir y yo, perdido en un mundo sin fin, vago por la ciudad intentando encontrar una razón por la que mi alma no puede o no quiere descansar convertido en un espectro sin vida, en un fantasma que vaga por el más allá y al que se le ha otorgado, como una especie de castigo divino, convivir con el resto de una humanidad que nunca se ha merecido ser definida como tal.

Mientras camino por la Plaza de los Héroes, al final de Andrássy, sigo escuchando aquellos pasos que me separaban pero a su vez me acercaban hacia la puerta de la Ópera. Martillean mi cabeza pues, condenado a subsistir en esta ciudad, soy incapaz de comunicarme con nadie. Vivo en el mayor de los silencios, aislado de este mundo cruel pero obligado a convivir con él sin ninguna ilusión; simplemente la eternidad es lo único que me espera a la vuelta de la esquina.

Hoy parece ser un día especial, todo el mundo está en la calle celebrando algo y soy el único incapaz de comprender el porqué. Siento que el día como hoy es la nada más infinita, sólo deseo acurrucarme en el lugar más oscuro de este mundo y desaparecer. Mi desdicha es que mi muerte se produjo ese mismo sábado y esa tristeza imperecedera aún se nutre de mi ser. Mientras paseo por la plaza recuerdo los momentos mágicos que viví junto a ella en esa misma avenida. Los dos montados en su bicicleta azul mientras su pelo, revoloteado por el aire, acariciaba la piel de mi cara y yo, indefenso, era incapaz de oprimir un estornudo mientras ella se giraba y reía alegremente. Eran esos días que pasábamos enteros en el Museo de Bellas Artes, contemplando a Toulouse-Lautrec, Monet, Goya, Rembrandt… Una pintura de Rembrandt siempre le hacía reír. Le había dicho que ella era mi tesoro y me imaginaba guardándola en aquel mismo lugar donde el protagonista del cuadro escondía el suyo. Siempre he estado convencido que aquello que asomaba por su rostro era felicidad aunque si me preguntarais qué es la felicidad sería incapaz de contestar razonadamente.

Hora de coger el metro y cruzar la ciudad. Siempre he preferido el metro, evitando de esta manera la luz del día, las bicicletas azules que me hacen recordar y sobre todo la oscuridad del Danubio, incapaz de absorberme y hacerme desaparecer. Está ahí remarcando mi sufrimiento, impasible ante cualquier sentimiento. Supongo que aquél era un día histórico y me dirigía a un lugar también histórico donde se decidió la guerra, el lugar donde millones de personas creyeron poner punto y final a su sufrimiento.

El castillo de Buda rebosaba vida una jornada como la de hoy, algo ciertamente paradójico pues poco o nada quedaba ya de aquella fortaleza que había iluminado antaño la realeza europea. Un pequeño grupo de turistas japoneses parecían gobernar el lugar con sus inquietas preguntas y sus molestos flashes donde cada año los aquineos paseábamos, reviviendo la batalla y recordando la tragedia, intentando no olvidar jamás lo que aconteció en aquel negro atardecer diez años atrás. La intención era dejar el castillo en ruinas para no cometer los errores pasados, pues lo más fácil para la mayoría es olvidar lo acontecido, lo que nos llevaría una y otra vez a tropezar con el mismo escollo, encallar en el mismo farallón como hemos venido haciendo durante toda nuestra existencia. Era un día increíblemente soleado en la ciudad, una suave brisa se encargaba de abrazarnos y acogernos en su seno. Allí, al lado de una deteriorada bicicleta que seguía conservando su perfecto color azul, estaba ella.

Abrazarla, acariciarla, besarla, decirle lo mucho que siempre la quise… ya sólo los sueños me lo podrían dar. Tan sólo era capaz de contemplarla. No se me permitía nada más excepto observar aquella preciosa criatura lleno de rabia y de dolor. Realizábamos excursiones por el Bastión de los pescadores perdiéndonos por sus innumerables escaleras. Eran días perfectos llenos de vida que disfrutábamos como si fuera el último, bromeando sobre el rey Esteban y su heroico corcel volviendo a la vida y llevándonos junto a él caminando sobre las aguas de un Danubio cristalino y vivaz. Mi mente estaba ensimismada en aquellos pensamientos mientras ella desapareció. Por un segundo la perdí de vista entre la multitud pero no importaba. Sabía perfectamente cuál sería su camino, el recorrido de cada año por la ciudad tal día como hoy.

Nos encantaba Isla Margarita. De hecho nos parecía increíble su existencia, allí, en mitad del Danubio… ¿Cómo era posible que un pedacito de tierra pudiera flotar sobre el agua y a la vez albergar tanta vida como la que reinaba en su interior? Anduve despacio, cansinamente, con la mirada fija en el pavimento, abstrayéndome como siempre de la realidad. La isla estaba repleta de aquincenses y turistas curiosos que habían querido compartir aquel funesto día con nosotros.

Un verano pasamos todas las noches en la isla cenando acostados en la hierba a orillas del río. Ella, con mirada inquieta, esperaba ansiosa un nuevo espectáculo de música y luces en la Fuente de la Música. Siempre le ocurría, cualquier atisbo de arte le revolvía por dentro y le encogía el corazón haciéndolo estremecer. Hubiera sido una gran artista, pero la guerra lo cambió todo.

Apenas pude darme cuenta, perdido entre mis recuerdos, cuando me encontré en lo alto de la Torre del Agua admirando, sin querer, la ciudad de mi vida y de mi muerte. En ese mismo instante era imposible olvidar todos los años junto a ella. El sonido de su risa inocente acudió a mi mente, el recuerdo de su mano junto a la mía cruzando las calles de Budapest, el sensible choque de nuestras cabezas cada vez que la cogía en brazos y era incapaz de no quedarme prendado de su mirada inocente y amorosa, esa mirada infantil que seducía a todo el mundo a su alrededor. En ese mismo instante, justo en ese mismo instante como había ocurrido cada día de mi vida desde aquella tarde en la Ópera, alguien o algo en esta maldita ciudad se encargaban de propinarme un duro golpe que me hundía inexorablemente en la realidad. En aquella ocasión fueron los turistas japoneses que pude ver ese mismo día en las ruinas de Buda los que, mientras estaban realizando infinidad de fotografías desde lo alto de la Torre, se percataron de que un hombre, que ya no podía aguantar más con su sufrimiento, intentaba recorrer los casi sesenta metros que le separaban del suelo en un solo y rápido segundo poniendo fin a su mermada vida. Ese hombre era yo. Mientras conseguían mantenerme en su mundo, en un mundo que hacía mucho tiempo ya no me pertenecía, su bicicleta azul junto a su pequeño y angelical cuerpo me encontraban de nuevo sollozando en el suelo, encogido y tiritando de miedo, rodeado de una multitud incapaz de comprender mi corazón.

– Hola, papá.
– Hola, mi amor.
– ¿Cómo estás?
– Estoy bien cariño, muy bien –mis ojos empezaban a cristalizarse, una diminuta lágrima fluía por mi mejilla.
– Mamá dice que tienes que seguir tu camino papá, que tienes que seguir adelante sin nosotras, que ya hace mucho tiempo de todo lo que pasó.
– Lo sé mi amor, lo sé. Y lo intento cada día con todas mis fuerzas –mentira, era mentira, jamás lo intenté, no comprendía una vida sin ellas.
– Te quiero papá.
– Te quiero mi vida.
En ese instante volvió a desaparecer; la volví a perder como cada día desde hacía diez años. Y yo sólo pude cerrar mis ojos y llorar.
Y soñar.

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