Las Siete Vidas del Gato
Maite Madinabeitia Dorado

Agradecimiento a Velvet Eden,
los verdaderos creadores de la cierta “Madame Tarántula”
que hizo enloquecer a todo un circo.

Desde entonces no pararía de llover. Pobre gato escapado de su Edén de Terciopelo tras el desastre de la inundación. Murió en el acto.

Revivió meses más tarde en la misma penumbra cíclica. Tras los mismos matorrales y setos de la calle de atrás. Junto a uno de esos contenedores hiperbólicos de los hoteles. A las puertas de la habitación de una cierta Madame Tarántula con garras en vez de uñas. Se enorgullecía de ello. Dicen que una vez mató a una vendedora de flores y que el único recuerdo fue una gota de sangre roja muy roja en las sábanas de lino blancas, muy blancas.

El gato lo vio. Murió en el acto.


Volvió a la vida o eso dijo. Ya cansado de los avatares y repeticiones a cámara lenta de mil jugadas desdibujadas tras el vaho de cristal, de sus ojos de luna guadaña. ¿Qué haría entonces? Andar. ¿Qué otro remedio?


Entonces murió de hambre.


Steinlen

Cuarto intento tras tres fracasos. El gato meditó. Se convirtió en mascota de una niña ciega. Cumplió sus deseos e hilvanó verdades con varios hilos de mentira. Maulló, cantó, subió a la luna, la bajo para ella atada a la cola. Le devolvió la vista, le devolvió la vida. Le regalo el Amor. Ése con las mayúsculas que sólo se ve en los cuentos de hadas. Esos que se terminan con las cortinas granates echadas tras un diáfano “fueron felices y comieron perdices”. Nunca se sabe qué sucedió después. El gato tampoco lo supo. Cuando cumplió el tercer deseo volvió a morir.

Viernes de la semana. Ya aburrido decidió buscarse un nombre. Por hacer algo. Espió a los vecinos y los escuchó llamar en gritos desesperados a sus más variadas mascotas. En su mayoría perritos diminutos que se llevan a modo de complemento ensartados en los bolsos. Eso de innovar y buscarse un nombre de perro no le convencía. Así que volvió a su propia sangre. Tampoco hubo suerte. Sólo apelativos ridículos al estilo Micifuz que no le terminaron de convencer. Y la punzante manía de ser denominado “cosita” por cierta gótica feliz de cierto apartamento F212 en medio de una nada consumida. Cuánto mejor hubiera sido el opio para ella. Pero el gato hizo caso omiso. Demasiada ocupación en buscarse el dichoso nombre. Tampoco lo lamentó demasiado cuando ella murió a lo Ophelia en la bañera de casa.


Finalmente, un día se decidió: Se llamaría Gato. Fácil. Problema resuelto.


¡Oh! La felicidad primera del iniciático paso hacia el autodescubrimiento. Era feliz, era algo, tenía conciencia, tenía un nombre. De felicidad no miró la calle al cruzar y lo atropelló un camión de la basura.

Sexto. Siguió llamándose Gato. Algo que permanecía tras la rueda de infortunios. Digno de agradecer. Pero como ya no lo consolaba en las noches de aburrimiento, decidió dejar el nombre por ahí perdido. Tampoco era tan necesario. Y como no sabía donde tirarlo volvió al callejón trasero del viejo hotel a las puertas de Madame Tarántula. A ese contenedor hiperbólico y lo dejó por ahí. De vuelta a la realidad admiró todo un nuevo circo histérico que la señora de las garras había conseguido hacer enloquecer en sus horas de aburrimiento.


Marcks

“Buena manera de emplear el tiempo” – pensó el gato. Después se subió a una tapia. Como siempre. Por hacer algo.


Sopesó diversas opciones. Podía buscar compañía. Podía buscar fama. Adoración. Popularidad. Estuvo bien pensar durante un rato en las diversas posibilidades de futuros prometedores. El único problema es que a la larga lo dejaban tan aburrido como estaba en un principio. Aún peor. Con una posibilidad menos de salvación. Entre tanta meditación metafísica y neuroquímica el gato se cayó de la tapia. De cabeza. Es mentira eso de que los gatos siempre caen de pie.

Cuando volvió a abrir los ojos en el séptimo y último intento lo que más rabia le dio es que nadie le hubiera compuesto una canción como le hicieran antaño al famoso Señor Don Gato (marramiau miau miau sentadito en su tejado). Por lo visto está mucho más celebrado el morir de amor que de neuras psicológicas. Toda una ofensa para el gato.

Aún buscando algo con lo que llenar las horas muertas, el gato decidió entonces buscarse una obsesión, ya que las aficiones comunes no cumplían los requisitos. Con lo cual comenzó a considerar los diferentes tipos de suicidios en activo. Hacer aquello que alguien decía: la muerte como una hermosa obra de arte. Un punto y final perfecto para una vida enlodada en la mediocridad. Encontró el suicidio perfecto como encontró el nombre perfecto: tras mucha cavilación. Y por supuesto lo llevó a cabo.


Steinlen

En ese preciso instante lo recordó. Y sus ojos de luna guadaña se abrieron de par en par. Resucitó a todos los muertos con sus maullidos lunáticos: Su familia había residido antiguamente en una granja perdida en lo más profundo de Louisiana. Eran americanos, para colmo sin rastro de sangre francesa. Lo que significaba 9 vidas, y otras dos más con las que acabar. Por fortuna o por desgracia los maullidos frenéticos también despertaron a los vivos y una bota de caña salió volando por una de las ventanas que daban al callejón. Cesó su andadura nocturna al topar con la cabeza del gato.

Novena.


Bien fuera por frustración ante la última agresión voluntaria o bien por cualquier otra causa desconocida, el gato decidió vivir la novena. Y aburrido de todo lo encontrado hasta el momento renunció a su condición gatuna y decidió convertirse en humano. Seamos francos, él también quería tirar botas de caña por la ventana.


Meditó y meditó, esta vez sin subir a la tapia por miedo a caer de ella. Finalmente, como siempre tras mucha cavilación, decidió volverse a pasear por el callejón trasero a las puertas de Madame Tarántula. Y allí encontró a la reina araña, animando muñecas con hilos de plata. Le contó el caso y la buena mujer ofreció el trato. El gato aceptó. Y ya no fue más gato.


Desde entonces es hombre y responde a nombre de hombre. Desde entonces tiene la piel blanca de quien ha mirado demasiado a la luna y los ojos violeta (¿o fueron verdes?) en su eterna forma de luna guadaña. Desde entonces trabaja en la casa de los placeres de Madame Tarántula envolviendo a los clientes con su Edén de Terciopelo al que, vidas después, consiguió volver. Generalmente encerrado en la habitación violeta, de olores cargados, reclinado en un diván. Probablemente con un cigarrillo Mild Seven entre labios descarnados y los ronroneos todavía de vez en cuando en la traquea. O si no con una copa con una extraña mezcla a base de veneno, mentiras y caprichos en la mano de marfil blanco. También hay chocolate para los clientes y alguna que otra fotografía de caras especialmente bonitas. Perfume a violetas y las luces caídas.
Y así las 9 vidas de un gato se quedaron en nada.

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