Las Tres
Lourdes Aso Torralba

Represento a las tres en el reloj astronómico del ayuntamiento de Praga y lo primero que tengo que hacer es pedir disculpas por las molestias que voy a ocasionarles. Las cuatro y las dos (los apóstoles que desfilan antes y después que yo) fueron los primeros en enterarse de mis intenciones, aunque en realidad sólo ha sido una confirmación de lo que se avecinaba y sospechaba todo el grupo.


Verán, la vida desde el reloj no es tan aburrida como parece. Los turistas se detienen abajo, nos observan ensimismados y nos señalan… “¿Has visto a los apóstoles? ¡Qué cosa tan bonita!”… Cierran la boca, se marchan y desaparecen mientras nosotros continuamos atrapados de manera perpetua en el reloj.
En la parte inferior nos han colocado un calendario con un zodiaco. Yo soy libra, impulsivo por naturaleza y enamoradizo como el que más. Llevo días consumiéndome al dar la hora, la misma hora que elige Natasha para caminar por la Plaza Vieja. La contemplo todos los días del año.


Creo que por fin ha llegado el momento. Mi horóscopo expresa: “Hoy es tu gran día. Si le dices algo a la persona que amas te corresponderá eternamente”. Me gusta eso de la eternidad. Las cuatro y las dos no cesan en su regaño por mi ingenuidad, “tonterías para incautos”, dicen que nada de lo que revela el disco que los hombres han situado debajo puede resultar fiable. Que si todavía no me he dado cuenta que las personas, en sus pequeñas desgracias cotidianas, se aferran a cualquier cosa para creer en su presente que en su destino futuro todo le va a ir bien, por lo menos un poco mejor. Los dos intentan evitar mi marcha tirando con fuerza de mí.


-Volveré -les digo desligándome de mi perenne atadura e intentando aprovechar la escasa hora que poseo transfigurado en humano. Una hora antes de que el esqueleto toque la campana y me devuelva a la vida o a la muerte.


En la plaza puedo pasar por uno de esos vagabundos indigentes que carecen de hogar para guarecerse y comen lo que a otros les sobra.
Mis ropas andrajosas y pasadas de moda me conforman la apariencia de un ser de otro tiempo de imposible inadvertencia. Puede incluso que alguien me confunda con un actor secundario de una obra de época.

La sensación de pérdida y desorientación que me invade se difumina al volver a pensar en Natasha. Su recuerdo provoca en mí un impulso de cambio a través de actos que seguramente perviertan mi naturaleza apostólica… Robo un largo abrigo. Más tarde una bufanda rodea mi cuello. Después un sombrero ajeno cubre mi pelo enmarañado por la falta de agua.
Un empujón fuerte, un tirón suave y el extravío entre la gente. Conozco la técnica del robo a la perfección, mas la diferencia entre la técnica y la práctica es grande, por no hablar del peso de la conciencia. Los nervios agarrotan mis dedos, miro a un lado, a otro, temo que los guardias adviertan mis acciones y me detengan. ¡No! Todo se habría acabado para mí…
Tales pensamientos de aflicción son quebrados por un enorme revuelo. Gritos, miradas al alto, dedos que señalan. Algo sucede a mi alrededor y ya nadie repara en mi presencia. Escucho:

-¡Han robado a uno de los discípulos!


Varias personas exclaman atónitas indicando el reloj mientras mis compañeros, ajenos al tumulto humano, salen a la hora en punto como si nada hubiese pasado.
El canto de difuntos precede a San Pedro que se asoma con la llave de oro, el gallo sacude sus alas y todos se asoman al mundo en orden.


Por fin veo a Natasha empujada por un gentío que se ha arremolinado en el lugar. Aparentemente despreocupada dice:
-Falta el más guapo.
El más guapo, me considera el más guapo -pienso ufano antes de acercarme a ella para iniciar esa conversación que tanto había idealizado desde mi privilegiado mirador.
-Se habrá caído.
-Pues podía haberse caído otro día -expresa con fastidio. Se me hace tarde y acaban de acordonar la Plaza. No dejan salir a nadie.
-Oh, lo siento.


Miento. La verdad es que me alegro de que no pueda marcharse. La plaza ha sido mi hogar y es donde me siento más seguro. Bueno, la verdad es que tantos años en esta ciudad y este el único lugar que conozco… Llegan los guardias.
-Será mejor que nos sentemos antes de que acabemos abatidos entre tanta marabunta -le sugiero a Natasha intentando no perder el tiempo ante una posible acción policial contra el producto del latrocinio que limitaría mi escaso tiempo antes de volver al reloj.
Escucho su respiración agitada muy cerca de mi rostro. Parece divagar mentalmente en silencio antes de contestarme.
-¿Sabes qué decía hoy mi horóscopo? -por fin contesta como ausente a mi indicación-. “Eso es para tontos incautos” – pienso burlonamente acordándome de mis compañeros… Que iba a encontrar al hombre de mi vida . Y ya ves, aquí estoy atrapada en medio de este gentío.
No le contesto. Le hablo de cómo se ve el mundo desde arriba. De las parejas que llegan de la mano pero no se quieren. De las prisas. De las palabras sueltas que escuchamos. A veces gritos. A veces susurros. De cómo rueda un papel con una cita y se pierde para siempre.
Ella escucha mi voz e intuyo que mis palabras llegan a sus oídos como una nana. Tal arrullo vocal y el gélido día, que ha enrojecido su nariz respingona, provoca que Natasha se abrigue en mi hombro, me mire a los ojos y se macere emocionalmente en el fondo de mi alma.
-¿Quién eres? -pregunta de forma abrupta rompiendo un largo silencio.
Me coge por sorpresa. No sé muy bien qué responder. Temo que se ponga a gritar. Que no me crea. Me desabrocho el lodem y con cierta timidez me desnudo sentimentalmente:


-¿No crees en el amor loco? -me miró extrañada retrayéndose un tanto de mi persona. Desde que te he visto no he dejado de pensar en ti ni un instante. Te espero a las tres y mi obsesión es tan fuerte que no he podido por menos que bajar a decírtelo. Ahora ya lo sabes.


Me siento desfallecer, es una señal de que tengo que retornar rápidamente a mi sitio en el reloj. Miro al esqueleto impío. La arena cae. Mi vida. Mi muerte.
-¿El apóstol que falta? -balbucea sin acabar de dar crédito a lo que está sucediendo. He soñado contigo muchas noches, pero…

Los granos de arena están a punto de marcar mi destino.

-Se me acaba el tiempo, ¿quieres venir conmigo?

Veo a los guardias acercarse a nosotros. Natasha me coge de la mano y juntos corremos hasta la base del reloj.

– Sí creo en el amor loco.
-¡Ahora! -le grito.


El esqueleto hace sonar su campana. Natasha se adhiere a mi ropa y se sitúa detrás de mí. En el cajón estamos un poco apretados. No puedo por menos que asomarme de nuevo a la Plaza Vieja. Todo sigue igual. Ya no hay tumulto. La gente no grita. Si nos señala es para admirarnos …”¿Has visto los apóstoles? ¡Qué cosa tan bonita!”… Es como si el tiempo se hubiera detenido y nada de lo pasado la hora anterior hubiese sucedido.


Las tres pesan el doble. El reloj astronómico funciona más despacio. Ahora retrasa las horas como si pretendiera frenar el tiempo, ese tiempo que todo el mundo dice que pasa volando.


El meridiano que pasa por Praga tiembla cuándo los doce apóstoles anunciamos la hora. Tiene miedo de que al igual que hace unos días al sonar las tres desaparezca una persona. Nadie ha sabido nada de Natasha y eso que no paran de buscarla.

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