El Siervo De Enlil
María Dolores López Rebollo

Nací en los tiempos de Enetarzi cuando el sacerdote todavía era patesi de Ningirsu, dios patrón de Lagash, lugar en donde yo vivía con mi familia. Hacía un año que nos habíamos trasladado a Lagash desde Nippur. Pronto se celebrarían las fiestas de Akitu que inauguraban el año nuevo y, con la llegada de la primavera, se acercaba el día de Zag-mu con ofrendas a la diosa Innana.

En casa nos considerábamos protegidos del dios del viento, Enlil, padre de Innana, que durante generaciones había otorgado a nuestra familia el don de moldear la tierra y conseguir con su hálito que las maravillas creadas permanecieran y resultaran útiles. Al igual que el gran dios Enlil había moldeado el barro creado a los hombres y a todos los seres que habitaban la tierra, mi padre, guiado por Enlil, lograba crear del barro infinitos objetos. La platina de su torno, plana y lisa, suave, circular como la misma tierra donde habitábamos, era para mí una representación de la vida misma que el gran dios nos había concedido.

Mi padre era alfarero. Yo solía quedarme hipnotizado con el giro de su torno. De una simple pella de barro, como si de magia se tratase, hacía aparecer objetos muy diversos…. Vasijas, jarras, ánforas, candiles, platos… Todo podía ser creado del barro. Aquellos objetos eran regalos que la madre tierra, a través de sus manos, concedía. Yo observaba como mi padre decoraba aquellos objetos y a veces le acompañaba a buscar los pigmentos necesarios para dar color a la barbotina.

En las anteriores fiestas de Akitu hicimos nuestras ofrendas en el templo que veneraba a Enlil, en Nippur. Cuando llegamos a Lagash ofrecimos nuestras mejores cerámicas y un cordero para que Ningirsu nos mirase con buenos ojos. Lagash era una ciudad próspera y rica, en donde confluían comerciantes de todos los rincones de la tierra para intercambiar sus productos. Mi padre había establecido un lazo de amistad con Isanna, el grabador de piedras finas. Era una amistad tan estrecha que Isanna, sin hijas a las que enseñar la glíptica, ofreció a mi padre la oportunidad de formar a uno de sus hijos, todo un honor debido a que, por ley, cada artesano sólo podía formar a un aprendiz. Mi padre debía decidir antes del Zag-mu cuál de nosotros sería alfarero y cuál se trasladaría con Isanna hacia las tierras de donde salía el sol y en donde obtenía materias primas tan preciadas como el jaspe, el ágata, la turquesa o la calcedonia.

Tanto mi hermano mayor como yo llevábamos años aprendiendo el oficio. Los dos contemplábamos a nuestro padre y nos turnábamos para impulsar el torno. Practicábamos con pellas no muy voluminosas intentando que se quedaran quietas en el centro de la platina. Yo apenas lograba levantarlas. Mi padre también nos llevaba a observar a Isanna para que aprendiésemos como obtener los pigmentos para decorar las piezas.

Isanna siempre nos enseñaba cosas nuevas. Nos encantaba ver como esculpía las hermosas piedras. Tallándolas guiado por la mano de Ninhursag, hermana de Enlil y diosa de la madre tierra, les daba formas variadas, ya en hueco, ya en relieve. Padre llegó a conocerle cuando nos instalamos en Lagash y admiramos su obra. Nos mostró el escudo de la ciudad con un hermoso fondo de lapislázuli. En medio estaba Anzud, águila leontocéfala con majestuosas alas extendidas que agarraba a un león con cada una de sus garras. El grabador trabajaba la diorita y hacía brotar de la piedra el alma de lo que en ella estaba escondida.

Tenía a la venta infinitos pigmentos. Algunos se los regaló a mi padre explicándole como debía usarlos para decorar su cerámica. Le indicó que en las tierras del sol los ceramistas usaban la materia colorante cuando la pieza estaba en dureza de cuero para después cocerlas y descubrir una amplia variedad de colores que dependía de los pigmentos usados. La relación entre los dos se fue estrechándose con el transcurso del tiempo. Mi padre le pagó con vasijas y regalos el secreto que le había otorgado y que había maravillado a toda una ciudad que nunca había contemplado semejantes colores. Isanna le vendió pigmentos de cobre para decorar en tonos verdes; de hierro para los amarillos y marrones; de cobalto para los azules y de manganeso para los púrpuras. Además, si conseguía lotes de mercaderes, le regalaba pigmentos de lapislázuli o de azurita. Incluso una vez le proporcionó malaquita porque, aunque no servía para grabar, sí se podía moler para, una vez cocida la pieza, otorgar un singular color azul verdoso a la cerámica.

Era un buen hombre aunque no deseara irme con él. Quería trabajar el barro y seguir el camino que el dios Enlil me había destinado. Conforme se acercaba el día del Zag-mu mi temor fue creciendo al pensar que mi padre escogería a mi hermano como su pupilo y que yo tendría que abandonar a mi familia para seguir a Isanna. Mi hermano nunca me reveló sus propósitos. Nunca hizo ni dijo nada que pudiera esclarecer sus deseos. El sueño me fue esquivo durante esos días y mis noches eran un continuo desvelo.

Mi padre había encargado el segundo torno: una pieza circular y plana situada en un eje vertical de madera introducido en el terreno. Yo no hacía más que pensar en cómo conseguir que mi padre me eligiese. Deseaba permanecer fiel al dios Enlil y honrarlo con la misma materia con la que Él nos había hecho. Practicaba varias horas al día. Colocaba la pella e intentaba que se quedara en el centro para luego levantarla e ir moldeando la pieza poco a poco sin que se desmoronase. No era fácil y rara vez lo conseguía.

El día de Zag-mu me levanté temprano. No había salido el sol cuando partí hacia el templo. El dios Utu aún dormía. En silencio, para no despertar a nadie, ingresé en el taller. Desmonté el torno de mi padre. El eje de madera estaba engastado en la pieza circular, la platina, también de madera, que había sido cortada de forma longitudinal para que fuera más resistente. Tenía unas pequeñas hendiduras que impedían, al poner la base sobre la que se trabajaba la pieza, que ésta no se moviese. Mi padre había descubierto gracias al dios Enlil que al poner una base de barro plana encima del disco que giraba, cuando terminaba una pieza no tenía que tocarla, sino que podía transportarla en dicha base todavía cuando estaba fresca, por lo que ya no tenía que esperar a que la pieza se secase para producir otra. Apoyé el palo con el disco en el suelo y procedí a desmontar el otro torno. Mi intención era llevarlos ante la diosa Ninhursag, hermana de Enlil, antes de que mi padre comunicara su decisión. Ella era la gran Mammu, madre creadora de los hombres, protectora de la tierra y de sus huesos que Isanna tallaba. Había decidido llevar los tornos para que ella me concediese libertad en servir a su hermano y para que hablase con Él con la intención de que me tomara bajo su amparo. Recé para que me otorgara su bendición y para que protegiese a mi hermano.

Desencajé la platina del segundo torno y al mirarla me di cuenta de que no era necesario llevar el otro eje puesto que podía encajar las dos piezas en el mismo. Además llevaba un gran cesto con flores y frutas, la mejor pieza creada por mi padre y el amuleto protector que Isanna había tallado para mí. Lo que menos necesitaba era llevar más peso. A mis siete años era un chico fuerte pero el templo estaba en lo alto de la colina y para hacer la ofrenda tendría que subir hasta la terraza donde se hallaban los dioses.

Busqué mi cuerda de lino, até con ella el cesto y me lo colgué guardando el resto de cuerda sin cortar, pues era muy valiosa para hacerlo. Cogí el eje con la mano y comencé a andar. Vivíamos en uno de los barrios más alejados del templo pero no nos importaba porque estábamos acostumbrados a andar y la plaza del mercado estaba a mitad de camino. No obstante cuando llegué allí estaba exhausto. Había cargado demasiado el cesto para que la diosa me mirase con buenos ojos y me concediera mi petición. Algunos mercaderes habían empezado a llegar a la plaza y montaban puestos en los que ofrecían sus mercancías. Por un momento pensé en descargar algunas frutas e intercambiarlas por alguna esencia o alguna de las olorosas especias que me embriagaban pero… ¿no se enfadaría la gran madre? ¿Acaso no se merecía el mayor esfuerzo que yo pudiera hacer?

Descansé unos instantes y decidí proseguir con todas mis ofrendas. No podía dejar nada atrás si realmente deseaba que Ninhursag aprobase mis deseos. Seguí andando, pesadamente, por aquellas interminables cuestas en dirección al templo. El cansancio cesó de nuevo mi camino. Mi cuerpo se negaba a cargar el cesto que parecía que cada vez más pesado. Dejé el cesto en el suelo y apoyé el eje con las dos platinas de los tornos. Lo solté un segundo para estirar los dedos y ante mi asombro empezó a rodar cuesta abajo. Corrí y lo alcancé antes de que se golpeara o hiriera a alguien pues ya la ciudad comenzaba a despertar y se preparaba para celebrar el año nuevo, el Zag-mu. Y allí estaba yo, con el eje en las manos, sin fuerzas, sentado en el suelo al lado de mi gran cesto.

La tristeza se apoderó de mí. Tímidamente una lágrima resbaló por mi mejilla. Elevé los ojos al cielo y empecé a entonar el himno a Enlil rogando su intervención. Le dije que quería servirle a Él e imploré su ayuda… El gran dios del viento me susurró al oído las palabras y las ideas acudieron a mi mente. Una inesperada sonrisa apareció en mi rostro al pensar que aquello podía funcionar. Solté la cuerda del cesto y volví a atarlo pero esta vez lo até al eje de las platinas de los tornos dejando un trozo de cuerda a modo de asa para tirar de él. Y recé. Funcionó, el esfuerzo era mucho menor, las platinas giraban como en el torno de alfarero y mi cesto estaba allí en constante e inestable equilibrio sin caerse, siguiéndome como el perro de Isanna me acompañaba jugando. Continué mi camino hasta el mismo templo. Subí hasta la terraza pintada del color del cielo en donde los sacerdotes observaban la luna y las estrellas. Hermosos mosaicos decoraban los muros que rodeaban a los dioses. Me postré ante Enlil y agradecí su ayuda. Después entregué mis ofrendas a Ninhursag. Aunque todos se paraban al verme pasar, incluidos los sacerdotes, no me detuve hasta terminar mis oraciones y ofrecer mis respetos a Ningirsu, patrón de Lagash que nos había aceptado en su ciudad. Y los dioses lo tuvieron a bien. Y yo fui alfarero.

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