• Por AlohaCriticón


Dirección: Enrique Urbizu.
Intérpretes: Antonio Resines, José Coronado, Goya Toledo.


Modesto (Antonio Resines) es un hombre honrado que dirige una sucursal bancaria en la Costa del Sol. Cuando unos atracadores reviente las cajas de seguridad descubrirá que el contenido de la caja 507 clarifica la muerte de su hija. Rafael (José Coronado), un ex policía corrupto, también irá en busca del contenido de la caja.

Excelente muestra del desgraciadamente poco abundante cine negro español, pero que muy de vez en cuando nos deja títulos tan recomendables como, hace dos décadas, la sorprendente “El Crack”, o este que nos ocupa. Enrique Urbizu, autor de la digna “Todo por la pasta”, consigue un film serio, creible, redondo y sin fisuras, con un perfecto pulso narrativo, apoyado en un sólido guión y un muy buen trabajo de los actores.

Rodada en múltiples escenarios pero ambientada en tierras andaluzas, la película narra dos tramas paralelas que se van entrecruzando poco a poco hasta mezclarse totalmente, dejando a la postre una historia compleja muy bien contada y un buen sabor de boca, pese al uso (pero no al abuso) de la sangre, la violencia y otros detalles poco agradables, como violento y desagradable es el mundo turbio en el que se introduce el director de banco perfectamente interpretado por Antonio Resines.

Son de agradecer detalles como la riqueza de los personajes, no tan polarizados como nos tiene acostumbrado el género, la cantidad y calidad de pequeños detalles para el espectador avezado, el sabio uso de los silencios y el lenguaje visual, la discreta introducción del factor azar en el desenlace de los hechos, eliminando posibles atisbos de heroicidad, y en general, la magnífica factura técnica de la cinta.

Esclarecido.


Las querencias de Enrique Urbizu por el suspense policial ya nos son conocidas, y se remontan a bastante tiempo atrás; en ese aspecto, “La caja 507” no constituye sino su reencuentro con un género para el que ya había demostrado sus buenas dotes cuando, allá por el año 1990, debutaba en la realización cinematográfica con lo que por aquel entonces era toda una rara avis en el páramo del thriller hispano: “Todo por la pasta”.

Localizada en diversos puntos de la costa, a uno y otro lado del Estrecho (La Línea, Tarifa, Tánger), en una geografía tan luminosa (contrapunto ambiental a la turbiedad de la historia) como escarpada (y aquí sí coinciden los territorios físicos y humanos), La caja 507 nos ofrece, ante todo, el particular vía crucis de su protagonista, un hombre corriente, sin ningún relumbrón personal ni social (es el director de una humilde sucursal de una pequeña entidad bancaria, y su nombre es bastante revelador: Modesto Pardo podría ser más su descripción que la referencia de su documento de identidad…), que, empujado por las circunstancias, va a recorrer el itinerario que va desde el dolor más agudo (ese que sólo puede producir la pérdida del ser más querido) hasta la venganza más despiadada, desencadenada por un hecho casual e inconexo –el robo de las cajas de seguridad de la oficina bancaria que dirige-, gracias al cual descubrirá una circunstancia acerca de esa muerte que le atormenta (no fue accidental, sino provocada) que ya no le dejará vivir en paz hasta no dar cumplida satisfacción a su sed vindicatoria.

Es ese camino, ese salto, el eje alrededor del cual se despliega toda la trama, sólida, bien armada y fiel cumplidora de los preceptos del género, a los que atiende con respeto escrupuloso, soportada en indudables aciertos tanto de concepción (el diseño global de la historia y el dibujo de sus personajes es muy efectivo) como de ejecución (todos los detalles del diseño de producción están fenomenalmente cuidados, y la elección y dirección de los intérpretes que encarnan a los personajes, tanto principales como secundarios, es un pleno rotundo).

En lo atinente al diseño de producción, aunque quepa apuntar en su debe algún exceso efectista (el derroche hemoglobínico de la matanza en casa del ex-jefe del policía, por ejemplo), no se empaño con ello un aire general de mucho cuidado en todos los elementos de ambientación y caracterización (también, a título de ejemplo, se puede destacar cómo en esa secuencia en la que el mismo personaje, Rafael, vuelve de Tánger, tras efectuar su particular “excursión”, su rostro congestionado y abotargado, sin afeitar, refleja de forma magistral todo la tensión, el cansancio y el miedo –ante la siniestra perspectiva de lo que sabe que le aguarda- que el personaje acumula); algo a lo que, probablemente, aún estamos poco habituados en nuestro cine, aunque también hayamos de reconocer, en honor a la verdad, que se progresa a buen ritmo.

En cuanto a las interpretaciones, radica en ellas otro de los puntos fuertes que cabe glosar en el haber de la producción. Por ceñirnos sólo a los protagonistas, hay que destacar que Resines vuelve a marcar un jalón más en su escalada de trabajos impecables con los que nos viene obsequiando en los últimos años, que enlaza con otra incursión reciente en el mismo género (X, de Miguel Marías, estrenada hace sólo unos meses) y también, en una perspectiva temporal más amplia, con su anterior trabajo con este mismo director, en la ya mencionada Todo por la pasta. Su padre atormentado, convertido en héroe justiciero, impelido por una fuerza posiblemente superior a él, que le arroja a límites mucho más allá de los que de un hombre de su carácter cabría esperar, alcanza, en algunas secuencias, y sin necesidad de excesos gestuales, cotas difícilmente superables. Pero, en cualquier caso, el que se destapa con una interpretación francamente alucinante es José Coronado: su ex jefe policial corrupto y despiadado, una auténtica esfinge (ni una sola sonrisa, aun irónica, en todo el metraje…), también recorre su particular itinerario del horror, que arranca con el uso de sutiles métodos de chantaje moral para terminar en la más pura y dura violencia física, con una orgía de sangre y muerte de resonancias tarantinianas que no representa sino el preámbulo de un epílogo tan marcado como ineludible: estas cosas nunca pueden acabar de otra manera. Coronado, lejos de sus perfiles habituales de galán de maneras amables, da la talla en tales menesteres, y, además, de forma brillante.

Tampoco deberíamos olvidar, en el capítulo actoral, los trabajos de ellas: Goya Toledo y Miriam Montilla, con apariciones tan breves como sobrias y bien acopladas, en roles secundarios no carentes de brillo. Y, para terminar, quédense con un nombre: Dafne Fernández; las particularidades de su papel le dan muy poco margen de recorrido (su presencia en pantalla es breve), pero no tengo la más mínima duda de que dará que hablar, muy mucho y muy pronto…

¿Conclusiones? Más allá de que siempre habrá a quien pueda resultar un tanto desorbitado, exagerado, o excesivamente “optimista”, el desenlace final de la historia (posiblemente, ha obrado en esa perspectiva el ánimo del autor de “ofrecer” a su protagonista una compensación moral, en términos de una cierta forma de justicia, proporcional al descomunal calibre de su dolor), la trama, vista globalmente, no resiente por tal motivo, y nos terminamos encontrando, aun con sus pequeñas fallas, ante un thriller más que estimable, y que, por ende, nos sirve para desterrar un buen puñado de esos muchos tópicos que acerca de las capacidades, valías y potencialidades de nuestro cine –especialmente, cuando aborda determinados terrenos- se suelen esgrimir en diversos mentideros; bienvenida sea, pues, esta misteriosa caja, y disfruten con su sustancioso y tortuoso contenido…

Manuel Márquez

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