Un poema del escritor oriental Omar Khayyam, recogido en su famoso libro "Rubaiyat", es citado a menudo en este título dirigido y escrito por Albert Lewin, que adapta una de las mejores obras del polémico escritor irlandés Oscar Wilde.
Los versos establecen una convivencia interna dentro del hombre entre el cielo y el infierno, por correspondencia, la dualidad maniquea del bien y el mal que residen en toda alma humana.
Con un encomiable texto y una exquisitez visual procedente de la prolija composición de planos y escenas ofertados por Lewin, que definen con una mezcla de elegancia y sordidez los diferentes ambientes de la ciudad del Londres victoriano, esta adaptación de la famosa novela de Oscar Wilde desarrolla la problemática intrínseca que el apuesto Dorian Grey acumula después de trocar su espíritu a cambio de una perpetua juventud, la cual sirve para colmar sus apetencias hedonistas, un ansia de gozo perpetuo intervenida por un insidioso y verborreico personaje representado con elegancia por George Sanders, alter ego del propio Wilde.
En esta búsqueda de juventud permanente será su retrato el que avejente y el que describa ese mundo interno atormentado por la depravación y libertinaje que forman parte focal de su actual existencia.
Influencia del tema de Fausto para una película que acomete los temas del remordimiento de conciencia y de la difícil remisión, de la frontera establecida entre el bien y el mal, del culto a la belleza y al placer por el placer, ofreciendo como consumación de su desarrollo la imposibilidad de transmutar el paso natural del tiempo, que es el terreno esencial de nuestro trayecto vital, sea este establecido con un pie en el cielo o en el infierno que refería Omar Khayyam.
Soberbias interpretaciones y espléndida fotografía en blanco y negro (con planos del retrato en color) de Harry Stradling para una película con una atmósfera cuasi fantasmal, perjudicada levemente por su excesiva carga literaria.
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