• Por AlohaCriticón

LOS 39 ESCALONES (1935)

Director: Alfred Hitchcock.

Intérpretes: Robert Donat, Madeleine Carroll, Peggy Ashcroft, John Laurie.

Película basada en una novela de John Buchan. Con guión de Charles Bennett (“El Hombre Que Sabía Demasiado”, “Enviado Especial”) y Ian Hay (“La Mujer Solitaria”, “El Agente Secreto”).

En un espectáculo de variedades londinense se produce un gran tumulto. Una pareja compuesta por un canadiense llamado Richard Hannay (Robert Donat) y una mujer de nombre Annabella Smith (Lucie Mannheim) logran salir de la jauría humana que se acaba formando.

Annabella le cuenta a Hannay que es una agente británica, cuya misión es descubrir a un grupo de traidores que pretenden vender un importante secreto de estado a una nación extranjera.

Con posterioridad a su encuentro, la mujer será asesinada, contando Richard con sólo dos pistas para intentar localizar a la banda de espías: un mapa de Escocia y unas palabras, “los 39 escalones”.

Uno de los mejores títulos de Hitchcock realizados en su país de origen, un film lleno de sobresaltos y que no concede un minuto de respiro al espectador.

El tema, tan del gusto de su director, vuelve a ser el del ciudadano corriente metido en apurados líos que pueden terminar acabando con su existencia.

La película, de constantes giros y variaciones de espacios, contiene cierto parecido en su planteamiento, con lógicas variantes, a la posterior obra maestra del autor, “Con la muerte en los talones”.

“Los 39 escalones” conjuga con la sabiduría innata de su director, la intriga, el suspense, la aventura, la acción y el humor en un film que carece practicamente de escenas de transición.

Las situaciones límite se encadenan a un ritmo endiablado, lo que no perjudica el buen tratamiento a los personajes.

La dirección y realización de Alfred Hitchcock es, como siempre, excelente. Es un cineasta que nunca expone algo vacío en sus escenas; siempre indica un detalle, una mirada, un diálogo o un sonido que hace mantener atento e interesado a su cliente, el público.

Es un maestro en la interactividad sentimental con el asistente a la sala. El pulso narrativo es extraordinario, el planeamiento de encuadres, el montaje, los movimientos de cámara y la acertada descripción de caracteres y situaciones han influído a miles de realizadores que, muy pocas veces, se han aproximado a su inigualable talento fílmico.

En este título, como suele ser característico en el cine hitchcockiano, aparece de nuevo una constante en sus obras, el humor (quién no se ha reído al contemplar la primera escena en el music hall con las insistentes preguntas a Mr. Memory: “¿Cuántos años tiene Mae West? y ¿Cómo se reproducen los pájaros?”); utilizado para desdramatizar las situaciones comprometidas, ya que, Hitchcock, muchas veces introduce una tonalidad burlona cuando describe momentos de alto riesgo, lo que resulta muy atractivo por su alto contraste emocional.

El film está repleto de momentos indelebles, destacando la primera secuencia en el espectáculo de Mr. Memory (Willy Watson) o la escena en que Robert Donat se hace pasar por un militar para apoyar una candidatura electoral, ambas por su elevado sentido de la comicidad.

Otras situaciones memorables son la huida y estancia en el hostal de la pareja hombre-mujer enfrentados que terminan unidos por unas esposas, en su habilidad por la creación de unas condiciones forzosas de múltiples derivaciones (románticas, sexuales, humorísticas, etc) y la establecida en la casa aislada con el puritano agricultor y su mujer, por la lograda intensidad mantenida entre tres personajes estupendamente dibujados.

Enlaces

Alfred Hitchcock

Robert Donat

Madeleine Carroll

En la obra de Hitchcock, nos vamos a encontrar siempre ante la

concepción del cine como puro espectáculo lúdico. Pero, un espectáculo

tratado por un director inteligente y con un extraordinario sentido del

humor. Y ambas cualidades hay que resumirlas en un solo adjetivo: genialidad.

Aunque se pueda calificar a Hitchcock de un autor prolífico, de lo que

nunca se le podrá catalogar es de autor precoz. La película que quizás

marca el encuentro con el estilo que lo hará celebre, “Treinta y nueve

escalones”, tendrá que esperar diecisiete filmes previos, antes de ver

la luz. Lo que nos da una idea de la importancia que representa su

perseverancia en el trabajo, dentro de su reconocida lucidez.

Esta película, perteneciente todavía a su época inglesa, recoge de forma

trepidante las aventuras de un ciudadano normal, que, por accidente, se

ve involucrado en un asunto de espionaje. Este suceso le convertirá a lo

largo del filme en perseguidor y perseguido simultáneamente. A través de

este incidente, Hitchcock explotará una vez más la pesadilla kafkiana de

la impotencia del inocente, ante una inexplicable acusación equívoca e

injusta. Aunque aquí, sin excesivas dramatizaciones y sin perder la

peculiar ironía, ni la sutil chispa erótica, Hitchcock, convierte la

persecución en un viaje de ida y vuelta, en el que el protagonista

descubrirá, entre equívocos y rectificaciones, que en la aventura del

azar se encuentra el estímulo de la vida.

Ni que decir tiene, que ni el argumento principal posee gran interés, ni

mucho menos el objetivo de los espías. Todo el entramado dramático queda

al servicio de mostrar, mediante unas imágenes cinematográficas y una

puesta en escena, a unos personajes desprovistos de sus hábitos

cotidianos y llevados a unas situaciones insólitas. Todo ello,

despertará en el espectador una serie de emociones (suspense, ironía,

erotismo…), que el astuto director ya había previsto de antemano, con

el único propósito de que el público se levante satisfecho después de la

palabra fin.

Ángel Lapresta

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