• Por AlohaCriticón

jose-asuncion-silva-poemasEl melancólico y pesimista José Asunción Silva fue un hombre y escritor romántico que murió de manera romántica suicidándose con un disparo en un corazón señalado previamente en sus ropajes.

En su obra se aprecia a la perfección este sentir taciturno de un poeta fenomenal. El empleo del verso libre, la ausencia de rima, la musicalidad en su ritmo o el empleo de brillante adjetivación son algunas de las características de su poesía que antecedió al modernismo.

“Nocturno III” es una de sus obras cumbres. Se trata de una elegía a su querida hermana Elvira, de cuya relación fraternal muchos han querido ver una relación incestuosa, en donde se comulga su intensidad emocional, su pesimismo y amargura vital, su exposición decadente, su gradación cetrina, su imaginería mortuoria y sus temáticas habituales como la muerte o el amor que vinculan a José Asunción Silva con autores como Gustavo Adolfo Bécquer o Edgar Allan Poe.

Este es ese poema, el más conocido de toda su bibliografía:

NOCTURNO III

Una noche

una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,

Una noche

en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,

a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,

muda y pálida

como si un presentimiento de amarguras infinitas,

hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,

por la senda que atraviesa la llanura florecida

caminabas,

y la luna llena

por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,

y tu sombra

fina y lángida

y mi sombra

por los rayos de la luna proyectada

sobre las arenas tristes

de la senda se juntaban.

Y eran una

y eran una

¡y eran una sola sombra larga!

¡y eran una sola sombra larga!

¡y eran una sola sombra larga!

Esta noche

solo, el alma

llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,

separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,

por el infinito negro,

donde nuestra voz no alcanza,

solo y mudo

por la senda caminaba,

y se oían los ladridos de los perros a la luna,

a la luna pálida

y el chillido

de las ranas,

sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba

tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,

¡entre las blancuras níveas

de las mortüorias sábanas!

Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,

Era el frío de la nada…

Y mi sombra

por los rayos de la luna proyectada,

iba sola,

iba sola

¡iba sola por la estepa solitaria!

Y tu sombra esbelta y ágil

fina y lánguida,

como en esa noche tibia de la muerta primavera,

como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,

se acercó y marchó con ella,

se acercó y marchó con ella,

se acercó y marchó con ella… ¡Oh las sombras enlazadas!

¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!…

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