MALDITO VIENTO
Francisco José Lambea Fuentes

No es una pesadilla, sigo prisionero, me agarro a los barrotes e intento gritar. Como respuesta recibo un chorro de agua fría por parte del que llaman Cóndor Dos, me tranquilizo y me acurruco al fondo de la jaula. El puto psicópata sigue empapándome con la manguera, sólo se detiene cuando se lo indica Cóndor Uno. No sé cuánto tiempo llevo aquí encerrado ¿días, semanas? Empecé a ser consciente del tiempo anteayer, cuando por fin convencí a mis carceleros con mis gruñidos y señas de que me permitiesen ver la luz del día. Dos atardeceres con sus dos amaneceres ¿Cuántos en total habré pasado aquí?

No les culpo, es su trabajo, sólo cumplen órdenes. Yo también tendría miedo si estuviera en sus pellejos. Cuando acabe todo esto tampoco les guardaré rencor, no es muy elegante ni mi estilo ser rencoroso con los muertos.

Tengo que salir de aquí. Desde antes de que el comando Cóndor entrase en mi casa por la fuerza, me redujesen, desnudasen, encerrasen en esta jaula y finalmente me llevasen a esta prisión, una idea martillea mi cabeza, mejor dicho, es una imagen: me veo estrangulando a un desconocido, siempre el mismo.

He visto esa imagen tantas veces que me sé cada centímetro cuadrado de su cara: sus ojos marrones, su nariz chata que apenas sirve de apoyo para sus gafas, la barba de tres días, su boca abierta intentado coger aire mientras mis manos aprietan sin compasión su gaznate.

En sueños también la veo, a decir verdad, sólo sueño eso, me despierto y sigue ahí. No me atormenta, pero creo que la única forma de que desaparezca esa imagen es convertirla en realidad. Debo encontrarlo y conseguir la paz para los dos, mi paz.

Cóndor Uno, Dos y Tres se turnan para vigilarme: al menos siempre hay dos de ellos. Una de las cosas que te enseñan en la academia es a observar a tu enemigo, valorar sus puntos fuertes y, sobre todo, los débiles. Lo más importante es no actuar hasta tener ventaja sobre tu enemigo, la precipitación puede llevarte a una derrota y las consecuencias pueden ser terribles. Durante todo este tiempo he analizado a mis carceleros:

Cóndor Dos es un auténtico hijo de puta, disfruta siendo un sádico, de él surgió la idea de usar la manguera para alejarme de la puerta de la jaula. Mientras uno de los otros dos abre la jaula para dejarme comida y bebida, él apunta el chorro de agua congelada hacía mí.
De vez en cuando se acerca armado con la manguera, se queda mirando fijamente y me escupe esperando mi reacción. Haga lo que haga, proteste o no, al final acabo mojado.
Puntos fuertes: su carencia de empatía conmigo me podría matar sin apenas cuestionárselo.

Puntos débiles: su sadismo y prepotencia, sus ganas de hacerme sufrir le puede llevar a ser descuidado, lo que me podría dar una oportunidad.

Cóndor Tres prácticamente no interactúa conmigo, ni para bien ni para mal, muchas veces parece que no está.
Puntos fuertes: no observo ninguno.
Puntos débiles: su falta de compromiso con su labor, lo que podría hacerle huir cuando las cosas se pongan feas.

El mayor de todos, Cóndor Uno, en ocasiones se muestra compasivo, nunca en presencia de Dos, obviamente.
Dos parece ser el oficial de mayor rango. No lo puedo asegurar porque no llevan insignias en sus uniformes. Uno una vez se acercó a mí y me dijo: “Tranquilo chico, el viento parará pronto y acabará todo”. Gruñí lánguido.
Puntos fuertes: parece un soldado muy experimentado, supongo que no es la primera misión como esta en la que actúa, perro viejo, será difícil engañarle.
Puntos débiles: su compasión, puede que me sirva para acercarme a él y pillarle con la defensa baja.

relato jaula certamen

Todo empezó con el viento: un viento seco y cálido me trajo la imagen a la cabeza. Se formó dentro poco a poco, primero pixelada para luego hacerse más nítida hasta que se fijó por completo. No lo puedo explicar pero sé que fue por su culpa, demasiadas coincidencias, en la escuela nos enseñaron a no creer en las casualidades. Diez minutos más tarde el comando se presentó en mi casa. Intenté chillar, pedir explicaciones mientras me apresaban pero sólo me salían sonidos incomprensibles, no he podido articular un sonido entendible desde entonces. Es como si las palabras se quedasen enredadas en mis cuerdas vocales.

Uno y Dos me observan aburridos mientras como con ansia (y con las manos) la fruta que me han dejado tirada en la jaula. Se escucha el sonido de una llave que se introduce en la cerradura de la puerta de la habitación. Mis carceleros miran al unísono sus relojes y se levantan como impulsados por un resorte. En un visto y no visto se colocan cada uno a un lado de la puerta en posición acechante. Cuando ésta se abre aparece Tres. Dos respira aliviado.

— ¡Joder, eres tú! ¿Qué haces aquí? Quedan más de dos horas para que me des el relevo. No me jodas que ahora te gusta estar aquí.
— Deja al chaval en paz— dice Uno mientras sale de detrás de la puerta—, si ha venido es por algo ¿Qué ha pasado, Tres?

Tres, impávido, no contesta. Se desploma. Una horda de hombres y mujeres desnudos entran en la habitación armados con piedras y palos. Conozco a alguno, han estudiado en la academia conmigo. Sus rostros reflejan ira y ganas de sangre. Atacan sin piedad entre gritos sin sentido para el oído a mis vigilantes. La ventaja numérica de los asaltantes hace que la batalla apenas dure segundos. Siete contra dos, brillante. En menos de un minuto todos mis guardianes yacen en el suelo con la cabeza abierta.

Linda, esa chica rubia y atlética que en la academia me volvía loco, parece ser la cabecilla, arrebata las llaves de la jaula del cinturón de Dos y me abre la puerta. Salgo. Me acerco a Dos y le escupo. Puede que sí que sea un poco rencoroso.
Mis nuevos amigos y yo conseguimos huir de la prisión no sin antes liberar a dos presos más, seis carceleros muertos más.
El edificio donde nos tenían recluidos estaba situado en medio de un inmenso bosque. Los diez nos seguimos comunicando entre señas y aullidos. Corremos hasta un claro donde descansamos, nos repartimos las armas y uniformes que previamente hemos robado a nuestros guardianes. También hemos recogido la poca comida que quedaba en las jaulas.

La imagen de mi futura víctima continúa ahí. Mientras huía con mis compañeros me seguía obsesionando como si mi mayor motivo para escapar no fuese mi libertad sino cumplir mi misión. Me pregunto qué imágenes tendrán ellos en su mente, qué misión tendrá cada uno de mis compañeros, quiénes serán sus objetivos y porqué.

Haciendo el reparto de nuestro botín el viento empieza a amainar. La imagen se diluye en mi mente. Miro a mis compañeros, su rostro ya no refleja odio ni nerviosismo ni ganas de sangre. El viento ha parado por completo. Brian, un antiguo compañero de la academia, empieza a llorar. Le acompañamos en su llanto.

— ¿Qué ha sido todo esto? — pregunta Linda entre sollozos.
Sorprendido, intento hablar:
— No lo sé, pero nos han jodido — acierto a responder aliviado por poder escuchar de nuevo mi voz —, la academia…

El viento empieza a soplar de nuevo con fuerza. Empieza el juego de nuevo, otra imagen quiere apoderarse de mi cabeza, intento luchar contra ella, poco a poco se apodera de mi cabeza: ya no estoy ahogando al desconocido, ahora mi víctima es Brian.
Me lanzo contra él, sorprendentemente él ha tenido la misma idea, consigo esquivar su ataque y colocarme en situación de ventaja para la lucha. El resto de mis compañeros también empiezan a luchar entre sí. Consigo hacerme con Brian, ha sido fácil, en la academia no era precisamente el mejor dotado para el cuerpo a cuerpo. Una vez reducido le parto el cuello.
Los cinco ganadores de los combates descansamos al lado de nuestros objetivos conscientes de lo que acabamos de hacer pero sin entenderlo, esperando que otra imagen nos invada.
El viento se para de nuevo durante más o menos tres minutos y empieza a soplar otra vez con fuerza.

foto relato jaula
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