El Silbido
Aïda Domínguez Puig

Sara cerró los ojos. Al abrirlos se vio a si misma ante el mugriento espejo del pequeño cuarto de baño. Fuera podía oír la tormenta y con ella ese insistente sonido junto el fuerte granizo que acompañaba al conjunto. Los perros del vecino ladraban. Los truenos caían. Y ese insistente silbido que atravesaba la noche cual espada de doble filo cortando el aire, el cielo…

El calor en la casa era insoportable. Sara retiró su flequillo de la frente sudada. De golpe, la bombilla se apagó y un aullido lejano se oyó en la noche deteniendo el silbido. Sara buscó como loca el interruptor en la pequeña estancia clavándose las diminutas astillas de la pared de madera. Los perros habían enmudecido y, como un ruido vacío, la tormenta continuaba cayendo encima de ellos. Abrió la puerta y la luz tenue del pasillo la acogió.
Otro silbido.

Era como una alucinación, demasiado efímero para saber si era real. Sara intentó respirar pero el ambiente, el calor y la fuerza de la tormenta la ahogaban. Escuchó otro ladrido y un prolongado grito de animal. Miró el cuarto de baño aun oscuro. La oscuridad se deformaba como si quisiera mostrar una silueta aunque la chica se dijo que serían sus ojos ya cansados.
Notó como sus propios músculos se tensaban al atravesar el pasillo hacia el comedor con la inquietante sensación de tener a alguien a sus espaldas.
Otro silbido.

Tragó saliva y entró en la estancia. El calor allí parecía aun más húmedo que en el resto de la casa.
– Es una lástima… Estas tormentas de verano son imprevisibles.- Comentó Juan antes de ganar la partida de cartas.
– Y que lo digas.- Respondió Miguel apagando el cigarrillo.
A Sara le pareció poder oír como la ceniza era aplastada contra la dura pieza de metal del fondo del cenicero, como sufrían las llamas antes de apagarse por completo. Se sentó al lado de Juan y Gloria apareció por la puerta de la cocina que comunicaba con el salón, todo decorado en madera y cálidos muebles que en aquel momento resultaban agobiantes.
– Creo que ya se ha dormido.- Dijo Gloria visiblemente cansada.
– Con la que está cayendo es algo difícil.- Comentó Sara.
Otro silbido.

– ¿Estas bien?- Preguntó la rubia.- Pareces algo blanca.
– No es nada… Tengo calor.- Respondió Sara notando su piel húmeda y viscosa.
Miguel y Juan empezaron otra partida. El humo de sus cigarrillos se removía en la habitación sin marchar ni quedarse y con quedarse, irse. Un fuerte trueno marcó el final del potente rayo. El estruendo fue enorme. Como si la misma casa temblase por la fuerza.
– Habrá caído cerca.- Comentó Miguel mirando a Sara fijamente, solo un instante, al mismo tiempo que el silbido moría.

El llanto de la criatura resonó por toda la casa y el silencio se apoderó de la estancia. Un segundo eterno hizo que Sara pudiera observarles a todos. Gloria, alta, rubia, vestida de rojo. Sus ojos azules como el mismo cielo en primavera buscaron la mirada de Miguel, quien la ignoraba. Resignada, se levantó.
– Voy contigo.- Dijo Sara sin ser consciente de ella misma.
Subieron las escaleras y entraron a la habitación del bebé. Esté miraba hacia arriba, como si algo del techo le hubiera horrorizado. La madre le cogió en brazos, en la oscuridad. El niño no se calló. Sara se preguntó si la criatura podía oír el insistente silbido que parecía existir sólo en su cabeza. Miró a Gloria. Tan guapa. Tan delgada. Con un hijo precioso. Con un marido como Miguel.

El primer golpe cayó de repente. Ella y el niño fueron al suelo. Gloria no tuvo tiempo a gritar. El silbido parecía intentar explotar la cabeza de Sara, fuerte, intenso, como si fuera su mismo latido, su alma. Sara cogió al niño. Su otra mano estaba ocupada aferrada al marco de fotos que golpearía la cabeza de Gloria dejando su melena teñida de un rojo terriblemente oscuro. Sus ojos quedaron clavados al techo como segundos antes habían estado los de su hijo.
El silbido se detuvo.

Podía oír su retumbante corazón detrás de las orejas. Sólo acompañado por el llanto de la criatura.
Recuperando la respiración se dio cuenta de lo que había hecho.
Dejó el niño en la cuna.
El panorama de abajo no mejoró la noche. Miguel estaba de pie lleno de salpicaduras de un líquido oscuro, pegajoso, dulce… En la mesa, la cabeza de Juan, medio abierta, manchando todas las cartas, esparcidas por el pequeño espacio entre el sofá y la mesa. El cuerpo arrodillado como si se hubiera preparado para la guillotina.
Miguel la miró.

– Tú también lo oyes.- Concluyó ella.
El silencio era inquietante.
El retumbar del agua contra los cristales.
Un aullido lejano.
Miguel se acercó a ella. Se besaron. Las manos de ella empaparon la cara del chico. La melena de Sara acabó sucia. Separaron sus labios. Un salvaje silbido cayó sobre ellos. Ella apretó los dientes. Él apretó los puños hasta clavarse las uñas. Se separaron algunos pasos. Sara podía ver como las pupilas de Miguel invadían cada vez más sus iris verdes.
Notaba un temblor en las manos.
Y pudo oír, por último, un silbido que moría en el olvido.

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