El coleccionista de muelas
Alberto Pereiras Varela

Abra la boca, más, un poco más, así. No se mueva…

Ya sólo podía resignarme y obedecer. Aquel pobre hombre parecía ir en serio. Y ya se sabe, con esta gente lo mejor es no enfrentarse; lo mismo pueden echarse a llorar que rebanarte el cuello con el abrecartas. Y en un periquete te ves ensuciando tu propia consulta igual que un pez recién pescado que colea ensangrentando la popa de un yate. Y a ver qué dirá luego la amargada de la limpieza, que yo tan maniático e hipocondríaco no podía morirme sin hacer una escenita al final. “¿Y quién lo paga? La doña Remedios. Claro”.

¿Qué está pensando? ¿De qué se ríe doctor? Se pensará usted que estoy de broma…

Con ese traje que le queda como a un mono la gabardina, se creerá éste que da algún respeto, pensé. De ninguna manera, no me río, y si lo he hecho discúlpeme, ha sido un rictus inconsciente por la situación en la que me encuentro, la del entrevistador entrevistado ¿no?
No parecía satisfecho con la salida, lo mejor en adelante iba a ser ahorrar saliva. Llegó tieso como un palo, la cara mala como leche cortada, el pelo pegajosamente aplastado y la ropa arrugada de varios días. Su boca merece un capítulo aparte pues en mi larga carrera odontológica nunca había visto una dentadura en estado tan deplorable. Salvo por eso, no es que fuera poco común el tipo, pero cuando le examiné y le mencioné los precios, reaccionó de un modo que me puso en alerta: ¡que no, que me quite la mano de encima! Usted no me toca, quítese de ahí, quiero levantarme… Cuando creí que se marchaba dio dos vueltas a las llaves de la puerta, se las metió en el bolsillo y me amenazó con su abrecartas.


Le he dicho que se esté quietecito en la camilla y abra la boca, ¿no me oye? Quédese así, que no le va a doler nada. Ni se va a enterar…


¿Enterarme? ¿De qué quería éste desgraciado que me enterase? Reconozco que a pesar de su aspecto enfermizo empezaba a intimidarme. Pensaba que si le daba un empujón se rompería como una figurita de barro contra la pared, pero ¿y si me equivocaba y demostraba tener más fuerza que yo? Pensé en gritar pero Mercedes esa tarde se había marchado temprano; nadie me oiría. Y de hacerlo, ¿alguien se molestaría en llamar a la policía? Todo aquello me parecía patético.

¡Un hombre desvaído como un recuerdo, y un dentista corpulento y relamido como yo arrinconado en su propia camilla! Prefiriendo no estropear las cosas intenté tranquilizarme, en parte intrigado por lo que aquel raro personaje pretendía obtener de mí.
Cogió mis guantes de látex y torpemente alcanzó a ponérselos. Acto seguido se dirigió a la mesa del instrumental y después de vacilar un tiempo, se decidió por el espejo. Adquirió entonces una expresión severa y concentrada y acercando sus hundidos ojos a mi cara, introdujo el espejito en mi boca; con sumo cuidado y gracias a Dios sin tocarme siquiera, la exploró concienzudamente; me di cuenta de que buscaba algo en concreto, igual que cuando los dentistas buscamos caries como si fuesen minas de oro. ¿Y por qué no pensarlo? Lo eran…


¿Qué?, ¿nervioso? Ahora va a saber lo que se siente cuando se está ahí abajo. Yo le debo mucho a los dentistas. Mire qué boca más sana tengo. He recorrido hasta cinco consultas y en todas han querido desplumarme. Ya estaba desesperado… Desde luego aquella boca parecía un xilófono desordenado; arreglar aquel estropicio sólo era posible con tiempo y mucho dinero.
Mi deber, no, mi obligación en aquellas circunstancias era aligerar la gravedad del asunto y darle sutilmente a aquél pájaro, una solución convincente para escurrir el bulto cuanto antes. Mire, yo soy un gran profesional, no sé qué se propone hacer pero le diré que lo suyo con cirugía puede arreglarse perfectamente, y si me lo permite, yo haré gustoso ese trabajo reduciendo los costes al máximo posible.

Claro, ¿quiere que me lo piense? Pues no. Abra la boca, esa muela que tiene ahí detrás es de oro, ¿no? Vamos a ver si lo solucionamos pacíficamente. Yo he visto a muchos dentistas trabajar no se preocupe.


Y me preocupé. Acto seguido regresó a la mesa de instrumental, dejó el espejo y fue por el Cedeta, un sofisticado método de anestesia electrónico que puede regular el propio paciente pero que requiere de unas instrucciones previas que mi amigo, claramente, no parecía dispuesto a estudiar. Eso que está cogiendo no es un juguete y, si me lo permite, me parece que esto ya está llegando demasiado lejos; le ruego que me deje levantarme y negociar… No me dejo terminar; para mi sorpresa colocó el aparato en mi regazo justo en la posición adecuada, las almohadillas sobre los dorsos de las manos y me pegó el receptor en la encía. Me dijo: Ahora, si no quiere empeorar las cosas, procure no hablar, regule la intensidad hasta que note un cosquilleo y espere; si tiene algún problema déle al botón que tiene al alcance de su pulgar izquierdo. ¿Sorprendido?

Obviamente yo conocía el tratamiento pero me quedé perplejo de que el individuo aquél se desenvolviera tan bien con un sistema relativamente nuevo. Asentí incrédulo y una vez más obedecí; aturdido por la situación accioné la rueda del dispositivo como por inercia. Cuando la pantalla del Cedeta indicaba 1.5 percibí un ligero cosquilleo en la encía y me detuve; unos segundos más tarde reanudé el proceso hasta lograr el nivel de anestesia más cómodo que se situó en torno al 5.0.
El hormigueo fue apoderándose de la zona hasta insensibilizarla totalmente y, sumido en aquel trance, reapareció aquel perturbado instruido seguramente a través de algún curso barato a distancia. Sujetaba con firmeza unas tenazas de espanto que sólo Dios sabe de dónde se había sacado y me las metió en la boca.


El desenlace de mi historia se precipitó en segundos. Zafiamente tiró de mi preciada pepita y la arrancó, vaya si la arrancó. Todavía recuerdo su cara de entusiasmo al verse convertido en el personaje que tanto había temido y odiado, sujetando entre sus manos la poderosa herramienta donde exponía con soberbia el reluciente símbolo de su triunfo: mi muela de oro.
Acto seguido dejó las tenazas sobre una mesa y me desembarazó del anestésico. Tomó la manguera de enjuague y me la pasó para que me lavara la sangre que brotaba de la herida. Después, simplemente recuperó la muela de la mesa, la protegió consideradamente entre un algodón y se la guardó en el bolsillo.


Alcancé a ver, todavía consternado, como se acercaba a la puerta, sacaba las llaves y la abría, se giraba, me miraba un último instante y decía: Es probable que aún no asimile lo que acaba de ocurrir en su consulta; para ayudarle un poco le diré que pienso recopilar todos los dientes y muelas de oro de cuantos dentistas han querido estafarme, hasta comprarme una dentadura nueva, y si es de oro mejor que mejor. Ha sido usted mi primera víctima y un buen paciente; corra la voz, de ahora en adelante los dentistas de esta ciudad tienen un nuevo enemigo declarado.

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