• Por AlohaCriticón

Maestro en dibujar el sentimiento romántico, Pedro Salinas es uno de los grandes poetas amorosos de todos los tiempos.

En este libro, además de su conocida y esencial obra “La voz a ti debida”, también se incluyen dos títulos más, conexionados por el apasionado sentir afectivo, como “Razón De Amor” y “Largo Lamento”.

Leamos algunos poemas:

Amor, amor, catástrofe.

¡Qué hundimiento del mundo!

Un gran horror a techos

quiebra columnas, tiempos;

los reemplaza por cielos

intemporales. Andas, ando

por entre escombros

de estíos y de inviernos

derrumbados. Se extinguen

las normas y los pesos.

Toda hacia atrás la vida

se va quitando siglos,

frenética, de encima;

desteje, galopando,

su curso, lento antes;

se desvive de ansia

de borrarse la historia,

de no ser más que el puro

anhelo de empezarse

otra vez. El futuro

se llama ayer. Ayer

oculto, secretísimo,

que se nos olvidó

y hay que reconquistar

con la sangre y el alma,

detrás de aquellos otros

ayeres conocidos.

¡Atrás y siempre atrás!

¡Retrocesos, en vértigo,

por dentro, hacia el mañana!

¡Que caiga todo! Ya

lo siento apenas. Vamos,

a fuerza de besar,

inventando las ruinas

del mundo, de la mano

tú y yo

por entre el gran fracaso

de la flor y del orden.

Y ya siento entre tactos,

entre abrazos, tu piel,

que me entrega el retorno

al palpitar primero,

sin luz, antes del mundo,

total, sin forma, caos.

¿Serás, amor

un largo adiós que no se acaba?

Vivir, desde el principio, es separarse.

En el primer encuentro

con la luz, con los labios,

el corazón percibe la congoja

de tener que estar ciego y solo un día.

Amor es el retraso milagroso

de su término mismo;

es prolongar el hecho mágico

de que uno y uno sean dos, en contra

de la primer condena de la vida.

Con los besos,

con la pena y el pecho se conquistan

en afanosas lides, entre gozos

parecidos a juegos,

días, tierras, espacios fabulosos,

a la gran disyunción que está esperando,

hermana de la muerte o muerte misma.

Cada beso perfecto aparta el tiempo,

le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve

donde puede besarse todavía.

Ni en el llegar, ni en el hallazgo

tiene el amor su cima:

es en la resistencia a separarse

en donde se le siente,

desnudo, altísimo, temblando.

Y la separación no es el momento

cuando brazos, o voces,

se despiden con señas materiales:

es de antes, de después.

Si se estrechan las manos, si se abraza,

nunca es para apartarse,

es porque el alma ciegamente siente

que la forma posible de estar juntos

es una despedida larga, clara.

Y que lo más seguro es el adiós.

La forma de querer tú

es dejarme que te quiera.

El sí con que te me rindes

es el silencio. Tus besos

son ofrecerme los labios

para que los bese yo.

Jamás palabras, abrazos,

me dirán que tú existías,

que me quisiste: jamás.

Me lo dicen hojas blancas,

mapas, augurios, teléfonos;

tú, no.

Y estoy abrazado a ti

sin preguntarte, de miedo

a que no sea verdad

que tú vives y me quieres.

Y estoy abrazado a ti

sin mirar y sin tocarte.

No vaya a ser que descubra

con preguntas, con caricias,

esa soledad inmensa

de quererte sólo yo.

Ayer te besé en los labios.

Te besé en los labios. Densos,

rojos. Fue un beso tan corto

que duró más que un relámpago,

que un milagro, más.

El tiempo

después de dártelo

no lo quise para nada

ya, para nada

lo había querido antes.

Se empezó, se acabó en él.

Hoy estoy besando un beso;

estoy solo con mis labios.

Los pongo

no en tu boca, no, ya no

-¿adónde se me ha escapado?-.

Los pongo

en el beso que te di

ayer, en las bocas juntas

del beso que se besaron.

Y dura este beso más

que el silencio, que la luz.

Porque ya no es una carne

ni una boca lo que beso,

que se escapa, que me huye.

No.

Te estoy besando más lejos.

Pensar en ti esta noche

no era pensarte con mi pensamiento,

yo solo, desde mí. Te iba pensando

conmigo extensamente, el ancho mundo.

El gran sueño del campo, las estrellas,

callado el mar, las hierbas invisibles,

sólo presentes en perfumes secos,

todo,

de Aldebarán al grillo te pensaba.

¡Qué sosegadamente

se hacía la concordia

entre las piedras, los luceros,

el agua muda, la arboleda trémula,

todo lo inanimado,

y el alma mía

dedicándolo a ti! Todo acudía

dócil a mi llamada, a tu servicio,

ascendido a intención y a fuerza amante.

Concurrían las luces y las sombras

a la luz de quererte; concurrían

el gran silencio, por la tierra, plano,

suaves voces de nube, por el cielo,

al cántico hacia ti que en mí cantaba.

Una conformidad de mundo y ser,

de afán y tiempo, inverosímil tregua,

se entraba en mí, como la dicha entra

cuando llega sin prisa, beso a beso.

Y casi

dejé de amarte por amarte más,

en más que en mí, confiando inmensamente

ese empleo de amar a la gran noche

errante por el tiempo y ya cargada

de misión, misionera

de un amor vuelto estrellas, calma, mundo,

salvado ya del miedo

al cadáver que queda si se olvida.

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